14.12.16

Mi querida Inés

            Cada mañana el sol se levantaba hasta que la luna aparecía y vestía de un tenue blanco las calles de aquella ciudad. Cuántas cosas uno puede pensar cuando está solo y caminando por la orilla de un río, fumando un buen cigarrillo y acariciando el horizonte. De vez en cuando miraba el piso y me entretenía pateando piedritas que encontraba por el camino. Me preguntaba tantas cosas, me dejaba embelesar y ahogar en la inopia; soltando mis ojos, dejándolos mirar hacia donde ellos querían mirar y no viceversa.
            La calma del agua y las luces que se prendían o apagaban a lo lejos, parpadeando, siguiendo un ritmo, un bailoteo. Un frenesí de colores salpicaron el lienzo de blanco mate. Lo acompañaba una botella de buen vino y un aroma a asado que lo fueron acercando al centro de la ciudad. Mientras tanto, las estrellas lo seguían a cada paso que daba. Con su camisa blanca, pantalón de vestir y unos zapatos de buen gusto deambuló aquella noche sobre una gran peatonal.
            A medida que su cuerpo se acercaba, las luces de los locales a su izquierda y derecha lo deslumbraban, le molestaban la cara, la vista, el estar. Tapándose el rostro con las manos iba caminando entre la gente enloquecida que llevaba bolsas y regalos a montones. Esas manos sobre su cara le disminuían la visión considerablemente, todo lo veía a medias. Los cinco dedos de cada mano y ojos entreabiertos hacían parecer que el Sr. Lagoon estaba espiando por una persiana en el primer piso de su casa. Le hizo acordar algunas anécdotas de su pasado.
            Hacía ya tres años que su mujer había fallecido por una enfermedad mortal. Hacía ya tres años de soledad y búsqueda de algo para hacer. La muerte de Inés lo había trasladado, cambiado. Su personalidad se fue forjando lenta pero trascendentalmente. Dejó de jugar en el parque con sus nietos para llegar primero a una cafetería en el centro de la ciudad cada sábado y domingo. Se volvió compulsivo en algunos aspectos, extraño quizás. Sus amistades lo fueron rechazando a la par de que su forma de ser iba cambiando. Volviendo un poco, solo un poco nomás, el Sr. Lagoon comenzó a espiar desde el primer piso de su casa la vida de otros y a escribir lo que ocurría en un anotador que su fallecida mujer le había regalado meses antes de su desafortunada muerte. Otras tantas veces compraba grandes bastidores y atriles donde pintar escenas de su barrio, todo desde la altura del primer piso, aquel piso misterioso y que el Sr. Lagoon bautizó como «El cuarto de lo mágico», o como él solía llamarlo «The magic room», pues había vivido una gran parte de su vida en el Reino Unido, su tierra natal.
            Poco después, entre la muchedumbre un señor de sombrero peculiar chocó contra el Sr. Lagoon. Entre la desesperación y locura que había, un choque no era para nada extraño.
            —Disculpe, señor —Sacándose el sombrero.
            Su rostro era pálido, realmente pálido. No sé si era por la luz que golpeaba desde todas partes o vaya a saber por qué. Mientras se disculpaba, una de las manos subió hasta su frente con un pañuelo para secarse la transpiración. Era un señor no muy alto y de caderas anchas. Lo más extraño fue la forma en que cambió la vida del Sr. Lagoon en cuestión de minutos.
            —No se preocupe —dijo el Sr. Lagoon—, estas cosas suelen pasar.
            Con una sonrisa y todo el tiempo que quisiera gastar comenzaron a charlar. Deambulaban de un lado al otro hasta salir de esa masa de gente abominable. Resulta que el nombre del señor era Horacio, un caballero muy simpático.
            —Hace mucho que no conocía a alguien así —Pensó.
            Su cara me parece familiar, no sé bien por qué. Sus gestos, su forma tan particular de caminar y enmarcar las «erres». Yo te vi en alguna parte antes...
            El Sr. Lagoon y Horacio comenzaron a caminar junto al río que bordea la ciudad. El primero sacando su último cigarrillo del paquete que llevaba y el segundo dejando tontamente huellas en el barro con sus piernas un tanto abiertas (una mala costumbre de chico tal vez) y la vista entornada.
            Me cayó bien desde el primer minuto. Su rostro achinado, elegante atuendo y voz calmada hicieron que rápidamente entrara en confianza. Me hacés acordar a alguien, pero no sé, siempre es un no sé.
            Horacio contaba su historia de vida con exquisito detalle mientras el Sr. Lagoon prendía su Philip Morris con gran atención. En cierto momento le preguntó si gustaba de acompañarlo a tomar algo a unas pocas cuadras de donde estaban. Amistosamente el relator aceptó con un extraño gesto que su ojo derecho automáticamente cantó a viva voz.
            Te conozco, te conozco. Ahora lo veo. TE CONOZCO.
            Se sentaron junto a la ventana en un bar al estilo contemporáneo. Gente caminaba y casi trotaba entre las mesas y las sillas.
            —Un poco de ruido, ¿no te parece? —dijo Horacio, incómodo.
            —Es así solo en esta época. Las fiestas enloquecen a la gente. No se juntan nunca y creen que con verse una vez al año arreglan el asunto.
            —Caso cerrado —Soltando una risa falsa.
            El Sr. Lagoon se empezó a dar cuenta de muchas cosas con solo mirarlo. Ya no lo veía tan simpático, ya no era tan-tan. En su afán por encontrar otro paquete de cigarrillos entre los tantos bolsillos que llevaba su pantalón, otra cosa fue lo que sus dedos rozaron y sorprendieron al instante.
            Entre el ruido y la noche de Buenos Aires uno de los meseros se acercó.
            —Buenas noches, señores. ¿Qué les traigo?
            Y el Sr. Lagoon adelantándose dijo:
            —Algo de whiskey para él y para mí, por favor.
            —¡Por supuesto! A ver... Dos whiskeys para la mesa 5. Anotado.
            Aviesamente el Sr. Lagoon miraba al mesero que se alejaba hasta la barra y después a Horacio, que lo miraba fijamente a los ojos, casi desafiándolo. Con las manos apoyadas en la mesa añadió:
            —Me estabas contando de tu vida, Horacio. ¿Alguna mujer, quizás?
            Algo tenso Horacio respondió:
            —Sí... —Acalorado— Justamente hace unos años estaba saliendo con una mujer, pero pasó algo nefasto... —Largándose a llorar.
            Horacio esperaba lo peor. El Sr. Lagoon lo miraba con suma concentración.
            —Fue hace... dos o tres años. Éramos tan felices —Mirando por la ventana—. Fue trágico, horrible. ¡Casi muero, Sr. Lagoon! Y mi mujer... —Las lágrimas se derramaban de sus ojos, bajando por sus mejillas y perdiéndose en su cuello—. ¡Sentía cómo mi corazón se escapaba de mi pecho!
            —¿Qué pasó, Horacio? —Calmado y serio, con los ojos posados en su cara y una voz que lo envolvía.
            —Habíamos paseado toda la noche por la ciudad. Riéndonos, bailando por las calles algo borrachos. Era tan hermoso —Se le escapó una sonrisa— hasta que, que... —Volvió a llorar.
            —¿Qué, Horacio, qué? Contame, hombre, sacátelo de encima. Confesá —Con sus ojos abiertos de par en par, el Sr. Lagoon le hablaba mientras los whiskeys llegaban a la mesa disimuladamente.
            Mirando el vaso, tieso y con la cara hecha un desastre, Horacio volvió a hablar sin mirarlo. Nunca volvería a ver esos ojos.
            —No sé... ¡No sé, por Dios! —Algunos de los presentes miraron sobresaltados a la mesa por un momento. Temblaba. Tomándose la cabeza con las manos tratando de no recordar, el Sr. Lagoon obligó a Horacio a que siguiera—. Nos mirábamos perdidamente, ¡la amaba! pero... tuve que hacerlo, o más bien alguien en mi cabeza me obligó a hacerlo, Sr. Lagoon —Con la voz ahogada—. En un momento todo se acaloró, ella me contó algo que no pude controlar. Estaba casada hace años y yo no tenía idea. ¿Tan tonto pude ser? —Con los ojos llorosos—. Hace años que no tenía esos ataques, esas voces que me hablaban por un oído y por el otro. Decían que me aconsejaban, pero no sé si era tan así. ¡No quería hacerlo, señor, no! —Levantándose de su asiento, apoyando su cuerpo sobre la mesa y tomando del cuello de la camisa al Sr. Lagoon que seguía con sus ojos paralizados en los de Horacio, ahora sin parpadear.
            La mano derecha del británico se acercó delicadamente hasta el bolsillo donde había tocado aquel instrumento extraño minutos atrás. Cuando lo alcanzó, Horacio soltó su cuello levantándose totalmente y acercándose a la salida del bar. Antes de salir, el Sr. Lagoon tomó su vaso rápidamente y dejó un par de billetes en la mesa. Fue tras él.
            Sin previo aviso, una llovizna molesta de verano comenzó a caer sobre la ciudad mientras se desataba una persecución. Horacio gritaba descontrolado, riéndose frenéticamente y balbuceando palabras al azar.
            —¡La maté, Sr. Lagoon! —Con esa voz chillona— Estos hermosos retoños hicieron un gran trabajo —Enarbolando sus brazos al viento.
            El Sr. Lagoon, sediento de venganza, sacó su revolver del bolsillo. Entre las pequeñas gotas que golpeaban su rostro, imágenes y recuerdos de su querida mujer entraron en escena.
            —¡Mi querida Inés! —gritando de dolor.
            Un Webley Mk IV entró en acción. Uno, dos disparos. Eran dos locos corriendo por la capital. Cruzando calles, esquivando autos durante esa noche donde las luces de los locales a lo lejos parpadeaban marcando un ritmo, sincronizadas mientras se oían los gritos de Horacio, el dolor y la lluvia intensa que inundaba Buenos Aires.

15.8.16

Los fueguitos

            Entré algo apurado al local de comida rápida con miedo de estar llegando demasiado tarde a mi cita. Pispeo por todas partes atemorizado, buscando su figura erguida pero poco destacable. Bajo unas escaleras. A lo lejos me pareció verla, allá sobre el mostrador, esperando quién sabe qué, si un cuarto de libra y unas papas chicas o un café y un par de medialunas sobre un plato descartable. Acercándome lentamente y con miedo a equivocarme si realmente es ella, su cabeza giró inesperadamente hacia un lado. No era ella. Mientras tanto las miradas del resto disimuladamente se posaban sobre mí, cuestionando con el solo juicio de sus ojos el porqué de mi extraña visita.
            Luego de casi quedar mal parado frente a la mujer del mostrador (qué parecida era, con su largo pelo rubio y esa campera oscura y abrigada que siempre usa en esta época del año), decidí sentarme solo por un rato, ordenarme en el tiempo, tranquilizarme un poco. Me acomodé en una silla que más bien parecía un sillón, sacando mi celular allí envuelto en ese aroma a comida frita y algo más. Me acordé que seguramente faltaría poco para que los fueguitos de Snapchat se fueran, así que decidí sacar alguna foto y no perderlos. Miré a mi alrededor con curiosidad. No había demasiada gente, pero sí un constante movimiento en el mostrador. La chica ya se había ido, o por lo menos no le volví a prestar atención durante el tiempo que permanecí dentro del local. Poco después, siempre con mi celular en mano y la cámara lista para disparar, un diario posado sobre la mesa a mi derecha me encontró. Allí tendido me miraba y susurraba algo al oído. Rápidamente comprendí que era una gran oportunidad para apuntar un blanco y disparar. La fecha del mismo correspondía al día de hoy, al parecer alguien más temprano lo hojeó y dejó olvidado sobre la mesa. Abrí una de las últimas hojas en busca de algo interesante, una imagen, algo llamativo. El sudoku y las diferentes sopas de letras estaban completas, no había nada que estuviera en blanco y por terminar. Poniéndome a leer las respuestas prolijamente escritas en los casilleros, tuve la idea de chusmear el encabezado de humor, la última página del diario. Tiras de Yo Matías, Diógenes y el Linyera y otros empezaron a mostrarme un lado diferente de la vida, sin ir más lejos, el arte de escribir y dibujar para transmitir un mensaje. Normalmente no soy de leer el diario y a mis seguidores les llamaría la atención ver algo así en mi historia, así que le saqué un par de fotos a las viñetas y las envié. Guardé el celular, los fueguitos estarían a salvo por el momento.
            Ya habían pasado quince minutos desde que traspasé la puerta del local. La idea de que me habían dejado plantado dulcemente empezó a dar vueltas en mi cabeza. Al ratito mi bolsillo vibró, me había llegado una notificación.

"Se me hizo tarde, ya estoy llegando."

            Recibí el mensaje un poco enojado. No seré la persona más puntual del mundo pero me molestó un poco que recién en ese momento me haya hablado (dado señales de vida). Pero bueno, no hay que preocuparse, a decir verdad qué bueno que se haya atrasado unos minutos, está copado tener un instante previo para uno mismo antes de encontrarse con alguien, te obliga de alguna forma a entretenerte antes de tiempo.
            Vuelvo a chusmear el diario. Sobre las tiras de historietas se halla un apartado con el título "Sabiduría de la ignorancia", un texto que me llamó la atención profundamente, un texto de tan solo un párrafo que agradecía enfáticamente a la ignorancia y ese deseo de querer dejar de ser un ignorante y poder darse el lujo de empezar de cero, porque empezando de cero se da lugar a infinitas posibilidades, a una multiplicidad de opciones y futuras conclusiones, porque la ignorancia puede ser hermosa si se la mira como un punto de partida; y me quedo con una frase del eterno Carl Sagan que se nombra en el texto: "Para hacer un pastel de manzana desde cero, hay que empezar creando el Universo.".

            Volvió a vibrar mi celular. Un mensaje suyo me llegó otra vez.

"No te encontré en donde quedamos, te espero en la esquina."

            Extrañadamente recorté el apartado del diario y me lo guardé con cuidado en la billetera. Mientras dejaba el resto sobre la mesa, me levanté, subí las escaleras y crucé la puerta del local. Afuera el cielo me recibió con pequeñas gotitas y la sirena de un camión. El frío sobre la cara me estremeció de pies a cabeza, se había chocado con mi rostro que inesperadamente salía a la calle. Con las manos en los bolsillos de mi pantalón caminé hacia la esquina a la espera de encontrarme con la misteriosa figura de la señorita. Cuando me quise dar cuenta los fueguitos por suerte seguían allí, intensamente iluminando la calle y quemando la vista, descontroladamente flameando por las ventanas y las puertas. Cuando me quise dar cuenta, los fueguitos de aquella esquina durarían veinticuatro horas más.

24.7.16

Un escape afortunado

            Me desperté habiendo soñado tu nombre. Era de madrugada y claramente mis movimientos eran lentos. Mis manos se movían como acariciando las sábanas que me envolvían, despacito, sin apuro, soñoliento y entreabriendo mis ojos muy de a poquito, sintiendo cómo me iba alejando de ese mundo de sueño y fantasía. Escuchaba cómo tu nombre se iba arrastrando junto a ese sueño, cómo se lo iba llevando, cómo se iba difuminando a cada segundo que pasaba allí acostado en mi cama.

¡Cómo te quiero! ¡Cómo me encantás! Qué locura escuchar esa voz tan tranquilizadora y que me transporta a un mundo de esperanza y vida, a ese mundo acuático lleno de peces extraños, criaturas de otro mundo, seres que dan miedo.
A eso de las cuatro la selva se torna profunda, densa, espesa, pesada. Cada tanto hacíamos paradas en algún que otro lado para tomar aire, pero apenas si nos sentábamos y ya estábamos saliendo de nuevo. (Tenía una corazonada, algo me resultaba familiar). Caminábamos en busca de algo, algo que en nuestra tierra no existía, pero que sería muy valioso si lo lleváramos a escondidas. Lentamente avanzábamos entre la maleza y los sonidos que emitían las aves, o de lo que parecían serlo, porque más bien eran lagartijas gigantes con alas y picos de tucán, animales de otro mundo.

Ya eran las siete y pico y los soles pegaban de una manera diferente. Dolía, quemaba, mi piel se enrojecía. Manuel daba espadazos entre lo que parecían ser arbustos y plantas exóticas con aromas desagradables. Ambos estudiamos juntos en una escuelita cerca de casa, siempre con el sueño de surcar los cielos, pasar por al lado de estrellas enceguecedoras y hacer expediciones interplanetarias; y acá estamos, algo ansiosos y con la incertidumbre de si nos quedaremos por siempre en estas tierras, perdidos y con miedo de no poder escapar.

Vuelvo a escuchar tu voz allá a lo lejos; me seduce, me atrapa, me llama por mi nombre.

Seguimos de largo por la inmensidad de la selva, de ese mundo primitivo y de fauna salvaje. Nuestros corazones palpitaban a un ritmo agitado, era un signo de que nos estábamos acercando al talismán sagrado. Rojo, violeta, amarillo, era del color que te imagines. Lo había visto en sueños tantas veces que no me parecía espectacular estar en su búsqueda. El talismán sagrado, un objeto de sumo valor y un incalculable poder.

(Me atravesaba, su luz se reflejaba en mis ojos de terciopelo azulado; dejándome llevar por su voz, siempre por su voz).

Manuel quiso ir más rápido, también sentía que el talismán estaba cerca. (Arañaba la tierra, se enroscaba con sus piernas al suelo). Cómo olvidarme si siempre estuviste ahí, perdido y desconsolado, obsesionado por ese objeto oscuro, de un negro opaco, infinitamente bello y destructor de todo. 
Mi corazón se detuvo de repente y todo a su alrededor también lo hizo, menos mis ojos que iban de acá para allá extrañados, confundidos por lo que pasaba. Allí con la espada desgarrando la maleza y un talismán a pocos metros. Pero había algo que Manuel no sabía, el talismán estaba vivo. No era un tesoro inanimado como cualquiera, era algo de otro mundo, de otro sueño, porque cualquier mundo distinto al nuestro puede ser una fantasía, algo totalmente diferente a la realidad como la conocemos. 

Y la luz de los soles a medianoche despertó el brillo deslumbrante del talismán, ahí entre la maleza, ahí acostado sobre su cama de tela y algodón; mientras oía como decía mi nombre a lo lejos, gritándome o susurrándome por la distancia que confundía. Me estaba yendo, y en sus últimos intentos por decir mi nombre me transporté de nuevo a mi cama, con los ojos cansados y la vista borrosa, con el corazón latente, los labios secos y una voz que se apagaba y debilitaba a cada segundo que pasaba. Yo, escuchando mi nombre a lo lejos, yo como un tesoro inalcanzable y de gran valor, yo sosteniendo sobre mis manos el talismán sagrado, porque escapé casi sin sentirlo, porque sin querer tu voz lo hizo posible, porque fue sin siquiera percibirlo un escape afortunado.

12.6.16

Falso invierno

Una llovizna se empezó a sentir sobre la Ciudad de Buenos Aires. Las nubes negras, el aire fresco, las gotitas deslizándose en la ventana. Cuántas veces había sentido la oscuridad sobre sus calles, esquinas y pasillos nocturnos, brisas y cambios de una forma monótona; pero esta vez sería un poco diferente a las demás, porque sintió cómo la iba invadiendo por completo hasta dejarse caer, hasta percibir el desprendimiento continuo de su alma con su cuerpo, hasta entrecruzarse y volver a ser la que siempre fue.
         Susana estaba arriba de un colectivo algo distraída. Le gustaba ver los árboles por fuera hasta imaginarse a su silueta acariciándolos, llevando cada hoja de las copas a sus manos, sosteniéndolas delicadamente hasta que la despertaban los frenos del colectivo. El viaje era largo y pronto se terminaría cansando de fantasear.
          Se dirigía al centro de San Isidro, en donde dos amigas la estarían esperando para tomar algo en un café de la Avenida Centenario.
Cuánto hace que estuvo esperando este momento. Meses sin verse dan como resultado un inmenso extrañamiento. Han habido numerosas ocasiones en las que soñó el abrazo con el que las recibiría, la alegría y tristeza simultáneas que surgirían, la lágrima que pediría, las dos facturas con crema pastelera, el buenas noches que desearía al que las atendiera, todo, cada ínfimo detalle que luego volvería a recordar durante el resto de la semana.
Poco después la parada. Bajó. Cantaba hipnotizada por la aventura, por las aventuras fantásticas y ficcionales que tenía con sus dos amigas. Al dar unos pasos se encontró con Mariana. Lo peculiar fue que alguien faltaba, la otra señorita faltaba, Martina. Al principio no se preocuparon tanto, parecía un juego de quién llegaría más tarde a la cita, y claramente, ella sería la ganadora. Pero poco a poco se empezó a sentir una profunda pesadez en el ambiente. Las flores se marchitaban, el mundo al que se había acostumbrado se apagaba y Martina seguía sin llegar. ¿En dónde estaría metida? ¿Qué le habrá pasado? ¿Por qué no llegó todavía? Quizás se perdió, se equivocó de camino, se dispersó del plano. No fue hasta que Mariana sacó el teléfono y marcó su número. Sonaba y sonaba, pero nadie atendía. Pensamos por un momento que pudo haberse olvidado el celular en alguna parte, pero ambas sabíamos que el asunto era mucho más complejo de lo que nos hubiéramos imaginado hasta entonces.
Qué pasaba, dónde estaba. Un silencio horrible se sumergió entre las dos. Los minutos, las horas pasaban. Se encaminaron rumbo a casa de Martina. Subieron a un colectivo, bajaron de otro. A medida que se acercaban sentían cómo sus corazones se paralizaban o golpeaban ferozmente contra sus pechos. Paso a paso, centímetro a centímetro.
El viento chocaba contra los árboles haciéndolos temblar. Sus copas llenas de colores se movían de un lado a otro como largas cabelleras. El cielo seguía oscuro, pero la lluvia había cesado. Mariana caminaba con sus pies pegados al suelo, pateando las hojas secas que se interponían delante suyo. (Cada vez caminaban más rápido. Llegaron a trotar o dar saltitos de a ratos —dependía del latir de sus corazones— hasta llegar).
Una casa de un rojo intenso deslumbró la mirada de las amigas. Se abrieron paso a la puerta de entrada, atravesando el jardín del frente, esquivando charquitos, montañas de hojas y alguna que otra maceta perdida por ahí. Mariana fue la primera que llegó al pie de la puerta. Cuando tocó el timbre, Susana sintió una mezcla entre miedo y ansiedad. Nadie contestaba. Se miraron atontadas la una con la otra como entendiendo que aún faltaba lo peor.

Sin saber bien por qué —quizá por instinto o presentimiento—, giré la perilla de la puerta. Por cada milímetro que mi muñeca giraba y se deslizaba por aquella perilla, sentía que la eternidad se desprendía del tiempo. Tuve la sensación de que se ralentizaba, los sonidos se desenmascaraban y escuchaban más fuerte. A medida que la perilla giraba, ese sentimiento de miedo se mezclaba y remezclaba entre mi espíritu y mi cuerpo. (La temperatura aumentaba, gotitas de sudor caían de mi frente); hasta que el "click" de la perilla abriendo la puerta me despertó. La dejamos entreabierta para que lo que pasara no nos aparezca de golpe. Hasta que de un portazo Mariana la abrió.

Y ahí estaba, inmóvil, sentada sobre un sillón con un gato de apariencia siniestra en su regazo, perdida con la mirada hacia la nada y boca semiabierta. De fondo se escuchaba un piano con largas blancas y pocas negras, y más tarde un estruendoso trueno que sobresaltó a las amigas.

Nos acercamos con cautela hacia la figura de Martina, mientras el felino comenzaba a proclamar sonidos de sumo rechazo y unos suaves y lentos violines a emanar sus primeras notas.

—Martina... ¡Martina! —dijo Susana.

Nada. Estaba como en un estado de trance. Mariana le sujetó los hombros suavemente (a Susana se le vino la imagen de los árboles). La mujer no reaccionaba.

Nos empezamos a desesperar aún más. El piano, los violines y ahora unos trombones tocaban más fuerte. Me di cuenta que Mariana también estaba transpirando, se la notaba tensa al igual que yo.

Acordes sin sentido empezaron a inundar la habitación, cada vez el tiempo avanzaba más rápido.

Mis manos temblaban, mi corazón intentaba escaparse de mi pecho.

La puerta de entrada se abrió descontroladamente a la par de la lluvia que se volvía a escuchar. Relámpagos, viento, un espectáculo que bailaba al compás del estrepitoso piano, de los agudos violines, los penetrantes trombones y de un viejo oboe que surgía de lo más profundo del cuarto.

Comencé a gritar muy fuerte. La voz se me desprendía y mis pies no me dejaban avanzar por una fuerza extraña que me empujaba hacia atrás. Intenté alcanzar a las chicas que dejaban flamear sus enaltecidas cabelleras, tambaleando, danzando por el aire mientras luchaba contra todo. Cada vez con más fuerza y dificultad intentaba avanzar, hasta que a pocos centímetros de sujetar la manga derecha de la campera de Martina, un salvaje movimiento de batuta partió en dos la habitación, ennegreciéndola, coloreándola, transformando cada uno de sus rincones en algo diferente, en un lugar distinto; hasta que la alfombra se hizo vereda, las paredes colectivos viajando por la ruta, el sillón raíces y la doble M en dispersos faroles.
Me daba curiosidad ver lo que hacía aquella señorita a un costado, recogiendo las hojas que hace un momento temblaban bajo una partitura, acariciándolas durante aquella fría tarde que era más bien de invierno que de otoño. Distrayéndose de a ratos y fantaseando con los árboles de la Avenida Centenario. Viéndola juguetear con la gran copa que se alzaba sobre un viejo tronco plantado en la tierra húmeda. Disfrutando del viaje, disfrutando de un día lluvioso y una aventura que le acechaba. Hasta que en un abrir y cerrar de ojos, en la inmensidad de la ciudad Susana desapareció.

15.4.16

Éramos uno

     Durante el invierno acampábamos en lo alto de unas montañas. Un lugar desolado, perdido del mapa. Nadie se aparecía por ahí, era un lugar que desde pequeña sentía como propio, una tradición familiar que hicimos durante años. No recuerdo un sólo invierno sin pasar al menos un día en ese místico lugar.

—¡Sofía vení a desayunar! —gritó mi mamá desde el comedor.

     Se me estaba haciendo tarde. Tenía que llegar al colegio en veinte minutos y todavía no habíamos sacado nuestros pies de la cama.

     Tuve esa curiosa sensación de estar llegando tarde a alguna parte. No es que me gustara, era solo que el tiempo pasaba y yo seguía ahí, como si no me importara en absoluto; era algo que me encantaba sentir, casi como queriendo llegar tarde para destruir la rutina, hacer las cosas de otra manera, mirar al tiempo con otros ojos.

—¡Sofía te dije que bajes!

     Mamá entró a mi pieza como si el mundo se estuviese cayendo. De un tirón me sacó de la cama y de ese momento especial. Floffy la miraba confundida cuando de un salto salió de la cama y se despidió de reojo. Floffy es mi perra, tiene un año y tres meses y la amo, es la mascota que siempre quise tener y hoy ese sueño se hace realidad con ella a mi lado.

—¡Vamos Floffy! —le dije mientras bajaba las escaleras en pijama y pantuflas.

     Unas pantuflas que también tienen su historia. La abuela Inés me las había regalado envueltas en un par de trapos de colores en Navidad. Siempre tan dulce y sencilla. Me pone feliz acordarme de esos días, aunque los sienta un poco lejanos. Aquellas reuniones en familia llenas de sonrisas, de sentimientos y sensaciones. ¿Cómo no perderse en aquel sabor a pan dulce y en esas mágicas comidas que hacen de mi mamá la mejor del mundo? En esos días pareciera como si el planeta se parara de repente y todos fuéramos felices, aunque el resto del año no lo aparentemos del todo.

     Dejé las pantuflas por el camino, quería sentirme libre por un momento, sentir el frío del suelo con mis pies, sentir cómo se dibujaban garabatos a cada paso que daba, sentir ese sentimiento de sensación.

     Unas tostadas con mermelada por allá y un café con leche por acá. Papá estaba en la mesa con su camisa a cuadros que suele usar en momentos especiales. Azul como sus ojos, azul como el invierno que no faltaba mucho en llegar.

—Qué frío que hace —dijo mi mamá calentándose un poquito con las manos.

     Floffy se sentó a la mesa. Ya era costumbre tenerla entre nosotros, sentirla parte de la familia y compartir todos juntos. Papá miró su reloj de muñeca como si se hubiera acordado de que existía el tiempo o simplemente porque lo tenía pegado a su piel.

—¿Las nueve y veinte? —casi cuestionando al reloj—. Hay que apurarse familia, se nos va la mañana.

     Se nos estaba yendo el tiempo entre los dedos, pero no podía irme sin antes comer esas tentadoras tostadas que me llamaban casi por mi nombre.

     Poco después unas bocinas. Era el micro escolar. Mamá y papá conocían al chofer. Un señor de unos cincuenta y tantos que tiene un hijo de mi misma edad, pero que nunca me cayó muy bien. Mejor no entremos en detalles, no quiero hablar de él, solo con pensarlo me siento atrapada. No importa, ya está. Ah sí, ¡el micro! Agarré una tostada que había sobre la mesa, mi mochila lista en el pasillo y salí corriendo hacia la puerta. Mamá me dio un beso en la frente y papá me alzó tan fuerte que casi me dejó sin respirar.

—No tan fuerte papá.

—Te quiero hija, disfrutá de tu vuelta a clases.

     Bastó con darme vuelta y sonreír para entender que aquella mirada sería la última vez que la vería.

     Es gracioso lo que voy a decir, subí al micro en pijama. Juro que no me di cuenta hasta que llegamos al colegio y mi mejor amiga Sabrina me lo dijo, fue tan vergonzoso. Desearía no acordarme de eso, pero no puedo. Una y otra vez se me aparece ese recuerdo horrible en que todos a mi alrededor se burlaban de mi pijama con dibujos de princesas y patitos de hule (todavía sigo creyendo que es la combinación más extraña que haya visto en un pijama para dormir).

     Me acuerdo que salí corriendo a través de las risas y burlas de los chicos de la escuela hasta que aparecí afuera. Corrí y corrí, no sabía dónde esconderme de esas carcajadas que me seguían a todas partes y no me dejaban tranquila. Lloré toda la tarde aquel día. Un recuerdo que se marcó con fibrón indeleble. Nunca volví a esa escuela y a ver a Sabrina hasta mucho tiempo después. Ya éramos mayores las dos y nos encontramos por casualidad en ese momento en que creés que todo el pasado había quedado atrás, enterrado y vuelto a enterrar y sin esperarlo vuelve a aparecer, casi instantáneamente como si nunca se hubiese enterrado. A veces pienso cómo hubiese sido mi vida si hubiera vuelto a aquella escuela, siempre me lo pregunté, aún hoy lo hago en esas noches en las que se me hace imposible dormir y mis pensamientos danzan de un lado a otro tocándose los dedos cuando se juntan.

     Es muy difícil para mí contar lo que pasó después, se los juro. Es algo que quisiera sepultar del todo y jamás volver a pensar de nuevo, pero adivinen qué, "es imposible" o eso creo yo, porque aún sigue conmigo. Escribo estas líneas para olvidarme del todo o para hacerme desaparecer, porque esto que cargo es lo que hace que sea quien soy y aunque no quiera admitirlo, así es y siempre será así.

     Estaba en una plaza asustada, con mucho miedo y sin saber qué hacer. Perdida. Me dejaba envolver por el viento allí escondida, intentando sentir cómo es dejar este mundo por completo. Lágrimas caían sobre mi rostro desnudo. El pijama de dibujos se había empapado por causa de unas gotitas que comenzaron a caer. El cielo totalmente gris a las diez y cuarto de la mañana frente a una plaza llena de negocios y personas que se comentaban la hora al pasar. El frío se hizo sentir todavía más, me estaba helando, solo quería ir a casa, olvidarme de todo, sentir el cálido abrazo de mamá y papá y tenerla a Floffy cerca, pero no sabía cómo volver a casa, no sabía qué hacer, estaba perdida en la inmensidad de esa ciudad, en la inmensidad de aquella plaza que era lo único verde que podía ver a la redonda y sentir un poquito de vida entre tanto gris pintado por el mundo.

     Empecé a caminar sola y sin hablar con nadie, ignorando las miradas que se posaban sobre mí. Deambulé por lugares que nunca había pisado antes, era un mundo extraño y nuevo hasta que un micro se detuvo delante de mí.

—Es el micro escolar, con él puedo volver a casa —pensé inocentemente.

     Subí escuchando el sonido a rueda pinchada de las puertas al abrirse. "Psss" ya estaba en el micro. El chofer confundido me miró y dijo:

—¿Qué hace una pequeñita como vos acá afuera sola y con este frío? ¿Y tu mamá?

—En casa señor, ¿me puede llevar hasta allá?

—Claro señorita, decime en dónde vivís.

—No sé, en una casa azul. ¡Lléveme rápido por favor, quiero ir a casa!

     Me sorprende la claridad con la que mis pensamientos y recuerdos quedaron impresos sobre mí. Cada detalle me recuerda a aquel día, es inevitable.

—Muy bien, ya veremos cómo llegar, pero por ahora ponete cómoda y sentate cerca mío, no quiero que te me pierdas, ¿sí? —dijo el chofer.

—Sí señor —dije obedeciendo a quien en ese momento era mi héroe, iba a llevarme a casa y todo estaría bien otra vez.

     El colectivo ya había estado un rato en movimiento, haciendo paradas cada tanto. Subía y bajaba gente. Era interesante ver cómo el vehículo nunca dejaba que no hubiese alguien dentro. Siempre se refrescaban los pasajeros con nuevos, otros rostros, otros mundos, historias escondidas entre abrigos y silencios, tomados de los caños que atravesaban al micro por donde se mire. Callados, inmóviles. Algunos escuchaban música con auriculares y miraban a la ventana con ojos llenos de sueños, otros leyendo un libro (uno que recuerdo bien tenía en la tapa un reloj de arena, nunca supe qué libro era, pero nunca dejé de buscarlo), otros agarrados de la mano mirándose esperanzados y otros tantos en el lugar, dejando que el viaje sea viaje y esperando que el colectivo llegara a su parada, no podía aburrirme ahí arriba. Cada tanto el chofer miraba para ver cómo estaba y sonreía (esa imagen nunca me la voy a sacar de la cabeza).

     Pasaban las horas hasta que por fin el micro se detuvo por completo y no había nadie más aparte del chofer y yo.

—Vení, vamos a buscar tu casa —dijo con ese carisma que lo había caracterizado desde el primer momento que lo conocí arriba del colectivo.

     Tomó mi mano y bajamos del gran rectángulo con ruedas. Empezamos a caminar. El piso estaba mojado, resbaloso.

—¡Cuidado! ¡No te vayas a caer! —dijo mientras me alzaba en sus brazos para que no me lastimara.

     Había llovido mucho. El cielo seguía gris, pero no habían lágrimas por el momento, habrán sido pasajeras. Hasta que por fin dijo su nombre.

—Soy Manuel, pero me podés decir Manú. ¿Vos cómo te llamás?

—Sofía —devolviéndole la sonrisa que no me llevó mucho trabajo hacer.

—Todavía está muy fresco Sofía, dejame invitarte algo caliente.

     Sin caminar mucho más, llegamos a algo que parecía ser una cafetería de barrio. Sencilla, con ese aroma característico de café y medialunas. Era el paraíso. Manú me dejó sobre una silla que daba a la vereda mientras iba a pedir algo. Los autos pasaban en tiempos prolongados. Autos pintados de amarillo, azul, rojo y otros que resaltaban menos como negros o grises (estos no me gustaban tanto). Al rato llegó Manú con un café para él y uno con leche para mí, acompañados por unas medialunas y tostadas. Me acordé de mamá, de papá, de Floffy, me acordé. Empecé a llorar, pero no quería hacerlo y a la vez sí, estaba feliz y no lo estaba, sentía y eso me enfurecía, quería estar por un momento bien después de todo lo que pasó, pero sabía también que quería verlos y quería que sea ya.

     No sabía bien cómo reaccionar, la vi llorando, desolada. Quizás no le gustaba lo que le había traído, quizás no le gustaba yo. Quizás quería estar sola o con su familia, no sé. Solo sé que de mis labios brotó:

—No estés triste Sofía, me partís el corazón. Sé que lo que más querés es estar con tu familia y prometo que voy a llevarte con ella. Pero está fresco y no te va a hacer nada mal que tomes algo caliente y comas algo también. Tu familia no se va a ir así nomás, va a seguir en tu casa y va a recibirte con los brazos abiertos, acordate. Ahora, ¿querés que le ponga azúcar a tu café con leche?

     Me había tranquilizado, bastante en realidad. No sabía cómo agradecerle. Estaba siendo mucho más que un héroe para mí. Nunca lo olvidé. Hubieron ciertas noches en las que me acordaba de él y se aparecía en mis sueños. Siempre sonriendo en momentos en los que no estaba del todo bien y necesitaba de unas palabras, de sus palabras, de su sonrisa, de su forma de decir las cosas, lo necesitaba. Agradezco cada momento que viví junto a él. Fue como el hermano que nunca tuve.

     El calor del café con leche estaba haciendo su efecto, me estaba sintiendo mucho mejor aunque no lo parezca. Era una mezcla de sentimientos, de cosas que revoloteaban por el aire y se estrellaban de vez en cuando.

—Con vos me siento segura —le dije.

     Estuve a un paso de caer en lágrimas. Su carita me transmitía ternura, felicidad, alegría, vida, todo en una sola persona. Una niña que me hizo ver el mundo con otros ojos a partir de aquel día.

—Gracias Sofía, no es nada. Vayamos a ver dónde está tu casa, seguro no es tan lejos.

     Esos frenesí de emociones siguieron hasta el día de hoy. Perdidamente loca por la vida que me deslumbró después. Mi vida recobró otro sentido cuando descubrí el gigantesco mundo de las emociones.

     Terminamos de merendar. Sobre una de las paredes de la cafetería se encontraba un reloj solitario.

—Las cuatro y veinte —dijo—. Salgamos.

     Caminamos por todos los rincones de la ciudad buscando la casa azul en la que vivo. Le preguntamos a mucha gente si habían visto una así, pero no era la única. Azul tras azul y continuamos en su búsqueda, hasta que por fin reconocí mi barrio. Ahí estaba, esperándome, dejándose mirar por nuestros ojos. Corrimos juntos hacia la puerta casi como jugando a las carreras. Giré la perilla y se abrió.

—Mamá, papá, Floffy, ¡estoy en casa! —estaba tan feliz por volver a pisar ese suelo de nuevo. Aunque tan sólo hubieran pasado unas cuantas horas, lo sentí eterno.

—¡Hola! Estoy con Sofía. ¿Hay alguien en casa? —dijo Manú diciendo sus primeras palabras sobre el techo de mi hogar.

     Nadie respondió al llamado. Sobre la mesa del comedor se hallaba un pedazo de papel escrito:

‘Sofi, lamentamos con el alma decirte que no nos vas a volver a ver muy pronto. Tu padre y yo tenemos nuestras razones y algún día las entenderás. Nos imaginamos que debés estar con Manú, él te cuidará bien, es un gran muchacho. Te vamos a extrañar, pero sabemos que esto tiene que pasar. Cuidate muchísimo y acordate, siempre estaremos con vos. Te queremos por siempre’
                                                                                            
                                                                           Mamá y papá.

     No sabía cómo reaccionar en ese momento. Sentía una horrible sensación de soledad y confusión hasta el punto de pensar que podía ser una broma. Comenzó a llover, pero no fuera de la casa, estaba lloviendo dentro mío. Llovía tan fuerte que de mis ojos se derramaron gotitas sobre el papel que acabé de leer. Manú corrió asustado hacia donde estaba, horrorizado al terminar de ver aquellas palabras que no encontraba sentido y tampoco yo. Me abrazó casi sintiendo lo que yo sentía. Éramos uno.

     Sin esperarlo sentí una punzada sobre mi brazo izquierdo. Dolía y mucho. Manú se percató y lo tomó con cuidado. Confundidos por todo lo que pasaba, tuvimos la sensación de que la realidad se estaba desfigurando poco a poco. La silueta de un pequeño pino sobre mi piel nos lo empezó a confirmar, un dibujo que jamás había visto y apareció de la nada.

     Paré de llorar casi de inmediato. Sentí como si mis papás estuvieran impregnados de alguna forma en mi brazo, y ahora camináramos juntos como uno sólo. Varias veces creí escuchar sus voces retumbando en mis oídos como si vinieran de todas partes y a la vez de ninguna. En la inmensidad de la oscuridad se alzaban, aparecían, me transformaban. Formaban una sola persona dentro de un cuerpo, formaban mi alma.

     En el silencio, gran compañero de los solitarios, Manú y yo nos agarramos de las manos, salimos corriendo hacia la puerta y nos encontramos con alguien conocido.

—¡Floffy! ¿Qué hacés acá afuera? —casi esperando una respuesta.

     Floffy corrió hacia mí y de un salto me tiró al piso. Lamió cada centímetro de mi rostro que quedó empapado en saliva. Mi pijama lleno de tierra, huellas, hojas y manchas que mejor ni imaginar de qué pueden ser. Una alegría volvió a invadirme. Altos y bajos, la historia del ser humano.

—Veo que se conocen muy bien —dijo Manú soltando una risa por ahí.

—Sí, la tengo hace poco más de un año, es hermosa.

     Hubo un instante en el que me detuve. Sentí como si el tiempo se ralentizara por un momento. Con mis ojos claros sobre el horizonte comencé a entender las cosas de otro modo, como si en un abrir y cerrar de ojos mi cuerpo de diez años se hubiera saltado varias etapas, hubiera viajado al futuro e incorporado cientos de conocimientos que hasta hace un rato no los tenía. La calle, los jardines, el cielo, el vecindario, todo comenzaba a volverse gris, comenzaba a perder su color; hasta que Manú me despertó.

—¡Sofi, Sofi! —chasqueando los dedos sobre mi cara—. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? ¡Hablame!

—Estoy acá Manú, no fue nada… es solo que… sentí como si me hubiera dormido por un momento.

     Me miró desconcertado. Ciertamente sentía algo extraño.

     ¿Qué te estará pasando Sofi? ¿Qué será todo esto que está pasando? ¿Cómo sabían sus padres mi nombre y que yo estaría con su hija y en su casa? Y ahora le pasa esto, sus ojos no se movían ¡lo juro! Estoy empezando a sospechar que esto es un sueño, no puede ser otra cosa… ¡se quedó ahí mirando a la nada por Dios!

—¿Qué te parece si entramos Sofi? Está muy ventoso acá afuera.

     No podía emitir sonido alguno. Mis labios estaban sellados. Mi cuerpo no respondía. Mi mirada al suelo, mis pensamientos en movimiento, estallando, escuchándose, desafiándose. Manú me acompañó a la entrada. Caminaba, pero no era yo quien lo hacía. Entramos.

—No me gusta que estés así, ¿no te querés poner algo más cómodo? —me dijo.

     Tenía que encontrar la manera de que se mejorara, que deje de estar así, en ese estado. Además no podía permitirme estar nervioso, tenía que estar tranquilo y contagiarlo, así sería todo más fácil, o eso creí.

     Subimos juntos las escaleras que llevaban a mi cuarto. Por el suelo encontré ropa tirada por ahí, mi cama a medio hacer, la ventana a medio abrir, yo a medio entrar. Le dije a Manú que me esperara afuera mientras yo me cambiaba. Aparentemente mis brazos y piernas volvían a funcionar, fue algo momentáneo.

     Comencé a probarme ropa, pero sentía que nada me quedaba bien, mi cabeza estaba en otra parte. Pensaba en tantas cosas. Como en la forma tan sin querer en que conocí a Manú, las risas de mis compañeros que todavía podía escuchar, los chin-chin de la Navidad pasada, la primera vez que tuve a Floffy entre mis brazos, la partida de mis padres sin explicación, la inesperada sensación de viajar en el tiempo y perderme por completo entre mis ideas y...

—¡Ay! —sobresaltando a Manú que entró de un portazo al cuarto.

—¿Qué te pasa Sofi? —desesperado.

     Esta vez mi brazo derecho sintió una punzada, pero mucho más fuerte que la anterior. Se podría decir que me estaba acostumbrando a esos dolores, pero no. Comencé a llorar, fue algo instantáneo. Me dolía a cada paso que mi corazón latía.

     Sobre la tersura de mi piel un copo de nieve apareció. Pequeño pero bien claro, tan claro que al ver a la ventana semi abierta, en la ciudad comenzó a nevar.

—No puede ser —dijo Manú—. Es que no... no encuentro explicación...

     Nos acercamos al espejo sin reflejo, al simple agujero de la pared de mi habitación. Anonadados sin entender muy bien lo que pasaba nos miramos a los ojos. Yo, una niña de diez años y él un muchacho de veintidós mirándonos estupefactos por el espectáculo que ocurría fuera de la casa. Abajo se veían otros niños salir de sus casas gritando y corriendo por todas partes. Se los veía felices. No muy seguido nevaba en esa ciudad, si no decir nunca. Los que parecían ser los padres de los niños también salían, sorprendidos por lo que sus ojos y demás sentidos estaban experimentando. Casi como nosotros, pero a ellos no se les había incrustado unos dibujos en sus brazos de la nada. ¿Era pura casualidad que estuviera nevando o había algo más? Se sentía una mística en el aire y ambos lo sabíamos.

     Un pino y un copo de nieve. Salimos de la casa bien abrigados y con Floffy a nuestro lado. Empezamos a caminar por el barrio. Los niños corrían de acá para allá con sus gorros de lana y bolas de nieve entre sus manos. Un pequeño carnaval fue pintando las calles poco a poco.

     Caminamos un rato, nos soltamos, dejamos que el tiempo pase a cada huella que dejábamos sobre la nieve. Dimos vueltas por ahí, nos dejamos llevar. En ese punto no sé si fui la única que se dejaba llevar o éramos los dos. Sentía cómo de repente el paisaje cambiaba su color, comenzaba a transformarse. Los árboles, el asfalto, un lago. Las casas, los semáforos, las montañas a lo lejos. Ya no sé si estoy soñando. ¿Era un sueño? ¿Es un sueño? Creo que es real. El caudal del agua, la nieve entre mis orejas, el calorcito del Sol me estaban diciendo algo. Cardenales, bellas aves que usurpaban los cielos de aquellos lugares. Me sentía en un mundo de sueño. Ya no habían casas, ya no estaban los mismos árboles, las montañas crecieron del asfalto que se fue borrando. Ya no era mi vecindario, mi ciudad; viajé a aquel lugar que acampábamos todos los inviernos con mamá y papá. No entendía, pero tampoco dejaba que ese pensamiento nublara lo que estaba viendo. Allí fui feliz, me sentí feliz. El pino y el copo de nieve pegados a mi piel. El corazón de Manú se sintió.

—Sofi, ¿estás ahí? —dijo preocupado.

     Apareció, bueno, más bien creo que regresé.

     No quería decirle nada a Sofi. El mundo había cambiado en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué podía hacer? Todo cambiaba y yo seguía igual, todos seguíamos igual. Ella perdida, con su mirada hacia adelante, en ese estado de trance que cada vez me preocupaba más. ¿En qué me habré metido? Una parte de mí decía que Sofi lo había notado, que no estaba confundida con lo que pasaba, o al menos eso me estaba haciendo sentir.

—Estamos cerca de donde acampamos todos los años con mamá y papá. Me suenan estos paisajes —dije.

     Mejor no responder, creo que seguía en ese estado que estaba apoderándose de ella. Ojalá hubiese podido seguir ahí, a su lado, pero sin querer di un paso al costado, a su costado.

     Seguimos caminando entre pinos y montañas, aves y corazonadas, lagos y atardeceres porque la noche se acercaba.

     La luna llena en lo alto alumbraba nuestras pisadas. Floffy entre mis brazos dormía sin dar rastros de despertarse pronto. La caminata fue larga, mis piernas seguían, parecían nunca parar, parecían infinitas.

     Una profunda niebla se alzó entre nuestras miradas. A Manú se lo notaba distante, casi como si no estuviera ahí. La nieve se hacía más espesa y nuestro caminar interminable. A dónde íbamos es la pregunta. ¿Por qué caminamos durante todo este tiempo? ¿Qué estábamos buscando? ¿Lo encontraríamos en algún momento? ¿Es un sueño o es la realidad? ¿No será lo mismo? Estábamos buscando respuestas, estaba buscando respuestas. Quería saber qué estaba pasando, qué eran esas marcas sobre mi piel, quería saber todo.

     La niebla se estaba acentuando cada vez más, el camino no se veía, yo no me veía. De a poco vi como Manú se iba diluyendo, intentando decirme algo a lo lejos, pero su voz se apagaba, sus susurros se perdían.

     Quedé sola cuando mis brazos volvieron a arder, a quemar. Desde ese momento supe que los dibujos serían parte de mí el resto de mi vida.

     Entre la nieve que caía, mi soledad y las tormentas que se desataban, encontré una luz que se convirtió en la entrada de mi futuro y la historia que cuento. Vientos olvidados por un desierto de nieve.

     No sé qué pasó, solo me desvanecí, me perdí y ahora estoy entre letras, caminando, sintiendo como un aventurero en su velero el viaje entre líneas. Revoloteando entre comas desdibujadas, pintado en la piel de una señorita que conocí una mañana de otoño, gravada en mi memoria hasta que deje de ser leído, manchado en la piel de alguien que me transformó, de alguien que se hizo presente desde aquel día y nunca me abandonó. Salpicado sobre su piel, inmortalizado hasta que el Sol deje de estar allá arriba. Para vos mi querida Sofía, para vos que seguís ahí arriba hasta el fin de mis días. Un servidor en la penumbra. Porque un yo no es un yo sin un vos. Hasta que la tinta se corra, hasta que el mundo se apague, hasta que tu mundo deje de ser mi mundo, hasta que desaparezcamos para siempre, porque siempre estaré ahí. Porque somos uno, éramos uno.