15.4.16

Éramos uno

     Durante el invierno acampábamos en lo alto de unas montañas. Un lugar desolado, perdido del mapa. Nadie se aparecía por ahí, era un lugar que desde pequeña sentía como propio, una tradición familiar que hicimos durante años. No recuerdo un sólo invierno sin pasar al menos un día en ese místico lugar.

—¡Sofía vení a desayunar! —gritó mi mamá desde el comedor.

     Se me estaba haciendo tarde. Tenía que llegar al colegio en veinte minutos y todavía no habíamos sacado nuestros pies de la cama.

     Tuve esa curiosa sensación de estar llegando tarde a alguna parte. No es que me gustara, era solo que el tiempo pasaba y yo seguía ahí, como si no me importara en absoluto; era algo que me encantaba sentir, casi como queriendo llegar tarde para destruir la rutina, hacer las cosas de otra manera, mirar al tiempo con otros ojos.

—¡Sofía te dije que bajes!

     Mamá entró a mi pieza como si el mundo se estuviese cayendo. De un tirón me sacó de la cama y de ese momento especial. Floffy la miraba confundida cuando de un salto salió de la cama y se despidió de reojo. Floffy es mi perra, tiene un año y tres meses y la amo, es la mascota que siempre quise tener y hoy ese sueño se hace realidad con ella a mi lado.

—¡Vamos Floffy! —le dije mientras bajaba las escaleras en pijama y pantuflas.

     Unas pantuflas que también tienen su historia. La abuela Inés me las había regalado envueltas en un par de trapos de colores en Navidad. Siempre tan dulce y sencilla. Me pone feliz acordarme de esos días, aunque los sienta un poco lejanos. Aquellas reuniones en familia llenas de sonrisas, de sentimientos y sensaciones. ¿Cómo no perderse en aquel sabor a pan dulce y en esas mágicas comidas que hacen de mi mamá la mejor del mundo? En esos días pareciera como si el planeta se parara de repente y todos fuéramos felices, aunque el resto del año no lo aparentemos del todo.

     Dejé las pantuflas por el camino, quería sentirme libre por un momento, sentir el frío del suelo con mis pies, sentir cómo se dibujaban garabatos a cada paso que daba, sentir ese sentimiento de sensación.

     Unas tostadas con mermelada por allá y un café con leche por acá. Papá estaba en la mesa con su camisa a cuadros que suele usar en momentos especiales. Azul como sus ojos, azul como el invierno que no faltaba mucho en llegar.

—Qué frío que hace —dijo mi mamá calentándose un poquito con las manos.

     Floffy se sentó a la mesa. Ya era costumbre tenerla entre nosotros, sentirla parte de la familia y compartir todos juntos. Papá miró su reloj de muñeca como si se hubiera acordado de que existía el tiempo o simplemente porque lo tenía pegado a su piel.

—¿Las nueve y veinte? —casi cuestionando al reloj—. Hay que apurarse familia, se nos va la mañana.

     Se nos estaba yendo el tiempo entre los dedos, pero no podía irme sin antes comer esas tentadoras tostadas que me llamaban casi por mi nombre.

     Poco después unas bocinas. Era el micro escolar. Mamá y papá conocían al chofer. Un señor de unos cincuenta y tantos que tiene un hijo de mi misma edad, pero que nunca me cayó muy bien. Mejor no entremos en detalles, no quiero hablar de él, solo con pensarlo me siento atrapada. No importa, ya está. Ah sí, ¡el micro! Agarré una tostada que había sobre la mesa, mi mochila lista en el pasillo y salí corriendo hacia la puerta. Mamá me dio un beso en la frente y papá me alzó tan fuerte que casi me dejó sin respirar.

—No tan fuerte papá.

—Te quiero hija, disfrutá de tu vuelta a clases.

     Bastó con darme vuelta y sonreír para entender que aquella mirada sería la última vez que la vería.

     Es gracioso lo que voy a decir, subí al micro en pijama. Juro que no me di cuenta hasta que llegamos al colegio y mi mejor amiga Sabrina me lo dijo, fue tan vergonzoso. Desearía no acordarme de eso, pero no puedo. Una y otra vez se me aparece ese recuerdo horrible en que todos a mi alrededor se burlaban de mi pijama con dibujos de princesas y patitos de hule (todavía sigo creyendo que es la combinación más extraña que haya visto en un pijama para dormir).

     Me acuerdo que salí corriendo a través de las risas y burlas de los chicos de la escuela hasta que aparecí afuera. Corrí y corrí, no sabía dónde esconderme de esas carcajadas que me seguían a todas partes y no me dejaban tranquila. Lloré toda la tarde aquel día. Un recuerdo que se marcó con fibrón indeleble. Nunca volví a esa escuela y a ver a Sabrina hasta mucho tiempo después. Ya éramos mayores las dos y nos encontramos por casualidad en ese momento en que creés que todo el pasado había quedado atrás, enterrado y vuelto a enterrar y sin esperarlo vuelve a aparecer, casi instantáneamente como si nunca se hubiese enterrado. A veces pienso cómo hubiese sido mi vida si hubiera vuelto a aquella escuela, siempre me lo pregunté, aún hoy lo hago en esas noches en las que se me hace imposible dormir y mis pensamientos danzan de un lado a otro tocándose los dedos cuando se juntan.

     Es muy difícil para mí contar lo que pasó después, se los juro. Es algo que quisiera sepultar del todo y jamás volver a pensar de nuevo, pero adivinen qué, "es imposible" o eso creo yo, porque aún sigue conmigo. Escribo estas líneas para olvidarme del todo o para hacerme desaparecer, porque esto que cargo es lo que hace que sea quien soy y aunque no quiera admitirlo, así es y siempre será así.

     Estaba en una plaza asustada, con mucho miedo y sin saber qué hacer. Perdida. Me dejaba envolver por el viento allí escondida, intentando sentir cómo es dejar este mundo por completo. Lágrimas caían sobre mi rostro desnudo. El pijama de dibujos se había empapado por causa de unas gotitas que comenzaron a caer. El cielo totalmente gris a las diez y cuarto de la mañana frente a una plaza llena de negocios y personas que se comentaban la hora al pasar. El frío se hizo sentir todavía más, me estaba helando, solo quería ir a casa, olvidarme de todo, sentir el cálido abrazo de mamá y papá y tenerla a Floffy cerca, pero no sabía cómo volver a casa, no sabía qué hacer, estaba perdida en la inmensidad de esa ciudad, en la inmensidad de aquella plaza que era lo único verde que podía ver a la redonda y sentir un poquito de vida entre tanto gris pintado por el mundo.

     Empecé a caminar sola y sin hablar con nadie, ignorando las miradas que se posaban sobre mí. Deambulé por lugares que nunca había pisado antes, era un mundo extraño y nuevo hasta que un micro se detuvo delante de mí.

—Es el micro escolar, con él puedo volver a casa —pensé inocentemente.

     Subí escuchando el sonido a rueda pinchada de las puertas al abrirse. "Psss" ya estaba en el micro. El chofer confundido me miró y dijo:

—¿Qué hace una pequeñita como vos acá afuera sola y con este frío? ¿Y tu mamá?

—En casa señor, ¿me puede llevar hasta allá?

—Claro señorita, decime en dónde vivís.

—No sé, en una casa azul. ¡Lléveme rápido por favor, quiero ir a casa!

     Me sorprende la claridad con la que mis pensamientos y recuerdos quedaron impresos sobre mí. Cada detalle me recuerda a aquel día, es inevitable.

—Muy bien, ya veremos cómo llegar, pero por ahora ponete cómoda y sentate cerca mío, no quiero que te me pierdas, ¿sí? —dijo el chofer.

—Sí señor —dije obedeciendo a quien en ese momento era mi héroe, iba a llevarme a casa y todo estaría bien otra vez.

     El colectivo ya había estado un rato en movimiento, haciendo paradas cada tanto. Subía y bajaba gente. Era interesante ver cómo el vehículo nunca dejaba que no hubiese alguien dentro. Siempre se refrescaban los pasajeros con nuevos, otros rostros, otros mundos, historias escondidas entre abrigos y silencios, tomados de los caños que atravesaban al micro por donde se mire. Callados, inmóviles. Algunos escuchaban música con auriculares y miraban a la ventana con ojos llenos de sueños, otros leyendo un libro (uno que recuerdo bien tenía en la tapa un reloj de arena, nunca supe qué libro era, pero nunca dejé de buscarlo), otros agarrados de la mano mirándose esperanzados y otros tantos en el lugar, dejando que el viaje sea viaje y esperando que el colectivo llegara a su parada, no podía aburrirme ahí arriba. Cada tanto el chofer miraba para ver cómo estaba y sonreía (esa imagen nunca me la voy a sacar de la cabeza).

     Pasaban las horas hasta que por fin el micro se detuvo por completo y no había nadie más aparte del chofer y yo.

—Vení, vamos a buscar tu casa —dijo con ese carisma que lo había caracterizado desde el primer momento que lo conocí arriba del colectivo.

     Tomó mi mano y bajamos del gran rectángulo con ruedas. Empezamos a caminar. El piso estaba mojado, resbaloso.

—¡Cuidado! ¡No te vayas a caer! —dijo mientras me alzaba en sus brazos para que no me lastimara.

     Había llovido mucho. El cielo seguía gris, pero no habían lágrimas por el momento, habrán sido pasajeras. Hasta que por fin dijo su nombre.

—Soy Manuel, pero me podés decir Manú. ¿Vos cómo te llamás?

—Sofía —devolviéndole la sonrisa que no me llevó mucho trabajo hacer.

—Todavía está muy fresco Sofía, dejame invitarte algo caliente.

     Sin caminar mucho más, llegamos a algo que parecía ser una cafetería de barrio. Sencilla, con ese aroma característico de café y medialunas. Era el paraíso. Manú me dejó sobre una silla que daba a la vereda mientras iba a pedir algo. Los autos pasaban en tiempos prolongados. Autos pintados de amarillo, azul, rojo y otros que resaltaban menos como negros o grises (estos no me gustaban tanto). Al rato llegó Manú con un café para él y uno con leche para mí, acompañados por unas medialunas y tostadas. Me acordé de mamá, de papá, de Floffy, me acordé. Empecé a llorar, pero no quería hacerlo y a la vez sí, estaba feliz y no lo estaba, sentía y eso me enfurecía, quería estar por un momento bien después de todo lo que pasó, pero sabía también que quería verlos y quería que sea ya.

     No sabía bien cómo reaccionar, la vi llorando, desolada. Quizás no le gustaba lo que le había traído, quizás no le gustaba yo. Quizás quería estar sola o con su familia, no sé. Solo sé que de mis labios brotó:

—No estés triste Sofía, me partís el corazón. Sé que lo que más querés es estar con tu familia y prometo que voy a llevarte con ella. Pero está fresco y no te va a hacer nada mal que tomes algo caliente y comas algo también. Tu familia no se va a ir así nomás, va a seguir en tu casa y va a recibirte con los brazos abiertos, acordate. Ahora, ¿querés que le ponga azúcar a tu café con leche?

     Me había tranquilizado, bastante en realidad. No sabía cómo agradecerle. Estaba siendo mucho más que un héroe para mí. Nunca lo olvidé. Hubieron ciertas noches en las que me acordaba de él y se aparecía en mis sueños. Siempre sonriendo en momentos en los que no estaba del todo bien y necesitaba de unas palabras, de sus palabras, de su sonrisa, de su forma de decir las cosas, lo necesitaba. Agradezco cada momento que viví junto a él. Fue como el hermano que nunca tuve.

     El calor del café con leche estaba haciendo su efecto, me estaba sintiendo mucho mejor aunque no lo parezca. Era una mezcla de sentimientos, de cosas que revoloteaban por el aire y se estrellaban de vez en cuando.

—Con vos me siento segura —le dije.

     Estuve a un paso de caer en lágrimas. Su carita me transmitía ternura, felicidad, alegría, vida, todo en una sola persona. Una niña que me hizo ver el mundo con otros ojos a partir de aquel día.

—Gracias Sofía, no es nada. Vayamos a ver dónde está tu casa, seguro no es tan lejos.

     Esos frenesí de emociones siguieron hasta el día de hoy. Perdidamente loca por la vida que me deslumbró después. Mi vida recobró otro sentido cuando descubrí el gigantesco mundo de las emociones.

     Terminamos de merendar. Sobre una de las paredes de la cafetería se encontraba un reloj solitario.

—Las cuatro y veinte —dijo—. Salgamos.

     Caminamos por todos los rincones de la ciudad buscando la casa azul en la que vivo. Le preguntamos a mucha gente si habían visto una así, pero no era la única. Azul tras azul y continuamos en su búsqueda, hasta que por fin reconocí mi barrio. Ahí estaba, esperándome, dejándose mirar por nuestros ojos. Corrimos juntos hacia la puerta casi como jugando a las carreras. Giré la perilla y se abrió.

—Mamá, papá, Floffy, ¡estoy en casa! —estaba tan feliz por volver a pisar ese suelo de nuevo. Aunque tan sólo hubieran pasado unas cuantas horas, lo sentí eterno.

—¡Hola! Estoy con Sofía. ¿Hay alguien en casa? —dijo Manú diciendo sus primeras palabras sobre el techo de mi hogar.

     Nadie respondió al llamado. Sobre la mesa del comedor se hallaba un pedazo de papel escrito:

‘Sofi, lamentamos con el alma decirte que no nos vas a volver a ver muy pronto. Tu padre y yo tenemos nuestras razones y algún día las entenderás. Nos imaginamos que debés estar con Manú, él te cuidará bien, es un gran muchacho. Te vamos a extrañar, pero sabemos que esto tiene que pasar. Cuidate muchísimo y acordate, siempre estaremos con vos. Te queremos por siempre’
                                                                                            
                                                                           Mamá y papá.

     No sabía cómo reaccionar en ese momento. Sentía una horrible sensación de soledad y confusión hasta el punto de pensar que podía ser una broma. Comenzó a llover, pero no fuera de la casa, estaba lloviendo dentro mío. Llovía tan fuerte que de mis ojos se derramaron gotitas sobre el papel que acabé de leer. Manú corrió asustado hacia donde estaba, horrorizado al terminar de ver aquellas palabras que no encontraba sentido y tampoco yo. Me abrazó casi sintiendo lo que yo sentía. Éramos uno.

     Sin esperarlo sentí una punzada sobre mi brazo izquierdo. Dolía y mucho. Manú se percató y lo tomó con cuidado. Confundidos por todo lo que pasaba, tuvimos la sensación de que la realidad se estaba desfigurando poco a poco. La silueta de un pequeño pino sobre mi piel nos lo empezó a confirmar, un dibujo que jamás había visto y apareció de la nada.

     Paré de llorar casi de inmediato. Sentí como si mis papás estuvieran impregnados de alguna forma en mi brazo, y ahora camináramos juntos como uno sólo. Varias veces creí escuchar sus voces retumbando en mis oídos como si vinieran de todas partes y a la vez de ninguna. En la inmensidad de la oscuridad se alzaban, aparecían, me transformaban. Formaban una sola persona dentro de un cuerpo, formaban mi alma.

     En el silencio, gran compañero de los solitarios, Manú y yo nos agarramos de las manos, salimos corriendo hacia la puerta y nos encontramos con alguien conocido.

—¡Floffy! ¿Qué hacés acá afuera? —casi esperando una respuesta.

     Floffy corrió hacia mí y de un salto me tiró al piso. Lamió cada centímetro de mi rostro que quedó empapado en saliva. Mi pijama lleno de tierra, huellas, hojas y manchas que mejor ni imaginar de qué pueden ser. Una alegría volvió a invadirme. Altos y bajos, la historia del ser humano.

—Veo que se conocen muy bien —dijo Manú soltando una risa por ahí.

—Sí, la tengo hace poco más de un año, es hermosa.

     Hubo un instante en el que me detuve. Sentí como si el tiempo se ralentizara por un momento. Con mis ojos claros sobre el horizonte comencé a entender las cosas de otro modo, como si en un abrir y cerrar de ojos mi cuerpo de diez años se hubiera saltado varias etapas, hubiera viajado al futuro e incorporado cientos de conocimientos que hasta hace un rato no los tenía. La calle, los jardines, el cielo, el vecindario, todo comenzaba a volverse gris, comenzaba a perder su color; hasta que Manú me despertó.

—¡Sofi, Sofi! —chasqueando los dedos sobre mi cara—. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? ¡Hablame!

—Estoy acá Manú, no fue nada… es solo que… sentí como si me hubiera dormido por un momento.

     Me miró desconcertado. Ciertamente sentía algo extraño.

     ¿Qué te estará pasando Sofi? ¿Qué será todo esto que está pasando? ¿Cómo sabían sus padres mi nombre y que yo estaría con su hija y en su casa? Y ahora le pasa esto, sus ojos no se movían ¡lo juro! Estoy empezando a sospechar que esto es un sueño, no puede ser otra cosa… ¡se quedó ahí mirando a la nada por Dios!

—¿Qué te parece si entramos Sofi? Está muy ventoso acá afuera.

     No podía emitir sonido alguno. Mis labios estaban sellados. Mi cuerpo no respondía. Mi mirada al suelo, mis pensamientos en movimiento, estallando, escuchándose, desafiándose. Manú me acompañó a la entrada. Caminaba, pero no era yo quien lo hacía. Entramos.

—No me gusta que estés así, ¿no te querés poner algo más cómodo? —me dijo.

     Tenía que encontrar la manera de que se mejorara, que deje de estar así, en ese estado. Además no podía permitirme estar nervioso, tenía que estar tranquilo y contagiarlo, así sería todo más fácil, o eso creí.

     Subimos juntos las escaleras que llevaban a mi cuarto. Por el suelo encontré ropa tirada por ahí, mi cama a medio hacer, la ventana a medio abrir, yo a medio entrar. Le dije a Manú que me esperara afuera mientras yo me cambiaba. Aparentemente mis brazos y piernas volvían a funcionar, fue algo momentáneo.

     Comencé a probarme ropa, pero sentía que nada me quedaba bien, mi cabeza estaba en otra parte. Pensaba en tantas cosas. Como en la forma tan sin querer en que conocí a Manú, las risas de mis compañeros que todavía podía escuchar, los chin-chin de la Navidad pasada, la primera vez que tuve a Floffy entre mis brazos, la partida de mis padres sin explicación, la inesperada sensación de viajar en el tiempo y perderme por completo entre mis ideas y...

—¡Ay! —sobresaltando a Manú que entró de un portazo al cuarto.

—¿Qué te pasa Sofi? —desesperado.

     Esta vez mi brazo derecho sintió una punzada, pero mucho más fuerte que la anterior. Se podría decir que me estaba acostumbrando a esos dolores, pero no. Comencé a llorar, fue algo instantáneo. Me dolía a cada paso que mi corazón latía.

     Sobre la tersura de mi piel un copo de nieve apareció. Pequeño pero bien claro, tan claro que al ver a la ventana semi abierta, en la ciudad comenzó a nevar.

—No puede ser —dijo Manú—. Es que no... no encuentro explicación...

     Nos acercamos al espejo sin reflejo, al simple agujero de la pared de mi habitación. Anonadados sin entender muy bien lo que pasaba nos miramos a los ojos. Yo, una niña de diez años y él un muchacho de veintidós mirándonos estupefactos por el espectáculo que ocurría fuera de la casa. Abajo se veían otros niños salir de sus casas gritando y corriendo por todas partes. Se los veía felices. No muy seguido nevaba en esa ciudad, si no decir nunca. Los que parecían ser los padres de los niños también salían, sorprendidos por lo que sus ojos y demás sentidos estaban experimentando. Casi como nosotros, pero a ellos no se les había incrustado unos dibujos en sus brazos de la nada. ¿Era pura casualidad que estuviera nevando o había algo más? Se sentía una mística en el aire y ambos lo sabíamos.

     Un pino y un copo de nieve. Salimos de la casa bien abrigados y con Floffy a nuestro lado. Empezamos a caminar por el barrio. Los niños corrían de acá para allá con sus gorros de lana y bolas de nieve entre sus manos. Un pequeño carnaval fue pintando las calles poco a poco.

     Caminamos un rato, nos soltamos, dejamos que el tiempo pase a cada huella que dejábamos sobre la nieve. Dimos vueltas por ahí, nos dejamos llevar. En ese punto no sé si fui la única que se dejaba llevar o éramos los dos. Sentía cómo de repente el paisaje cambiaba su color, comenzaba a transformarse. Los árboles, el asfalto, un lago. Las casas, los semáforos, las montañas a lo lejos. Ya no sé si estoy soñando. ¿Era un sueño? ¿Es un sueño? Creo que es real. El caudal del agua, la nieve entre mis orejas, el calorcito del Sol me estaban diciendo algo. Cardenales, bellas aves que usurpaban los cielos de aquellos lugares. Me sentía en un mundo de sueño. Ya no habían casas, ya no estaban los mismos árboles, las montañas crecieron del asfalto que se fue borrando. Ya no era mi vecindario, mi ciudad; viajé a aquel lugar que acampábamos todos los inviernos con mamá y papá. No entendía, pero tampoco dejaba que ese pensamiento nublara lo que estaba viendo. Allí fui feliz, me sentí feliz. El pino y el copo de nieve pegados a mi piel. El corazón de Manú se sintió.

—Sofi, ¿estás ahí? —dijo preocupado.

     Apareció, bueno, más bien creo que regresé.

     No quería decirle nada a Sofi. El mundo había cambiado en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué podía hacer? Todo cambiaba y yo seguía igual, todos seguíamos igual. Ella perdida, con su mirada hacia adelante, en ese estado de trance que cada vez me preocupaba más. ¿En qué me habré metido? Una parte de mí decía que Sofi lo había notado, que no estaba confundida con lo que pasaba, o al menos eso me estaba haciendo sentir.

—Estamos cerca de donde acampamos todos los años con mamá y papá. Me suenan estos paisajes —dije.

     Mejor no responder, creo que seguía en ese estado que estaba apoderándose de ella. Ojalá hubiese podido seguir ahí, a su lado, pero sin querer di un paso al costado, a su costado.

     Seguimos caminando entre pinos y montañas, aves y corazonadas, lagos y atardeceres porque la noche se acercaba.

     La luna llena en lo alto alumbraba nuestras pisadas. Floffy entre mis brazos dormía sin dar rastros de despertarse pronto. La caminata fue larga, mis piernas seguían, parecían nunca parar, parecían infinitas.

     Una profunda niebla se alzó entre nuestras miradas. A Manú se lo notaba distante, casi como si no estuviera ahí. La nieve se hacía más espesa y nuestro caminar interminable. A dónde íbamos es la pregunta. ¿Por qué caminamos durante todo este tiempo? ¿Qué estábamos buscando? ¿Lo encontraríamos en algún momento? ¿Es un sueño o es la realidad? ¿No será lo mismo? Estábamos buscando respuestas, estaba buscando respuestas. Quería saber qué estaba pasando, qué eran esas marcas sobre mi piel, quería saber todo.

     La niebla se estaba acentuando cada vez más, el camino no se veía, yo no me veía. De a poco vi como Manú se iba diluyendo, intentando decirme algo a lo lejos, pero su voz se apagaba, sus susurros se perdían.

     Quedé sola cuando mis brazos volvieron a arder, a quemar. Desde ese momento supe que los dibujos serían parte de mí el resto de mi vida.

     Entre la nieve que caía, mi soledad y las tormentas que se desataban, encontré una luz que se convirtió en la entrada de mi futuro y la historia que cuento. Vientos olvidados por un desierto de nieve.

     No sé qué pasó, solo me desvanecí, me perdí y ahora estoy entre letras, caminando, sintiendo como un aventurero en su velero el viaje entre líneas. Revoloteando entre comas desdibujadas, pintado en la piel de una señorita que conocí una mañana de otoño, gravada en mi memoria hasta que deje de ser leído, manchado en la piel de alguien que me transformó, de alguien que se hizo presente desde aquel día y nunca me abandonó. Salpicado sobre su piel, inmortalizado hasta que el Sol deje de estar allá arriba. Para vos mi querida Sofía, para vos que seguís ahí arriba hasta el fin de mis días. Un servidor en la penumbra. Porque un yo no es un yo sin un vos. Hasta que la tinta se corra, hasta que el mundo se apague, hasta que tu mundo deje de ser mi mundo, hasta que desaparezcamos para siempre, porque siempre estaré ahí. Porque somos uno, éramos uno.

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