Corazones revoloteando por el aire. Pensándose. Sintiéndose. Creyéndose
invisibles, imperceptibles ante la mirada que lentamente se iba impregnando en
la mía. Me escabullo, me dejo perder, me voy. Solo y acompañado a la vez. Con
gente a mi lado y al costado.
Chocamos. El tiempo se ralentizó. Cuatro ruedas giraron alguna vez al compás de un motorcito de juguete. Mi mano y la tuya, entrelazadas, pintando con los dedos algo mágico al azar.
—Cruzate —le dije—. Cruzate conmigo.
"Rum rum", hasta que las ruedas danzaran otra vez.
—Perdete conmigo.
Nuestras manos iban y venían, subían y bajaban, rozaban y entrelazaban.
—A mí me gusta el de rojo —me dijo.
(Algunos cabellos caían sobre su rostro).
—Caminemos juntos.
Tomó mi mano y me miró. Dejó que el silencio adornara el momento. Palabras mudas sobre un lienzo color morado.
—Soñemos juntos.
Y el motor seguía ronroneando.
—Te quiero —le dije.
Ahí fue cuando el auto despegó. El rojo se había ido. Y yo ahí, paralizado, en blanco. Pensando. Sintiendo. Mirándola partir con su vestido carmesí.
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