27.12.15

Un hombre nuevo

   No ser consciente de las implosiones silenciosas de los rincones de mi ser.

   Yo no sé si, o no les presto atención o si son invisibles a mi percepción. La conciencia. Mis rincones. Ser. Qué imaginación hay que tener para imaginarse como una habitación con sus misteriosos rincones, porque tal parece que la metáfora escapa un poco de ella. ¿Y si nos vendamos los ojos y empezamos a divagar desnudos por los caminos más estrechos de nuestro inconsciente? Qué locura. Es como sumergirme dentro de mí mismo, dejarme atrapar y temer por lo que pueda encontrar allá adentro. Recorrer cientos y cientos de pasillos que, quién sabe, me lleven a alguna parte.

   Me gustaría pensar esto con otra metáfora. Imaginemos que a lo largo de nuestra vida, los sucesos y momentos ocurren dentro de un gran laberinto, pero no uno cualquiera. Allí hay miles de caminos, obstáculos, trucos, engaños, gente, risas, penas, todo; pero a veces, sin darnos cuenta, nos olvidamos del objetivo real del laberinto: llegar al centro. Es ese descubrir el significado real y verdadero de la vida. Nunca dije que sea fácil, pero es primordial si queremos entender por qué estamos acá.

   Muchas veces te habrá pasado de pensar el porqué de tantas cosas, y algunas de ellas: ¿por qué estamos acá?, ¿por qué existimos?, ¿por qué el por qué? Es inevitable indudablemente. Éstas preguntas y muchas más han cruzado por entre mis entrañas más de una vez, atormentándome y hasta paralizándome. Puedo asegurarte que mi palabra no es santa ni mucho menos, quizás sea una mera opinión, un modo de ver la vida y sus lujos o quizás, simplemente palabrerío abstracto. 

   El camino para llegar al centro del laberinto no será nada fácil, y más sabiendo lo grande que puede llegar a ser, pero no es imposible y realmente, una verdad sobre nosotros mismos puede ser revelada ante nuestros ojos.

   Tengo que confesar que el bombardeo de palabras e ideas en mi cabeza se asemeja bastante a, como yo lo llamo, una "batalla controlada". ¿A qué viene esto? Como dije antes, si quiere uno encontrar su propia verdad y conllevar una vida plena, tiene que llegar al centro del laberinto y abrazarse a él. Ahora la pregunta sería, ¿cómo hago para llegar? Uno puede vivir una vida sin tener que llegar hasta el maldito centro, pero ciertamente no será lo mismo, al menos como trato de plasmártelo. Literalmente, uno tiene que sumergirse en su interior, dejar que tome contacto con vos mismo (con "tu yo externo"). Ni yo puedo creer las palabras que acabo de usar. No es fácil explicarlo, es algo que se tiene que sentir, es como dejarse entregar completamente a tu interior, permitir conocerte y descubrir la verdad, por más terrible que pueda llegar a ser. Cuando liberés esa bestia feroz que llevás dentro, esta tierra será pisada por un nuevo hombre. Cuando llegués al centro, tu mundo encontrará otro sentido, porque ya habrás perpetrado el verdadero sentido. Serás dueño de vos mismo, tendrás control sobre lo que hagas o dejes de hacer, nada ni nadie te va a detener, porque lo peor ya habrá pasado. Ahora sos un alma nueva, un hombre nuevo.

12.12.15

Mis brotes

   Hola, son mis brotes y yo. Primero son mis palabras, después quién soy.

   Me gusta a veces ocupar el puesto de artesano porque le doy forma a mis ideas. Son brotes que sólo buscan florecer. ¡Debe ser por culpa de la primavera! Unas palabras por acá, otras palabras por allá. Es un caos total. Por eso me hago llamar artesano. Voy y vuelvo. Retoco y cambio. Tacho y vuelvo a escribir. Lo lindo es que todo comienza apenas siendo un brote, un golpecito en la ventana, un algo que desea salir, escapar…

   Estamos en primavera y de a poco los grises se van tapando con manchones más verdosos y anaranjados. Son mis palabras que encuentran la libertad y se sienten preparadas para enfrentar a la luz letra a letra. Luchan contra sí mismas en un vaivén de puntos y comas.

   Realmente andan alborotadas en esta época, bah, siempre están así, simplemente es que no las entiendo. Hay veces que no me dejan dormir, me obligan a buscar papel y escribir con la terrible amenaza de desvanecerse en la infinitud del olvido. Es difícil estar en mi posición, son muy caprichosas. Casi como que me siento su papá y ellas son mis niñas traviesas. Insoportables es la palabra correcta, pero me hacen tan feliz cuando juegan juntas y se llevan bien, es como si el ser padre fuese lo mejor del mundo (sin lugar a dudas se siente así).

   Me gusta tener que cuidarlas y que nuestra relación sea de ida y vuelta, se simplifican mucho las cosas así, pero ojo, no es nada fácil, hay que saber sobrellevarlo. Hay peleas de vez en cuando, roces, discusiones; pero siempre salen esas cargadas y risas por ahí. No son tan insoportables después de todo. Molestan un poco, pero las adoro, son una parte muy importante de mí. Reflejan quién soy, cómo soy, qué cosas me gustan. Son mi todo a decir verdad, nunca lo había visto de esta manera. Sin ellas soy sólo un cuerpo vacío.

   Me agarró un poquito de miedo, pero sólo un poco porque algo me dice que nunca se van a apartar de mí. Estoy cien por ciento seguro que soy tan importante para ellas como ellas lo son para mí. Son mis brotes, mis letras, ¡son mis hijas! Creo que me estoy volviendo un poco loco. Dejémoslo ahí mejor, porque de algo sí creo estar seguro, y es que la felicidad nace de ver a mis brotes crecer, de ver a mis hijas crecer.

3.12.15

Lo superficial

   Siento caos por todas partes. A cada lugar que miro el mundo me tira contra las cuerdas y no me deja respirar. ¿Pero qué es esto? Ni yo puedo responderme esa pregunta. Qué es esto. Sólo una pregunta que aparenta ser simple cual camaleón, camuflándose, creyéndose invisible ante los ojos del más indefenso receptor. Porque solo es eso, un receptor que recibe cosas y las procesa de una manera simple y compacta, sin esforzarse en pensar algo que se encuentre por fuera de lo común, de lo superficial. ¿Qué es esto? ¿Qué es todo esto? Leer por arriba de las letras sin ir más allá de un posible significado y sin más. Existe lo imposible. Existe lo infinito que los ojos hacen finito. Engañan nuestra propia percepción de la existencia hasta que la costumbre impone un orden natural sin sobresaltos de por medio, sin exageraciones de ningún tipo. Solo es ver la realidad, ver lo superficial. Como las palabras, como en aquella mente que se cree abierta a todo pensamiento, a toda ideología y que es tan cerrada como puño en plena lucha, en pleno acto primitivo y violento. ¿Qué es todo esto? Nací repartido en pedazos que son imposibles de unir. Pedazos de cuerpo escribiendo cosas que no hacen más que hacerte más difícil la vida al leerme. ¿Por qué todo tiene que ser tan superficial? ¿Por qué la superficialidad tiene que hacernos sentir cómodos? ¿Por qué tenemos que vivir en una comodidad? ¿Por qué?

8.11.15

Esperándote

   Y carcomido por la plaga que avanzaba, se echó a correr buscando una esperanza que parecía imposible. En poco tiempo el mundo dejó de lado la normalidad y el hombre dio un paso tras otro sin tropezarse por primera vez.

Marionnette

   Y todavía no me puedo acordar cuándo fue la última vez que dejé las sábanas para caminar descalzo con el resto del mundo.

Entre el papel y yo

   Siento que los únicos que realmente me entienden son la pluma, el lápiz y la birome. Ellos, quienes sin pedirme algo me dan todo. Ellos, en donde subsiste la seguridad que pone al derecho nuestro imperfecto mundo de cabeza. Ellos, que sin mucho son todo y todo lo calcan sobre quien que se pinta de espejo. Así de perfecto entre grumos y manchones, entre piedras y pisa papeles, entre ideas y momentos, entre el papel y yo.

9.10.15

La otra cara de la moneda

   Francisco se encontraba viajando en plena Capital Federal sobre los cómodos asientos de un taxi, que prefirió rentar antes que manejar su propio auto como cualquier otro ciudadano que teme por la seguridad de su vehículo.

   Como todo joven que se interesa por la literatura, llevaba en el bolsillo de su traje una novela que le habían regalado. Sacó sus lentes y comenzó a leer.

   El conductor decidió no molestarlo luego de un pesado día de trabajo recibiendo insultos, burlas de los niños y el vandalismo cotidiano. Para colmo, esa tarde un manifestante le había arrojado una bomba de pintura que impactó en su amarillo y negro. Una enorme mancha naranja sobre el costado derecho; pero eso no le impidió seguir con su trabajo. No pronunció ni una palabra.

   Ahí estaba, intentando convencerse de que había llegado el gran día... el día en que dejaría la soltería para volverse el hombre de su querida mujer, Noelia. Se miraba al espejo, fantaseaba con su boda y el resto de su vida con ella. Realmente no lo podía creer, se le hacía difícil entender que ese día marcaría un antes y un después.

- Gire a la derecha - le indicó el joven al conductor. 

   Detuvo un poco su lectura, por un momento creía que el vehículo iba muy deprisa y que el rostro del chofer no revelaba gestos de tranquilidad, pero lo dejó de lado y echó un vistazo por la ventanilla. El caos del tránsito, los bocinazos y las pequeñas manifestaciones de jóvenes agresivos que protestaban en contra de la violencia pública hacían que el viaje fuera menos llevadero; pero aun así mantuvo una perspectiva optimista, después de todo estaba con lo que más le apasionaba, la literatura. Retomó su lectura...

   Se dio una ducha, merendó algo rápido; oyó que golpeaban a la puerta e instintivamente la abrió. Era Doris, la muchacha que lleva los trajes recién lavados a domicilio. Volvió a su cuarto, se vistió y ahí fue cuando volvió a pensar en su prometida. Se preguntaba cómo estaría viviendo ella esas horas antes del momento que quizás sea el más importante de sus vidas. Lo único que quería era poder verla para eliminar esa ansiedad que llevaba adentro desde hacía días. De repente, el taxista se vio obligado a frenar de golpe, unos chicos se habían interpuesto entre el taxi y el auto que iba en frente. Era toda una odisea manejar a esas horas por la avenida llena de manifestantes.

   Aparentando serenidad salió de la casa, se suponía que el chofer estaría ahí a las cinco en punto, pero no fue así. Pasaban los minutos y la desesperación comenzó a enloquecerlo. Tenía una personalidad un poco extraña, no habían muchos que quisieran ser como él. Nunca había sido muy paciente y menos si se trataba de su casamiento.

   Necesitaba tomar algo... algo que lo tranquilice. No se le ocurrió mejor idea que buscar uno de esos whiskys que siempre traen sus amigos los fines de semana. Qué manera de previarla ¿no?. Siempre se lo había preguntado, pero se le había vuelto costumbre. Al principio fue solo un vaso, pero rápidamente se terminó la botella. No era muy normal que bebiera solo, pero sintió como si lo hubiese hecho decenas de veces. Torpemente caminaba con su botella en mano por la casa, fue hacia la puerta, salió y buscó su auto. Difícilmente pueda saberse en qué estaba pensando en ese momento cuando sacó las llaves y lo puso en marcha. A pesar de su estado, pudo conducir.

   Apartó la vista de su novela. El sonido de relámpagos y de una tormenta acercándose lo habían detenido, hasta que en un abrir y cerrar de ojos comenzó a llover sobre Buenos Aires. La gente corría sin un rumbo fijo, desesperada, llevándose a la cabeza lo primero que encontraba para protegerse de la cortina de agua que se aproximaba desde la otra punta de la avenida. La situación se agravaba todavía más, no solo la violencia, ahora también la lluvia. Un diluvio contemplado desde la ventanilla y de pronto el choque.

   No paraba de acelerar, era una máquina descontrolada bajo los efectos del alcohol. Se le tensó todo el cuerpo, los pies ya no le respondían, las manos se le habían pegado al volante. Gritaba como un loco atravesando las calles empapadas por ese diluvio. Llegó a ver a unos niños corriendo con su madre para escapar del torrente. Hasta que a lo lejos le pareció ver una figura extraña, no la distinguía bien, pero sabía que no podría evadirla. Estaba a punto de encontrarse con la otra cara de la moneda. No le daría el tiempo ni la fuerza para hacerlo, ya no le importaba nada, un simple retraso estaba a punto de acabar con su vida; hasta que la enorme mancha naranja se interpuso entre él y su futuro.

Semáforo

  Colores, pero más que nada grises. Fábricas hundidas en óxido. Un cielo nublado y un auto en movimiento. No estoy al volante, sino en el asiento de atrás. Miro el paisaje. Casas muy humildes de un lado y del otro. A lo lejos, unos edificios. Un puerto por allá, unas vías por acá. Pasamos un puente. Este es otro mundo. El semáforo nos para al igual que al resto. Uno atrás del otro como hormigas en un desfile.

   Un hombre de barba canosa y desprolija aparece. Habla, pide algo, pero nos pasa a un costado. Ni nos miró. Ya se puso en verde. Vuelven a girar las ruedas. Una fuente de agua danzando en su escenario. La gente la ignora. Qué difícil debe ser la vida de la fuente. Algo que está ahí pero que no está, porque nadie le presta atención. Creo que me siento como ella, ignorado. La diferencia está en que lo mío fue por un momento, en un semáforo en rojo, lo de ella parece ser desde siempre.

   Una palmera a pocos metros. Pequeña porción de naturaleza entre tanto cemento. El gris del cielo se confunde con el de los edificios. Se está haciendo interminable el viaje. Me canso de estar todo el tiempo sentado, inmóvil.

   Por allá hay algo de arte urbano. Pequeños signos de color en una ciudad envuelta de niebla. Soy de preguntarme a veces si la realidad se define en ser una simple niebla que le gusta flotar con nosotros y algunos colores que la hacen pasar desapercibida. Ya no sé si es verdad lo que pienso, o lo que escribo. ¿Todo será una mentira? ¿Por qué afirmar lo que nos han dicho toda la vida? ¿Por qué regir el orden tal y como nos lo mostraron? ¿No pudo ser de otra manera? Quizás la verdad ni exista. Quizás estamos envueltos en esta inmensa niebla que abarca todo lo que hay. Desde una hormiga hasta un planeta, una galaxia, el universo entero y todos los universos que hayan, si es que los hay. ¡Qué importa ya! Este otro mundo me llevó a entender que mi otro mundo no es más que la representación de este y de otro y de otro. Mis brazos como pétalos se caen, y ahora son espinas. Creo sentir lo que siente la fuente, porque qué más da si la fuente siente o no. O si la existencia no es más que solo una palabra vacía en una expansión infinita de humo.

   Seguimos. Creo que nos perdimos. Paramos a un costado del cordón para mirar un poco nuestro entorno. Bajamos del auto. No tenemos ni idea de dónde estamos. Nadie conoce esta parte de la ciudad. Parece desierta. Ni una sola alma. El cielo está distinto, el color intenso ahora molesta a la vista. Ya no es un gris opaco, ahora es una especie de arcoíris gigantesco. De extremo a extremo sobre el cielo se extienden una variedad impensada de colores. Uno al lado del otro. Rojos, naranjas, verdes, azules y una cantidad de matices por todas partes. "¡Qué cielo más colorido!", dice una señora sentada en un banco de la vereda. Qué raro que no la haya visto antes. ¿De dónde habrá salido? Siento miedo. Es una señora muy mayor de pelo atado, unos dientes por ahí, casi como jugando a la escondida, y un par de lentes muy pequeños. Con su bastón en mano señala algo en el cielo. Miramos en esa dirección y nada. Solo aquél cielo con y sin vida. "Ningún pájaro vuela a estas horas", volviendo a hablar, "debe ser por el frío, mejor que se abriguen.".

   Por un momento siento que todo es un sueño otra vez. De a poco pierdo la seguridad de estar en el mundo real, y ahora que lo pienso, también de si esto es un sueño. Quizás haya algo más allá de los sueños. Algo que no tiene nombre. Algo tan desconocido que ni palabra debe tener. Algo que no es ni realidad ni sueño, sino algo más verdadero... La verdad. Ya ni sé si esto que digo será verdad o no. Yo solo veo colores. Me consumen.

   El viento empieza a soplar y el frío a sentirse. Ahora veo por qué la señora nos aconsejó que nos abrigáramos. Ya no está ahí sentada. Parece que se fue, pero nadie la vio levantarse, solo desapareció. Los colores del cielo se tornan más oscuros. Los rojos y naranjas ahora parecen marrones. Los verdes un color musgo, los azules casi negros. El resto de los colores también están perdiendo nitidez. Se están desfigurando, perdiendo. Rayos y relámpagos se ven sobre el cielo, parece una batalla campal. Está muy estruendoso todo y el viento no deja de soplar. Hace mucho frío. El auto parece ser la mejor opción. Queremos irnos de este mundo fantasmal. Ya no lo soportamos, creo que vamos a explotar si no partimos pronto. El auto no arranca. Nos quedamos varados en medio de un espectáculo de luces y sombras. Esto es peor que una noche de allá. Éstas noches no se comparan en nada. Son horribles. Mejor corramos, ¿qué otra cosa podemos hacer? Hay que buscar algún lugar para protegerse de este carnaval. Nos tiramos al suelo como por instinto. Un par de hojas de diario sobre nuestras cabezas nos ayudan a pensar en otra cosa. Tratamos de imaginarnos un lugar mejor, de volver a casa. Es una película de terror. El sonido del viento revienta contra nuestras orejas. Es insoportable. Oigo voces que provienen de todas partes. Es todo muy confuso. No entiendo nada, pero sí son voces, algo nos intentan decir. Al parecer el resto también las escucha. Estamos desconcertados. Nos miramos con ojos perdidos, dilatados de horror y con temor a perder mucho más que la orientación. Las voces siguen, cada vez con más fuerza. Hacemos el mayor esfuerzo para encontrarlas, pero no se puede. Siento que el cielo se va a caer sobre nosotros, que vamos a quedar estampados contra el piso como bichos. Dibujados cuidadosamente sobre el pavimento, delineados perfectamente.

   Aparece un brazo extendido y una mano que aguarda ser tomada. La sostengo, algo peor que lo que estoy viviendo ahora no creo poder vivir. Sujeto la mano flotante que viene de no sé dónde. Me lleva. El resto queda atrás. Nadie les da una mano. Todos quedan ahí, sin mí. Estoy triste, no quiero perderlos. Son mi familia.

   Aparecí en otro lado. La señora mayor que hace rato vimos está acá. Se la ve alegre. A su lado un hombre de unos cuarenta y tantos me dice: "¡Hermano, volviste!". La mujer con ambas manos me sujeta la mía con cuidado. "Sí hijo, volvemos a estar juntos de nuevo." El ambiente acá es acogedor, es más cálido. El cielo vuelve a ser arcoíris, pero mis lágrimas no opinan lo mismo. Los perdí. Quiero volver y tenerlos cerca de nuevo. Significan mucho para mí. Estos son solo unos desconocidos. "Ellos quedaron atrás." Volviendo a hablar el señor. Por la desesperación los empujo y corro. Volví a correr. Todos me miran. No hacen nada, solo me miran. Gente de un lado y del otro posando su mirada en mi corretear. Ya no me siento ignorado. Es más, toda su atención está puesta en mí. Es extraño. Creo que sí puede haber algo peor que estar en ese mundo fantasmal. Al menos estaba con los míos, esto es una pesadilla. Solo quiero volver a casa, quiero despertar.

   Veo a un señor con barba. Creo que estoy en el suelo. ¡Es el tipo del semáforo! ¿Qué hace acá? Hay una muchedumbre a mi alrededor que no para de hablar. No se entiende nada. Bocas abrirse y cerrarse emitiendo sonidos y palabras incomprensibles como animales. Me sofocan. Quiero irme. ¿Pero qué pasó? Me duele la frente. Sangre. ¡Sangre! Siento que me asfixio. Las cosas se ralentizan. Todo se mueve más lento, creo que me voy a desmallar. Y justo cuando creí que volvería a caer en la oscuridad, el señor de barba me saca de un tirón de los curiosos. Me alza, me levanta con una fuerza poco creíble. Se aleja de los que no me dejan respirar. Ya estoy abajo en las aguas de una fuente. Con una sonrisa y ojos esperanzados: "Tomá un poco de agua, te va a hacer bien." me dice. "Me llamo Esteban, pero los amigos me dicen Semáforo." No me sorprende para nada. Estoy un poco confundido, más que de costumbre. No sé cómo llegué a esta situación. Estar con signos de sangre y con un viejo a mi lado en una fuente de agua que pocos deben visitar. En un pestañear me acuerdo de los que estaban conmigo. ¿Qué habrá pasado? ¿Por qué estoy como estoy? ¿Qué fue todo aquello que viví hace un momento antes que todo esto? ¿Lo habré imaginado? ¿Lo habré soñado? ¿Quién me asegura que esto no es un sueño o si esto está ocurriendo en realidad? Quizás todo sea una ilusión. Una ilusión que no es provocada por ningún ilusionista, sino que se manifiesta sola, se aparece porque sí. Quizás hasta nosotros somos una ilusión o formamos parte de un gran sueño que nadie sueña.

   Chapoteo en el agua. Semáforo está tenso, su cara me lo dice, sus largos cabellos de color blanco y arrugas bien marcadas me lo gritan. Se oyen sirenas de bomberos, ambulancias, patrullas. Todo en el mismo momento. Hay mucha gente por todas partes. Los autos se hacen escuchar con sus bocinas. Parece estar de noche. El cielo está completamente nublado porque no hay estrellas. Lo que más bien parece estar estrellado, es esto que estoy viviendo, o por lo menos, eso creo.

   Hay mucho movimiento. Gente que va de acá para allá y que no pareciera que vaya a parar en algún momento. "Dios te sujetó la mano esta noche chico, sino quién sabe dónde andarías.". Esto me dejó todavía más inquieto. Mi respiración se dificulta. El miedo vuelve a invadirme. Solo quiero volver a casa.

   A un costado, una torre de fuego se alza sobre la gran ciudad. El humo comienza a llenar mis pulmones. Parece que hubo un accidente. Ojalá que no haya sido tan grave. Hay que creer en que a veces las apariencias engañan, si no decir siempre. Es posible que todo esto sea una apariencia y me esté engañando, nos esté engañando a todos.

   Tres personas en camillas separadas son llevadas al interior de un grupo de ambulancias. No llego a distinguir quiénes son porque están bajo sábanas que las cubren. Quizás estemos todos bajo una gran sábana que no nos deja ver del otro lado, pero que sí sabemos que existe algo en ese otro lado por más que no lo veamos. "Pobres hijos de Dios." dice Semáforo. "¿Cómo pasó?", por fin pronunciando unas palabras. "Yo no estaba acá cuando pasó el incidente. Creo que no murió nadie, al menos no todavía. Lo importante es que estás bien y estoy feliz por eso. Hoy soñé que volvía a ser joven y me reencontraba con mi hermano. Falleció hace varios años. Lo extraño tanto. Es muy parecido a vos, y cuando te vi salir expulsado del vehículo, creí que fui tocado por Dios o algo parecido. Me recordás mucho a él. Éramos muy cercanos. Como siempre dicen, la familia es lo primero. Lamento lo que ocurrió con los que estaban en el auto, en serio. ¿Son familia?". "No sé, ¿qué pasó?", volviendo a hablar. "¿No te acordás? Pasó hace unos minutos. Yo andaba pidiendo alguna ayudita para el bolsillo en aquél semáforo. Digamos que ahora es parte de mi familia, si no decir la única que tengo ahora.". Sus ojos se tornaron grises, fijos en el horizonte como añorando tiempos pasados. "Lo bauticé. Siempre vengo por acá para ver cómo anda. Te decía. Andaba por acá cuando el grito desesperado de las ruedas del auto captaron mi atención. Un segundo después, el choque. Fuego y más fuego. Humo. Era un espectáculo de fuegos artificiales, pero sin espectáculo. Tu cuerpo salió del auto antes de chocar. Alguien debió lanzarte desde adentro, o por lo menos a mí me pareció. Y acá estamos. ¿Te sentís bien?." "¡No! ¡Ellos deben ser mi familia! ¡No entiendo nada! Siento que estoy en medio de una pesadilla que imploro se detenga rápido. Dios si me estás escuchando despertame, decime que todo esto es un sueño y nada más. Que con solo abrir los ojos sentir que estoy en casa de nuevo, feliz. Decime que alguien malintencionado solo está jugando con mi cabeza, pero no me digas que esto es real, por favor.". Cierro los ojos bien fuerte, creo que nunca lo había hecho con tanta fuerza como ahora. Vuelvo a abrirlos. ¿Y esto? Dibujos, carteles, autos, gente. Estoy en el auto de nuevo. Parece que desperté. Solo parece. ¿Algún día podré volver a creer en lo real, en una normalidad? ¿Estaremos todos dentro de un gran sueño que se sueña infinitamente? Estoy feliz, por lo menos todo terminó, acabó, creo. Solo creo. Dudas y más dudas. Paramos en el siguiente semáforo. Andamos más cerca. Bueno, ya ni sé a dónde íbamos, da igual, seguro no es tan importante.

   Un semáforo se cruzó en mi camino, aquí y ahora, allá y ayer, mañana y por toda la eternidad semáforo me sonrió otra vez.

22.9.15

Mis ojos

   Siento que tengo un problema y miedo a que alguien me lo afirme. Me siento hundido en aguas misteriosas, temiendo por una cura imposible y una vida con él a mi lado. Veo un mundo inexistente en el que las fronteras son mis propios ojos. Lo claro lo veo oscuro, pero no un oscuro de falta de luz, sino una oscuridad del tipo de “distorsión”, una duda infinita de si lo que veo es real o no, y me inclino más a esto último. Siento que dentro de mi cabeza hay una especie de cortocircuito inventado por sí mismo y que habita por ahí como un parásito. No sé exactamente cuándo apareció, solo lo hizo, extendió sus raíces por todo mi ser y ahora somos uno, pero ojo, por lo menos aún tengo la certeza de que está y optó por incrustarse muy en el fondo de mí. ¿Será que “esto” es mi alma ahora? ¿Será que el “alma” aparece cuando nos damos cuenta de su existencia? ¿Será solo un invento, una palabra al azar y que se malinterpretó con el paso del tiempo? ¿Habrá algún momento en el que no tengamos “alma”? No sé. No sé y más no sé. Solo sé que no sé nada, como dijo Platón en su "Apología de Sócrates".

   Me siento perdido en una rutina global que enaltece a la palabra “movimiento” para que la vida siga su curso y no encuentre el freno nunca. Nos hacen creer algo que parece estable, porque en realidad la vida es solo un juego de palabras camuflada con acciones sin sentido durante generaciones. No quiero que esto último se mal interprete. Todo está siendo muy repetitivo. La palabra “juego” ya perdió su significado. El mundo que veo tiene una serie de reglas escritas por ahí y un tablero simulando ser la realidad. Formamos parte de un juego que es controlado solo por algunos, y el resto de nosotros somos desplazados inconscientemente como peones al antojo de los “verdaderos” jugadores. Mi percepción se ve difuminada no solo en el pensamiento, sino también en lo físico. Ya no sé si creer en las cosas físicas, en las cosas sólidas me refiero. Me es difícil afirmar que todo existe en el día de hoy, porque mis ojos me dicen lo contrario.

   Ya van casi cuatrocientas palabras y aun creo que no pude plasmar lo que ven mis ojos. Es mucho más que una idea o una opinión, es lo que realmente veo. Ya no me siento seguro de pronunciar la palabra “real”, porque entro en la infinidad de la duda, me pierdo en esa inmensidad que todos visitamos alguna vez. Creo que la palabra “real” y toda su familia debe dejar de existir en mi vocabulario, debe dejar de ser real. Me siento más seguro afirmando que todo esto que llamamos “realidad” es una ficción, un mundo inventado por un escritor que le faltó valor para pronunciarle la verdad a los hombres.

   Desearía poder tener toda clase de adjetivos, sustantivos, adverbios, en fin, palabras para describir tal como ven mis ojos, pero claramente no se puede. Es algo inexpresable, una sensación que no se puede poner en palabras, ¿y todo esto por qué? Porque somos prisioneros de la palabra, esclavos del lenguaje. Aunque no lo creamos estamos atados desde el primer momento en el que el mundo nos inculca el habla. ¡Qué difícil es describir lo que veo! Sé que también debe ser difícil de leer y entender lo que escribo, pero no hay muchas maneras. Las mismas palabras son límites por sí solos. Quizás hasta las pueda relacionar con mis ojos. Son fronteras al igual que ellos.

   Hay ciertos momentos del día en los que siento perder la vigilia en pleno caminar, en plena calle, en plena tarde. Son momentos en que el propósito por el cual quise escribir esto se hacen presentes. Son esos momentos en que los parásitos despiertan y se ponen a trabajar. Es sentir que todo es un sueño y por esta razón no puedo creer en “la realidad”, en lo “real”, porque todo se mezcla con ese estado de sueño, de imaginación. ¿Acaso no se lo podría pensar al sueño como otro estado de vigilia? Quizás hasta “los sueños” son en realidad la realidad y lo que nosotros llamamos realidad es el sueño, el mundo inexistente, las proyecciones.

   A veces siento miedo por lo que veo. No conozco a nadie que tenga lo mismo que yo. Muchos me miran raro, no comprenden del todo cómo me siento o veo al mundo. Se lo podría considerar raro, pero tengo que decir que en cierto punto me hace sentir orgulloso de tenerlo. No sé si esto es producto del consumo cada vez más amplio que está haciendo en mí. Debe ser por estar casi habituándome a él y el hecho de que haya aparecido en mi vida me sirvió como excusa para poder preguntarme y exclamarle a los cielos “¿qué es esto? ¿por qué ahora? ¿por qué a mí?” ¿Habrá perdido sentido mi vida? ¿será que la respuesta que todos buscamos va más allá de un decir que no existe y nada más? Porque es casi como que lo siento. Siento que no existe. Es una sensación totalmente existente de inexistencia.

   Creo que ya me estoy yendo por las ramas. Debo confesar que nunca creí acabar escribiendo mi vivencia rutinaria, porque ya la tenía acostumbrada, la tenía impregnada en la piel. Ya no se me hacía raro, porque como dije antes, me estoy habituando a él, me estoy habituando a vivir así. Tuvo que llegar el día en que el vaso rebalsara para mostrarle al mundo lo que ven mis ojos. Creo que no tiene final, porque nunca vamos a dejar de ver, nunca vamos a cristalizar la mirada. El día en que no podamos volver a levantar la pluma, dejaremos de ver y eso ya será otra historia.

   En resumen, tengo dos ojos igual que vos, veo y percibo las mismas cosas igual que vos; lo que pasa es que las veo distorsionadas, esa es la única diferencia.

17.9.15

Interminable

   Y así vuelve a desencadenarse una lucha entre el viento y los pelos sueltos. Entró a su casa y finalmente cesó. La guerra había terminado.

Grafito y madera

   Un papel en blanco que busca ser escrito. Reflejos de sol que se proyectan sobre los vidrios de las ventanas. Velas apagadas sobre el escritorio. Un aroma a café recién hecho y un humito revoloteando por ahí. El ambiente es calmo, con pequeñas y suaves brisas que acompañan la partitura. Esa partitura que se lee sin preguntar y está bañada de luces. Autos que pasan de vez en cuando a un andar lento y tranquilo. Desde acá arriba se puede ver parte del barrio. Casitas parecidas y colores que no contrastan demasiado, pero en donde se puede vivir bien. El sabor de las medialunas están dando frutos. El hambre que se había hecho sentir, se está apagando. ¡Qué ricas medialunas! Con ese sabor tan característico y esa textura que te eriza la piel. Es lindo este lugar, siempre es bueno estar rodeado de tranquilidad y de unos cuantos destellos de pureza. La silla aguarda, el cielo acompaña. Un lápiz por ahí. Grafito y madera forman el arma de la revolución. Creo que es momento de que alguien la use.

17.8.15

Luz y oscuridad

   Hay tantas cosas bellas en el mundo que ni nos tomamos un minuto en imaginar. Ellas están ahí, esperándonos, esperando que las descubramos y las veamos con nuestros propios ojos.

   Hay tanto que conocer que creemos que no hay tiempo para disfrutarlas todas y crecer junto a ellas, pero sí lo hay y la vida nos demuestra que el lugar en donde vivimos es único e incomparable, pues aquí es donde se cumplen todos nuestros sueños.

   Disfrutala que no habrá otra. Vive cada día como si fuese el último. Alegrate de las personas que te rodean, porque ellas darían su vida para que sigas junto a ellos. Pensalo, es la vida. Esta vida maravillosa que nos ilumina cada mañana al despertar para poder sentir el aroma de las flores al salir otra vez.

   Cerrá tus ojos e imagina, imagina lo grandioso que sería poder hacer todas esas cosas que tanto anhelaste y que si parás un minuto, te vas a dar cuenta que todo es posible, que se puede, vos podés, tan solo mirate un segundo y tarde o temprano será tuyo, estará a tus pies y recordarás este día para siempre.

   Pensar un “tal vez” no siempre ayuda, tenés que lograr cada uno de los objetivos que te propongas en esta vida, porque no hay vuelta atrás, no hay tren de regreso, solo tu voluntad de querer lograr ese objetivo, ahora, ¡demuéstralo!

Gol

   Él, entre azules y matices pregunta: "¿y el partido?", quedó en blanco, levantó la vista y se calló la cancha. Había amanecido.

El reencuentro

   Cuando estaba regando su jardín, un hombre se acerca y le dice al oído: "buenos días". Dejó de regar, se volteó y se convirtió en flor.

8.8.15

Por las nubes

   Llueve. Gotitas chocan contra el vidrio. Ojos que se difuminan y confunden con el agua. Luces, relámpagos, un fuerte torrencial que de a poco va creciendo. Las llamas empiezan a chispear. Fuego, arte, van de la mano. Minúsculos chasquidos que se hacen sentir. Comienza a llover más fuerte. Flamas más y más grandes a medida que pasa el tiempo. Lenguas de fuego. Yo, sentado junto a él, apreciándolo, sintiéndolo, viviéndolo. A veces pienso que siempre estoy entre abrigos de fuego. Camino por un pasillo. El calor que sentía todavía sigue existiendo, aún no se fue. ¿Pero es posible que la existencia se vaya, desaparezca, deje de existir, es decir, sea inexistente? Tropiezo con algo. Por suerte no me caigo. Es más, siempre vivo cayendo, pero esta vez no, simplemente no me caí, apenas si tropecé. Miro atrás y nada. ¿Será producto de mi imaginación? Quizás todo sea eso, nada. Quizás no seamos nada ni haya nada. Negarlo del todo no puedo, siempre habrá lugar para la duda y para el no sé. Vuelvo a caminar. El pasillo parece interminable. Ahora no está lloviendo, parece que en un abrir y cerrar de ojos todo se aclaró. Esto es nuevo. Pasar de un torrencial a un clima primaveral. Salgo afuera. Todo claro, ni una nube. Como si alguien las hubiera soplado desde allá arriba y se hayan esfumado. Está todo muy verde, muy limpio. Nunca había estado antes en este lugar. Es todo muy placentero, muy pacífico.

   Aves revoloteando por ahí, cantando, haciéndose ver. Esto es raro. Me agito un poco, pero el lugar me calma. Es muy tranquilo. No veo a ninguna bestia, solo pajaritos e insectos deambulando por aquí y por allá. A lo lejos un árbol. Es grande, enorme, creo que nunca había visto uno igual. Me acerco. Al parecer es el único árbol a la redonda. Su copa es un tanto extraña. No tiene hojas, ni ramas, ni frutos, ni nada que se le parezca. Es como una nube, sí una nube gris. Está muy alto como para tocarla, quizás debería treparme. Sigo estando lejos, pero lo intento. Nunca había trepado tan alto. Ya estoy cerca. Mis brazos me piden basta, no estoy preparado para tanta altura. Al menos no tanta. Llego a la copa del árbol. Extiendo mi mano y logro tocarla. Tocar... Creo que no la estoy tocando. Cuando lo intento se me escurre entre los dedos. Estaba en lo cierto. Es algo muy nube. Saco mi mano. Ahora está húmeda, mojada. Me asusta. Hasta ahora actué como si no fuera gran cosa lo que está pasando, pero no es normal. Es como un sueño y a la vez no. Es muy real. Creo que no estoy soñando. De vuelta a la duda. No puedo estar completamente seguro de que esto no es un sueño. Quizás lo sea y no me dé cuenta. Quizás los animalitos como yo tampoco se dan cuenta y enfrentan su realidad como otro día y sin más. Mejor bajo. Estar acá arriba es raro. No porque haya subido un árbol, sino por la rareza de la copa. Ya estoy abajo.

   Tanto esfuerzo me cansó. Me acuesto sobre el tronco. Miro el paisaje, me relajo. De repente cae una gota. Miro el cielo y sigue despejado. No entiendo nada. Vuelve a caer una gota y otra y otra. Empieza a llover. Corro, busco un refugio. Ni en los árboles puedo ocultarme, porque no hay más. El único árbol a la redonda fue inútil, no me protegió. Ya no siento la lluvia, como dije, está despejado, ¿pero cómo es posible? Es confuso, ¿qué clase de mundo es este? Nunca creí lo extraño que era hasta ahora. El árbol. En el árbol está lloviendo. Truenos, relámpagos salen de la copa. Llueve, y mucho. Es lindo volver a la lluvia. Tanta paz me sofoca. La lluvia me cambia. Bueno, siento que vuelvo a ser yo. Estoy en mi lugar, en mi sitio.

   Mejor entro. Cierro la puerta. Sigo viendo el árbol a lo lejos. Creo que sigue lloviendo, al menos acá no. Qué raro. Todo esto es muy raro. Camino hacia atrás sin dejar de ver el imponente árbol. Distraídamente vuelvo a tropezar. Esta vez sí me caigo. Ahora me duele todo. Todo me da vueltas. Trato de pararme. Estoy un poco mareado. Levanto la mirada para volver a ver el majestuoso árbol, pero ya no está. ¿Y el árbol? ¿A dónde se fue? Volvió a llover. Volvió aquel torrencial. Volvió a estar gris. Por un lado me alegro, necesitaba este aire. Pero qué extraño. No me lo dejo de afirmar. No sé cuántas veces me lo habré dicho. Todo está siendo muy extraño. Y ese lugar en el pasillo. ¿Por qué me caigo? No hay nada, no veo nada. Pero, ¿por qué tiene que haber algo para que me caiga? ¿Por qué tengo que verlo? Porque si no lo veo, no está. ¿Por qué confiar en los ojos? Lo que sí sé es que me caí y choqué con algo, me tropecé con algo. Ese algo me hizo tropezar. No entiendo nada. La lluvia incrementa. Parece como si hubiera un diluvio allá afuera. Vuelvo a mi lugar junto al fuego. Las ramitas de los árboles alrededor de la casa toquetean el vidrio. Lo hacen vibrar. Todo está vibrando. Se siente un viento penetrante en todas partes. Por suerte las ventanas están cerradas. Yo lo estaba, ahora no. Me siento más abierto. Ese árbol tenía algo especial. No sé si fue una visión o lo que sea que haya sido, ahora ya no está. Ese mundo desapareció, volví a mi cotidianidad, a mi realidad, a la realidad. Ese mundo allá fuera, donde los pájaros cantan, los insectos pasean y los árboles no existen en plural, es cosa divina. No sé cómo decirlo si no es así. Ahora hasta me cuestiono si aquello en verdad pasó. Quizás todo fue una mentira, algo que nunca ocurrió. Quizás siempre estuve acá frente al fuego y solo me quedé dormido. No sé si algún día lo sabré. Lo que sí sé es que me muero por salir y reencontrarme con el árbol, volverlo a trepar, volver a sentir la nube... Ah, ahora que recuerdo, ¡mi mano sigue mojada! Mis zapatillas tienen algo de barro también. Esto en verdad pasó.

   Por un momento creí que me estaba volviendo loco, aunque algo de loco creo estar. El piso quedó todo sucio, pobre el que lo tenga que limpiar. Yo no voy a ser, ni loco. Me sale una risa. De vez en cuando es bueno reír, dicen que revitaliza el alma... Y de repente, desde la pared a mi izquierda, un árbol colapsa y convierte en caos mi pequeño mundo inmortal. Se resquebraja el techo. La lluvia comienza a inundar la sala. Ahora mi techo es gris. Un humo espeso se manifiesta en el aire. No parece tóxico, solo que no me deja ver. Y ahí fue cuando dejé la tierra y nunca volví a pisar el suelo con los pies otra vez. Estoy flotando. Es desesperante, creo que voy a vomitar. No puedo volver. Algo me impulsa hacia arriba. No veo. Entre la lluvia y el humo es imposible. Ahora entiendo, el humo son nubes. ¿Qué clase de pesadilla es esta? ¡Bájenme ahora! Grito, vuelvo a gritar. Nada. Cada vez estoy más alto. Puedo ver a todo el barrio desde acá. Lluvia, viento, ramas, hojas, todo. El sonido ensordecedor del viento pegando en mis oídos. Ya no escucho ni mi propia voz. Creo que ha llegado mi hora. ¿Será que Dios ha hecho que vea todas estas cosas para mentalizarme para este momento? ¿Qué me habrá querido decir? ¿Lo sabré algún día? ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? No quiero morir. Todavía tengo mucho que vivir.

   Veo una luz. La famosa luz que se dice que ven los que están a punto de dar el salto hacia el otro lado. Allá debe estar ese otro lado. La luz cada vez es más y más grande. Bien blanquecina. ¿Quién habría dicho que este iba a ser mi final? Ojalá estuviera con el árbol ahora. Tengo una especie de cariño hacia él. No sé qué le vi, pero quiero estar a su lado. Sentir su presencia, su manera de darme protección. Cada vez estoy más cerca de la luz. Me enceguece. Me da miedo llegar, pero es inútil escapar. Llegué.

   Escucho unos pájaros cantar. Parecen los cantos que hacían los del mundo del árbol. Debo estar en el paraíso. Abro los ojos. ¡Por Dios! ¡Es el árbol! No lo puedo creer. Nunca creí tener tanto afecto hacia alguien o hacia algo. Ahí está, volviste. No me puedo mover, ahora entiendo, este era mi destino. Desde acá arriba lo puedo ver bien. La nube sigue estando ahí, en la copa. Pero ahora está bien blanca. Parece de algodón. Ojalá pudiese volver a treparlo, pero parece imposible. Por lo menos estoy a su lado. Es un sueño, tiene que serlo. Es muy bello para ser cierto. Soy uno como él. Firme de raíz, alto y robusto como él. Parecemos familia, padre e hijo. Le agradezco a Dios haberme destinado esto, o a quienquiera que haya sido. Espero nunca termine y esté acá por siempre. Yo junto al árbol. Yo como un árbol.

7.8.15

Agonizo

   Me siento vacío, perdido, olvidado. Alejado de su bienestar, de su ser quién es. Arrastrado hacia un no sé dónde. Esclavizado por un no sé qué. Escucho un zumbido, algo que hace eco. No estoy seguro de donde viene, quizás es de adentro mío.

   Es extraño, no lo familiarizo. Su presencia ha irrumpido algo a lo que yo ya estaba acostumbrado. Me empiezan a doler los oídos. El sonido retumba en mi cabeza y no sé qué hacer. Miro bajo mi sábana. No hay nada. Siempre ha habido nada. Solo ese molesto y agonizante zumbido.

   Me siento hundido, prófugo en aguas muy profundas. Atormentado bajo una humareda penetrante, sofocante.

   Quizás no sea yo, quizás sea algo de allá afuera. Pero si estoy bajo el agua, me estoy asfixiando. Humos, niebla, sueños. Quizás esto sea un sueño. Quizás esté soñando y todo lo que necesito es despertar. ¿Pero para qué? Antes estaba bien, o al menos eso creía. ¿Antes de qué? Del sonido claro. Ah sí, el sonido, el zumbido. Todavía lo oigo. Por un momento lo había olvidado. Ahora es más fuerte. Más perturbador. Más intoxicante... Creo que tengo una plaga acá adentro. Háganme un favor y llamen al exterminador, les estaría sumamente agradecido.

5.8.15

Dulce ocaso

   Caramelo y miel, dulces melodías para cualquier paladar. Todo fue muy distinto el día en que ellas y muchas más se toparon en mi camino, fue una realidad soñada por los más atrevidos.

   Unas rosas cubiertas de chocolate. Unos pétalos que caen sobre un arroyo y en su fluir, tal como si fueran barquitos, se dejan llevar por la corriente.

   Un rostro de hojaldre y membrillo. Unos ojos, espejos de un paraíso de azúcar. Montañas de helado. Una transformación sin igual. Azúcar cayendo del cielo. Pequeños dulcesitos en todas partes. Se siente, se disfruta. Una sensación de alegría y paz. Una satisfacción sin precedentes. Todo es armonía. Todo es de color de rosa...

   Creí escuchar un quiebre. Una rama romperse y hacerse pedazos contra el suelo que de violeta se pintó. El Sol se torna sofocante, algo pasa. El pasto está cambiando de color, ahora es anaranjado. ¿Qué está pasando? Otra vez esa espeluznante escena de terror. Otra vez llego y todo se vuelve gris. Otra vez un pie en otro lado que se vuelve penoso, abrumador. Otra vez y otra vez. Sólo quisiera volver a sentir ese dulce sabor entre mis papilas. Quisiera poder sentir que todo está bien. ¿Pero cómo asegurarse de que todo está mal? Quizás soy yo. Quizás todo esto es una obra de la naturaleza. Algo que sucede porque sucede. Algo que yo no controlo y pasa porque pasa.

   El ambiente ahora es más frío, pero a su vez más caluroso. Huyo porque no sé hacer otra cosa. Mi mundo de caramelo y sonrisas se fue, se esfumó. Las casitas de turrón que antes veía por ahí, ahora se derriten. Las rosas que una vez fueron de un chocolate que tentaría al Diablo, ahora se están muriendo, el calor las está matando. El oxígeno disminuye, o al menos eso me hace sentir. No respiro. Me pierdo. El arroyo es el único lugar donde intentar recobrar fuerzas, pero parece inútil. Ya estoy preso. Creo que siempre estuve preso y recién ahora me doy cuenta. Creo que me estoy muriendo. Solo y desolado como siempre. En un lugar en el que parece haber habido vida, felicidad, pero como siempre tuve que llegar yo. Los pétalos me tuvieron que llevar hasta acá, a morir... ¿Y si ya estaba muerto? Quizás Dios me engañó. ¿Dios? ¿De dónde salió Dios? Te pido perdón aunque no sé si me podés escuchar. Probablemente esté delirando, no sé qué hago, qué digo, qué siento. Lo que si sé ahora es que estuve muerto y ahora lo veo. Tuve que verlo para darme cuenta, pero ni yo puedo confiar en mis propios ojos. Estuve ciego o quizás todavía lo sigo estando. Cómo saberlo. Creo que es mejor decir adiós, olvidarme de todo, especialmente de mí. Oscurecer sin que el alma llore, porque después de todo es lo único que me queda. Ojalá me perdones, alma mía, solo te pido eso. Oscureció.