18.2.16

Mañana será otro sueño

     Estuve perdido y ahora lo sé, pero todavía me pregunto si no seguiré por ahí, extraviado, o quién fue el héroe que me encontró.

     Úrsula, mi mamá, sin mucho apuro comienza a prender las hornallas de la cocina. Son casi las cuatro y media y el radiante sol ya anda despierto desde hace rato. No tenemos ningún apuro en cenar todavía, aunque déjenme decirles que nosotros tenemos la costumbre de comer a las ocho u ocho treinta a más tardar. Para algunos tempranísimo, para nosotros algo natural.

—Hola familia —alargando un poquito la última A.

     Ese es Sergio, mi papá, que llegaba a casa después de varias horas de trabajo en el taller como carpintero. Desde que tengo memoria nos cuenta a mis hermanos y a mí sobre su gran afición por la madera. "Imagínense todo lo que podrían construir con madera, ¡es fantástico!" solía decirnos una y otra vez. Cada tanto nos lo vuelve a repetir para que no se nos olvide, o quizás para que a él no se le olvide.

     Papá entró a la cocina, donde estábamos mamá y yo.

—Hola querido, ¿cómo te fue? —dijo mamá.

—Bien amor, cansado.

     
Casi siempre era lo mismo. Vivía en una monótona rutina donde la palabra «sorpresa» no existía en absoluto, pero algo extraño me llamó la atención. Papá dio la vuelta y se fue, no me saludó, como si no existiera.

     Yo estaba ahí, sentado alrededor de la mesa de la cocina/comedor con los auriculares puestos. Lo interesante era que no estaba escuchando música, solo los tenía puestos, quería saber cómo reaccionaría el resto cuando me viera así, desconectado del mundo real.

     Me gusta a veces hacer este tipo de cosas, principalmente cuando estoy aburrido y no encuentro otra cosa para hacer.

     De pronto sentí cómo me vibraba el bolsillo. Había recibido una notificación de Santiago, uno de mis mejores amigos.
Bueno, yo considero a todos mis amigos como los mejores porque odio tener que clasificarlos y diferenciarlos entre sí.

     "Vení rápido. Pasó algo." decía el mensaje. No se imaginan la infinidad de cosas que se me vinieron a la cabeza. ¿Qué le habrá pasado a Santi? ¿Será otra de sus bromas? Capaz lo hace para molestar, pero cuando uno está en ese estado de aburrimiento es casi imposible no prestarle atención.

     Me levanté rápido, subí a mi pieza, agarré la mochila, saludé a mamá y salí. Acá tengo que hacer un paréntesis.
Siempre llevo mi mochila a todas partes. Es como mi sombra, mi compañera de aventuras, el lugar donde guardo mis recuerdos. Sí un lugar, porque qué más da si es un objeto de tela, plástico y quién sabe qué más; es el lugar donde guardo mis sueños.

     Estaba a media cuadra de casa cuando mamá me echó un grito.

—Te espero para cenar hijo, no tardes —llamando la atención de algunos vecinos que chusmeaban por la ventana.

— ¡Sí doña Úrsula! —sonriendo mientras me alejaba.

     Me divierte llamarla por su nombre a mi mamá. Siempre me hace una mueca inconfundible cuando lo hago (y más si lo acompaño con un "doña").

     De camino a casa de Santi y con el sol allá arriba, me crucé con mi hermana mayor, Emma. Estaba en su bicicleta roja por la calle pedaleando desesperada. Nuestras miradas no se cruzaron. Iba demasiado rápido para darse el lujo de mirarme. No sé si lo mencioné, pero más tarde me enteré que tenía una cara de horror que antes no había llegado a notar. Sus manos se deslizaban del manubrio, la velocidad y el esfuerzo físico la habían empapado en sudor. Sus ojos bien abiertos casi no parpadeaban.
La respiración agitada, sus pensamientos perpendiculares que iban de allá para acá, se reproducían tan rápido que hicieron de su mundo un frente sin costados. Nunca terminé de entender qué le había pasado, fue todo un misterio para la familia.

     Emma me lleva cuatro años, toda una mujercita. Ella va y viene con los hilos de su vida. A veces nos molestamos, nos decimos cosas sueltas por ahí, pero nos llevamos bien -se podría decir-.

     Seguí mi camino hasta chocar con la puerta de entrada de la casa de Santi. Estaba por tocar cuando se abrió.

—Oscar, hola —sí me llamo Oscar—. Te tardaste, ¿querés entrar?, creo que vamos a estar más cómodos —palabras indecisas salían de sus labios.

     Eran pasada las cinco. Esa casa podía ser muy solitaria durante el día, pues entre que sus padres estaban separados y que fuera hijo único, hacía que su vida estuviera llena de vacíos.

     Fuimos a su habitación. Cerró la puerta, las cortinas, prendió una pequeña linterna amarilla y nos sentamos enfrentados en el piso esperando que alguno de los dos se animara a hablar primero.

—Amigo no sé cómo decirte esto. Todavía no se lo dije a nadie, pero este asunto me da miedo. Siento que si se lo cuento a alguien, nada bueno me va a pasar, pero ya no sé qué hacer, me tiene muy preocupado y pensé que lo mejor sería sacármelo de encima —dijo Santiago poniéndose más nervioso.

—Decime que no es otro de tus chistes por favor —le dije con firmeza.

— ¡No! Te lo juro Oscar. No es una broma —mojándose los labios.

     Algo en su cara me decía que estaba diciendo la verdad.

—Anoche no podía dormir, tenía pesadillas. Así que decidí levantarme, ir a tomar algo, vos me entendés, para tratar de despejarme. Fui a la cocina, prendí la luz y miré la hora en el reloj de pared. Eran las tres y media, ni un minuto más. Abrí la heladera, tomé un poco de agua de un vaso y la cerré. Cuando estaba por irme a acostar de nuevo escuché algo, algo extraño, no sabría cómo describirlo, pero venía de afuera de la casa, del patio.

     La historia comenzaba a atraparme. Su forma de contarla iba construyendo imágenes en mi cabeza con mucha facilidad.

—Me asomé por la ventana. Los árboles temblaban. Llegué a entrever cerca de unos arbustos que alguien se escondía —sus ojos penetrantes me habían capturado, la historia de un solitario tal vez—. Estaba en un estado de trance, hasta el punto de sentir que era otra pesadilla lo que estaba experimentando. Casi sin controlar mis actos salí al patio para encontrarme con el mundo nocturno, los grillos, la suave brisa de la noche y su peculiar escalofrío, la luz de la luna, las inalcanzables estrellas y esos tres puntos en el cielo. Allá, brillantes, como mirándome, hipnotizándome, dejándose ver. Y yo estaba ahí, en pijama, paralizado ante aquellos tres puntos detenidos en el aire, danzando, flotando en el lugar con su metálica apariencia.

     Estaba boquiabierto, en silencio, escuchando su relato de fantasía y desvelo. En mi cabeza surgían interrogantes, avalanchas de preguntas a medida que la historia categorizaba a aquellos tres puntos como protagonistas.

—Estuvieron allí unos segundos, aunque juraría que bastante más. Mientras permanecían ahí estáticos, unas criaturas pequeñas salieron de los arbustos en dirección a los puntos. Cada vez comprendía menos lo que estaba pasando, yo era solo un espectador, un alguien que observaba e intentaba darle una explicación a lo que pasaba —con un tono más tranquilo—. Antes de que las luces desaparecieran, una de las criaturas se volteó, posó su mirada en la mía, estuvimos conectados por un rato, fue una sensación extraña. Sus facciones bien marcadas me hicieron entender que no era un sueño tan sueño. Unos ojos oscuros como la noche, una boca pequeña y nariz casi inexistente se perdían a cada paso que daba el individuo. ¿Podés creerlo Oscar? Juro por Dios que no es mentira, que no lo estoy inventando. Estuve todo lo que quedaba de la noche despierto, tenso, mudo en la soledad de mi cuarto, pensando, tratando de convencerme de que había sido otro de mis sueños, pero algo muy dentro de mí gritaba que no lo era, que había pasado, que había sido real. Las criaturas desaparecieron, al igual que las luces del cielo en un ligero movimiento circular, abandonando los aires. Me quedé un ratito más, para ver si pasaba algo distinto de pie ante la luna que brillaba en lo alto. Esta mañana pensé en salir para ver si podía encontrar algo que pruebe mi historia, pero no me atreví, todo fue muy intenso, muy místico, por eso quería contártelo, no sabía a quién más recurrir.

—Wow, Santi, yo... no sé qué decir, es impresionante. Una experiencia fuera de lo común, de otro mundo. Vayamos afuera a ver qué encontramos —pretendiendo ser valiente.

     Casi por costumbre saqué mi celular del bolsillo. Eran las siete menos diez, se estaba haciendo tarde, pero no me podía ir de su casa sin salir al patio primero. No sabía lo que me iba a encontrar.

     Fuimos hasta la puerta que llevaba al patio. Vi cómo se tomaba las manos, se mordía los labios, empezaba a respirar más fuerte y eso me contagiaba. ¿Qué nos esperaría? ¿Habría cambiado algo? ¿Acaso nos encontraríamos con algo paranormal o será una broma bien elaborada de Santiago? Pero algo seguía diciéndome que lo que contó podía ser todo menos mentira.

     
Salimos. El atardecer lentamente se hacía sentir en todas direcciones. Estaba muy solitario, solo el verde de la flora acariciaba nuestra piel. Nos dejamos atrapar un poquito por el momento, saborearlo, hasta que mi compañero dio el primer paso de valentía. La noche poco a poco se iba asomando mientras nos adentrábamos a la arboleda del patio. Troncos gruesos, árboles añejos. Arbustos, pasto crecido. Íbamos esquivando ramas y cantos de pájaros que sobrevolaban nuestras cabezas. Hasta que lo encontré, me encontré a mí mismo caminando por lo más profundo del patio de uno de mis mejores amigos. Me di la vuelta para ver si Santi seguía mis pasos. Ya no estaba. Ahí fue cuando volví a creer que todo era una broma. Créanme que lo menos que quería pensar era que todo fuera falso, que dejara de ser una aventura fantástica.

     Sorpresivamente, en la cada vez más notoria oscuridad, me encontré cara a cara con una luz abismal que borró todo rastro nocturno. El celular comenzó a vibrar.
Mi cara de horror frente a lo que estaba viendo me impidió hacer algo. Quizás por querer volver a la realidad que me habían acostumbrado, o para no sentirme tan ficcional entre tanta palabra suelta. Se escuchaba el buzón de voz. Era Ñaki, mi hermano mayor. Muy rara vez llamaba, pero si lo hacía debía ser por algo importante. Unas figuras borroneadas comenzaron a delinearse en medio de la misteriosa luz. Y cuando se hicieron visibles ¡zas! Ahí estaba, acostado en la cama mirando el techo de mi pieza. Soñoliento. A mitad de camino. Veo la hora, tres y media y una llamada perdida de Santi.

—Interesante el día de hoy —pensé.

     Allí, entre sábanas y almohadas los ojos se me cerraban, la respiración se ralentizaba, mi cabeza terminaba de entramar los últimos detalles hasta que finalmente dije:


—Mejor terminarlo bien, mañana será otro sueño —olvidando un poco mis palabras, a punto de caer nuevamente en el sueño de aquél abismo infinito de realidades. Hasta que caí.

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