Cantando,
cantando cual arroyo en el silencio. Mi rostro palidece y mis mejillas se
sonrojan al escuchar el canto de los pájaros al despertar.
Corro por las
praderas esperando un no sé qué, desesperado por un no sé cuándo, cautivado por
el amanecer que lentamente empieza a entonar sus primeras melodías. Es lindo
ponerse a cantar entre robles y abetos, entre girasoles y margaritas, entre
cartones y carritos.
El día está demasiado gris. La suave llovizna repiquetea por donde se mire y se termina olvidando. Camino por las veredas de la ciudad con mi fiel compañero, carrito. Vivo prendiendo cigarrillos cuando no sé qué hacer, hasta dar con algo que me llame la atención (casi todo lo que anda por las calles de la ciudad me llama la atención). Es increíble la cantidad de cosas que la gente tira para afuera. Me alegra estar ahí para juntarlas y darles algún sentido.
En las noches de soledad me entretengo con mi botella en mano y unos papeles en la otra inventando canciones y algún que otro relato que llame a la puerta. Muchos me gritan loco, borracho, que soy una vergüenza. Será porque me paso las horas cantando por las calles de la ciudad como un desquiciado. Son momentos en el que me siento un poco más que feliz y no me importa el qué dirán o si mañana me terminarán olvidando.
Los días pasan y los insultos aumentan. Es interesante despertarse cada mañana en un lugar diferente, ver otros horizontes y esperar a ver qué pasa. Me intriga el todo, las eternas vistas que se esconden entre tanto cemento pintado, las sombras que se proyectan sin encontrarse, las luces y cortinas entreabiertas de los departamentos solitarios, todo. Lo único que no cambiaría de lugar es el misterioso resplandor del amanecer al chocar contra mi rostro encantado.
Es tiempo de volver al trabajo, de volver a la rutina. Siempre con carrito a mi lado y un cigarrillo entre mis labios, esperanzado por algún día arreglarle esa rueda de lado o cambiar esos ejes oxidados.
Todo el tiempo me cruzo gente por las calles. Desde trajes vistiendo personas hasta payasos y monociclistas sin un rumbo aparente. Me gusta divertirme en la ciudad. A veces imaginando que todo es un circo poblado de marionetas grises y despistadas de lo que pasa, u otras subiéndome encima de carrito haciendo que somos astronautas en busca de aventuras espaciales. Otras veces acampamos en medio de la noche por distintas plazas que visitamos alguna vez. Es lindo pasar momentos así con amigos. Carrito es lo más cercano que tengo a un amigo, por eso disfruto mucho el caminar juntos por esto tan complejo y a la vez tan simple que llamamos vida. “Los pequeños detalles…” suelo decirle, “Los pequeños detalles hacen a la vida”.
Loco, loco. Gritos y más
gritos por las calles de la ciudad. Me dejo llevar cuando menos me lo espero,
ni si quiera lo pienso, es solo dejarse llevar, hacer lo que el resto parece
tenerle miedo, parece tratarlo de extraño.
Una vez entramos a una cafetería. La gente
nos miraba confundida y con algo que rozaba al deprecio. La cuestión también
pasaría por cómo yo los veo a ellos, qué pasa dentro de mi cabeza cuando los
miro; pero creo que no es necesario decirlo, supongo que entenderás que no tendría que existir esto
tan nefasto que es la diferencia. Yo
solo me contento con cantar en lugares públicos, en llevar mi voz a los rincones
más oscuros del resto, a hacer que sus oídos sintonicen una radio distinta de
la que están acostumbrados. Pero como les venía diciendo -creo que me fui por
las ramas-, la cafetería.
Entramos empapados por la lluvia que
había arrasado minutos antes, y así nos sentamos en las primeras dos sillas que
encontramos vacías. La gente seguía observándonos como
si estuvieran viendo una película y esperaran a que algo pase. En ese momento,
curiosamente quería hacer reír a alguien, y qué mejor que hacerlo en aquella cafetería
y con el tiempo como estaba. Me levanté, di unos pasos, resbalé y mi mundo cayó
de espaldas, pero no fue un así nomás como te lo cuento, fue una caída casi
como en cámara lenta. Imaginate que todos estallaron de la risa. Me sentía tan bien ahí abajo. No quería levantarme y
simular que no había pasado nada, quería disfrutarlo, quería disfrutar eso tan
lindo que es hacer reír a alguien. Me acuerdo que sonreía y por dentro decía: “Soy un loco que pasea sin rumbo regalando sonrisas por donde me
pierda”. Poco después, un muchacho amablemente
se acercó a levantarme y me ofreció a dar una vuelta por un bar que acostumbraba
visitar. “Érebo” se llamaba el lugar, aunque lo raro era que nunca había escuchado
hablar de él. Le agradecí y con gusto devolví el abrazo que había sacado de la
manga. Otra sensación que hace tiempo no sentía. El abrazo. Afectuoso y con
amor, no estaba
ese desprecio, ese mirar para otro lado. Quedé paralizado y en ridículo en
medio de la cafetería, pero a veces mi vida se trataba de eso, de quedarme en
ridículo, de disfrutar, de vivir.
Al rato salió del lugar
entre las gotas que no paraban de caer. Yo en cambio esperé a que la lluvia
bajara un poco y me encaminé hacia aquél bar. No quedaba muy lejos, unas
cuantas cuadras y vueltas por ahí y ya estaba en el “Érebo”. Adentro había mucho
movimiento. Un de acá para allá constante que parecía no parar nunca. Antorchas,
gente, pinturas abstractas y un color crema acompañando las paredes que se adornaban
solas. No había más luz que la que emitían las
tenues antorchas de madera. Y yo ahí, inmovilizado junto a carrito al pie de la
entrada de piedra, esperando algo que me haga
despertar de ese pequeño mundo que se ocultaba del sol. Ahí fue cuando volvió a
aparecer aquél muchacho.
—Sabía que ibas a venir —dijo torpemente cuando me ayudaba a sacar el abrigo.
—Sabía que ibas a venir —dijo torpemente cuando me ayudaba a sacar el abrigo.
Nos llevó entre la
gente, las charlas, la humareda y las copas casi vacías a un lugar que nunca había imaginado ni en
sueños. Jamás creí que algo tan bello y perfecto
existiera en este mundo de cigarros y alcohol. Es casi como si supiera qué es
lo que iba a hacer, lo que siempre había querido hacer, el sueño que siempre
quise alcanzar, la vida que siempre quise tener. Dejé a carrito con el resto
del público, saqué unos papeles del bolsillo de mi pantalón, tomé el micrófono, levanté la cabeza y dejé que las sensaciones
abrazaran el momento. Ahí estaba él, quien toda su vida había escuchado canción
tras canción, rima tras rima, llanto tras llanto. Él, quien nunca se apartó de
mí, quien siempre estuvo ahí dejándose llevar. Lo miré, me miró, nos
miramos, fue una conexión que pocos entenderían. Las
lágrimas. Nos dejamos llevar por el momento. Era solo dejar que la vida fluya, que la vida sea.
Nunca
me voy a olvidar de aquél momento, de aquellas sensaciones que erizaron mi piel
y cantaban en zigzag lo que nunca dejé de ser. Fue el día en que mi vida de
repente cambió de color, pero que nunca paró de sonreír. Aun hoy, alguien que
busca la felicidad del resto para encontrarse con la que se venía vistiendo, tiene
tiempo para hacer lo que siempre le gustó hacer: levantar cosas que llamen su
atención. Todavía sigo sufriendo los gestos de los demás, pero no me importa
porque también sigo siendo feliz, sigo cantando y siendo feliz. Contento con
todo lo que me pasa y con lo que todavía no pasó. Ojalá nunca deje de decirlo,
pero agradezco a Dios por ser lo que soy y dejarme atrapar por los pequeños detalles que regala la vida.
Melodías. Melodías que adornan mi vida en cada momento. Cada una
tiene lo suyo. Desde muy amarillas o muy rojas, hasta demasiado violetas o totalmente
verdes. Es el color acariciándome la vista, el
perfume envolviéndome, dejándome ser; el canto que me motiva a seguir con un carrito,
con carrito a mi lado.