14.12.16

Mi querida Inés

            Cada mañana el sol se levantaba hasta que la luna aparecía y vestía de un tenue blanco las calles de aquella ciudad. Cuántas cosas uno puede pensar cuando está solo y caminando por la orilla de un río, fumando un buen cigarrillo y acariciando el horizonte. De vez en cuando miraba el piso y me entretenía pateando piedritas que encontraba por el camino. Me preguntaba tantas cosas, me dejaba embelesar y ahogar en la inopia; soltando mis ojos, dejándolos mirar hacia donde ellos querían mirar y no viceversa.
            La calma del agua y las luces que se prendían o apagaban a lo lejos, parpadeando, siguiendo un ritmo, un bailoteo. Un frenesí de colores salpicaron el lienzo de blanco mate. Lo acompañaba una botella de buen vino y un aroma a asado que lo fueron acercando al centro de la ciudad. Mientras tanto, las estrellas lo seguían a cada paso que daba. Con su camisa blanca, pantalón de vestir y unos zapatos de buen gusto deambuló aquella noche sobre una gran peatonal.
            A medida que su cuerpo se acercaba, las luces de los locales a su izquierda y derecha lo deslumbraban, le molestaban la cara, la vista, el estar. Tapándose el rostro con las manos iba caminando entre la gente enloquecida que llevaba bolsas y regalos a montones. Esas manos sobre su cara le disminuían la visión considerablemente, todo lo veía a medias. Los cinco dedos de cada mano y ojos entreabiertos hacían parecer que el Sr. Lagoon estaba espiando por una persiana en el primer piso de su casa. Le hizo acordar algunas anécdotas de su pasado.
            Hacía ya tres años que su mujer había fallecido por una enfermedad mortal. Hacía ya tres años de soledad y búsqueda de algo para hacer. La muerte de Inés lo había trasladado, cambiado. Su personalidad se fue forjando lenta pero trascendentalmente. Dejó de jugar en el parque con sus nietos para llegar primero a una cafetería en el centro de la ciudad cada sábado y domingo. Se volvió compulsivo en algunos aspectos, extraño quizás. Sus amistades lo fueron rechazando a la par de que su forma de ser iba cambiando. Volviendo un poco, solo un poco nomás, el Sr. Lagoon comenzó a espiar desde el primer piso de su casa la vida de otros y a escribir lo que ocurría en un anotador que su fallecida mujer le había regalado meses antes de su desafortunada muerte. Otras tantas veces compraba grandes bastidores y atriles donde pintar escenas de su barrio, todo desde la altura del primer piso, aquel piso misterioso y que el Sr. Lagoon bautizó como «El cuarto de lo mágico», o como él solía llamarlo «The magic room», pues había vivido una gran parte de su vida en el Reino Unido, su tierra natal.
            Poco después, entre la muchedumbre un señor de sombrero peculiar chocó contra el Sr. Lagoon. Entre la desesperación y locura que había, un choque no era para nada extraño.
            —Disculpe, señor —Sacándose el sombrero.
            Su rostro era pálido, realmente pálido. No sé si era por la luz que golpeaba desde todas partes o vaya a saber por qué. Mientras se disculpaba, una de las manos subió hasta su frente con un pañuelo para secarse la transpiración. Era un señor no muy alto y de caderas anchas. Lo más extraño fue la forma en que cambió la vida del Sr. Lagoon en cuestión de minutos.
            —No se preocupe —dijo el Sr. Lagoon—, estas cosas suelen pasar.
            Con una sonrisa y todo el tiempo que quisiera gastar comenzaron a charlar. Deambulaban de un lado al otro hasta salir de esa masa de gente abominable. Resulta que el nombre del señor era Horacio, un caballero muy simpático.
            —Hace mucho que no conocía a alguien así —Pensó.
            Su cara me parece familiar, no sé bien por qué. Sus gestos, su forma tan particular de caminar y enmarcar las «erres». Yo te vi en alguna parte antes...
            El Sr. Lagoon y Horacio comenzaron a caminar junto al río que bordea la ciudad. El primero sacando su último cigarrillo del paquete que llevaba y el segundo dejando tontamente huellas en el barro con sus piernas un tanto abiertas (una mala costumbre de chico tal vez) y la vista entornada.
            Me cayó bien desde el primer minuto. Su rostro achinado, elegante atuendo y voz calmada hicieron que rápidamente entrara en confianza. Me hacés acordar a alguien, pero no sé, siempre es un no sé.
            Horacio contaba su historia de vida con exquisito detalle mientras el Sr. Lagoon prendía su Philip Morris con gran atención. En cierto momento le preguntó si gustaba de acompañarlo a tomar algo a unas pocas cuadras de donde estaban. Amistosamente el relator aceptó con un extraño gesto que su ojo derecho automáticamente cantó a viva voz.
            Te conozco, te conozco. Ahora lo veo. TE CONOZCO.
            Se sentaron junto a la ventana en un bar al estilo contemporáneo. Gente caminaba y casi trotaba entre las mesas y las sillas.
            —Un poco de ruido, ¿no te parece? —dijo Horacio, incómodo.
            —Es así solo en esta época. Las fiestas enloquecen a la gente. No se juntan nunca y creen que con verse una vez al año arreglan el asunto.
            —Caso cerrado —Soltando una risa falsa.
            El Sr. Lagoon se empezó a dar cuenta de muchas cosas con solo mirarlo. Ya no lo veía tan simpático, ya no era tan-tan. En su afán por encontrar otro paquete de cigarrillos entre los tantos bolsillos que llevaba su pantalón, otra cosa fue lo que sus dedos rozaron y sorprendieron al instante.
            Entre el ruido y la noche de Buenos Aires uno de los meseros se acercó.
            —Buenas noches, señores. ¿Qué les traigo?
            Y el Sr. Lagoon adelantándose dijo:
            —Algo de whiskey para él y para mí, por favor.
            —¡Por supuesto! A ver... Dos whiskeys para la mesa 5. Anotado.
            Aviesamente el Sr. Lagoon miraba al mesero que se alejaba hasta la barra y después a Horacio, que lo miraba fijamente a los ojos, casi desafiándolo. Con las manos apoyadas en la mesa añadió:
            —Me estabas contando de tu vida, Horacio. ¿Alguna mujer, quizás?
            Algo tenso Horacio respondió:
            —Sí... —Acalorado— Justamente hace unos años estaba saliendo con una mujer, pero pasó algo nefasto... —Largándose a llorar.
            Horacio esperaba lo peor. El Sr. Lagoon lo miraba con suma concentración.
            —Fue hace... dos o tres años. Éramos tan felices —Mirando por la ventana—. Fue trágico, horrible. ¡Casi muero, Sr. Lagoon! Y mi mujer... —Las lágrimas se derramaban de sus ojos, bajando por sus mejillas y perdiéndose en su cuello—. ¡Sentía cómo mi corazón se escapaba de mi pecho!
            —¿Qué pasó, Horacio? —Calmado y serio, con los ojos posados en su cara y una voz que lo envolvía.
            —Habíamos paseado toda la noche por la ciudad. Riéndonos, bailando por las calles algo borrachos. Era tan hermoso —Se le escapó una sonrisa— hasta que, que... —Volvió a llorar.
            —¿Qué, Horacio, qué? Contame, hombre, sacátelo de encima. Confesá —Con sus ojos abiertos de par en par, el Sr. Lagoon le hablaba mientras los whiskeys llegaban a la mesa disimuladamente.
            Mirando el vaso, tieso y con la cara hecha un desastre, Horacio volvió a hablar sin mirarlo. Nunca volvería a ver esos ojos.
            —No sé... ¡No sé, por Dios! —Algunos de los presentes miraron sobresaltados a la mesa por un momento. Temblaba. Tomándose la cabeza con las manos tratando de no recordar, el Sr. Lagoon obligó a Horacio a que siguiera—. Nos mirábamos perdidamente, ¡la amaba! pero... tuve que hacerlo, o más bien alguien en mi cabeza me obligó a hacerlo, Sr. Lagoon —Con la voz ahogada—. En un momento todo se acaloró, ella me contó algo que no pude controlar. Estaba casada hace años y yo no tenía idea. ¿Tan tonto pude ser? —Con los ojos llorosos—. Hace años que no tenía esos ataques, esas voces que me hablaban por un oído y por el otro. Decían que me aconsejaban, pero no sé si era tan así. ¡No quería hacerlo, señor, no! —Levantándose de su asiento, apoyando su cuerpo sobre la mesa y tomando del cuello de la camisa al Sr. Lagoon que seguía con sus ojos paralizados en los de Horacio, ahora sin parpadear.
            La mano derecha del británico se acercó delicadamente hasta el bolsillo donde había tocado aquel instrumento extraño minutos atrás. Cuando lo alcanzó, Horacio soltó su cuello levantándose totalmente y acercándose a la salida del bar. Antes de salir, el Sr. Lagoon tomó su vaso rápidamente y dejó un par de billetes en la mesa. Fue tras él.
            Sin previo aviso, una llovizna molesta de verano comenzó a caer sobre la ciudad mientras se desataba una persecución. Horacio gritaba descontrolado, riéndose frenéticamente y balbuceando palabras al azar.
            —¡La maté, Sr. Lagoon! —Con esa voz chillona— Estos hermosos retoños hicieron un gran trabajo —Enarbolando sus brazos al viento.
            El Sr. Lagoon, sediento de venganza, sacó su revolver del bolsillo. Entre las pequeñas gotas que golpeaban su rostro, imágenes y recuerdos de su querida mujer entraron en escena.
            —¡Mi querida Inés! —gritando de dolor.
            Un Webley Mk IV entró en acción. Uno, dos disparos. Eran dos locos corriendo por la capital. Cruzando calles, esquivando autos durante esa noche donde las luces de los locales a lo lejos parpadeaban marcando un ritmo, sincronizadas mientras se oían los gritos de Horacio, el dolor y la lluvia intensa que inundaba Buenos Aires.

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