«Every word has consequences. Every silence, too»
Jean-Paul Sartre.
Su rostro se congeló. No podía mover ni un ínfimo músculo de la cara aunque hubiese querido. Su voz también fue víctima de aquella espantosa situación. A medida que el silencio se apoderaba de su cuerpo tuvo la sensación de que él lo había hecho, aunque el movimiento que pudiera hacer con sus manos de ahora en adelante fueran en vano.
Salió de trabajar alrededor de las diez de la noche. Era temprano, aunque para muchos podría ser un horario óptimo para acostarse a descansar luego de un día lleno de temores e incertidumbres.
Caminó hasta su casa semidormido y entrecerrando los ojos. La habilidad que había adquirido para distinguir la realidad de la ficción no había sido suficiente. Nunca creyó que esa sensación que muchas veces había parecido un entretenimiento cuando doblaba en una esquina o se juntaba a tomar un trago con un amigo podía terminar en aquella situación. Un pensamiento cruzó por su mente: «Si tan solo estuviera en casa...». Pero lo que él aún no sabía era que ya se encontraba en su casa, o al menos una parte de él...
Finalmente llegó, sacó las llaves de sus bolsillos y entró. Al principio no reconoció el suelo y las paredes, pero pronto su visión empezó a hacerle creer lo que su mente le exigía. No siguió dudando, tan solo actuó. Bien sabía que las palabras tenían sus consecuencias, pero también el silencio, por lo que con toda seguridad atravesó el pasillo, dobló a la derecha y se acercó al cajón de la cocina. Sus manos tenían vida propia y bien que lo sabía; casi disfrutaba que abrieran el cajón con tanta seguridad y tomaran con firmeza su cuchillo favorito.
Si hubiera creído que se trataba de una de sus alucinaciones o visiones alteradas que solían asaltarlo cada noche, nada hubiera ocurrido; pero muy en el fondo de su corazón estaba seguro que sus manos eran lo más real de su cuerpo y, al mismo tiempo, lo más escalofriante que su alma había querido jamás.
Subió las escaleras con el cuchillo en mano. Nada ni nadie iba a poder detener lo que su mente deseaba con ansias. La sutileza con la que lo hizo fue admirable. Si tan solo hubiera sido un pensamiento, una imagen fugaz, como siempre...
Tomó el cuchillo con sus manos y sin parar atravesó una y otra vez el cuerpo que yacía dormido entre las sábanas de su cama. Lo odiaba; deseaba con temible admiración lo que muchos creían imposible. Y ahora la sangre se derramaba sin parar por el acolchado y las paredes oscuras. Nunca lo hubiese hecho si no hubiera sido de esta manera. Jamás hubiera dejado que su mente hablara en medio de esa habitación, luego de aquella masacre y a tan pocos centímetros de su cuerpo sin vida.
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