2.4.24

France

«Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino es también la luna y el espejo, busco esa línea que hace temblar a un hombre en una galería de museo. Además te quiero, y hace tiempo y frío»
                                                                        Julio Cortázar

Un jardín de margaritas se tambaleaba al compás de una suave brisa a las afueras de la ciudad. Miradas confundidas se estampaban sobre los muros de sus calles. Un cielo en blanco y negro y la lluvia que golpeaba contra la ventana; mirándola sentado en el suelo de su habitación con la espalda tocando la puerta, porque no hay cosa más linda que escucharla jugar en el patio y repiquetear por todos lados.
Un cigarro sobre la mesa a medio terminar, consumiéndose, dejando caer la ceniza y flotar el humo.
El débil gris de la tarde pegaba contra su cara casi acariciándola. Sus labios rojos y sonrisa encantadora motivaban mi corazón mientras danzaba con la cortina.
Allí tendido la miraba (casi volaba, no estaba del todo seguro que fuese real, más bien era una mezcla de sueño y realidad —una ficción tal vez—, o quizá un poco de los dos), viéndola acercarse dando vueltas y bailando delicadamente —era algo que le encantaba, una pasión que tiene desde pequeña—. Me tomó de la nuca y miró con ganas de todo. Se dejó llevar. Tuve sus labios correteando por mi rostro y mi cuello, sintiendo cada beso y escalofrío mientras mi cuerpo y alma se descontrolaban camino a la nada. Ese místico momento en el que sentís que volvés a nacer, renacés y todo da vueltas, crece y crece y te preguntás cuándo va a parar. Y ya es tarde y el tren arrancó. Mientras el piano suena y se trenzan los sueños, más de uno querrá volver a escuchar la canción. Uno más uno, dos más dos. Tirando del derecho y del revés.

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