Entré
algo apurado al local de comida rápida con miedo de estar llegando demasiado
tarde a mi cita. Pispeo por todas partes atemorizado, buscando su figura
erguida pero poco destacable. Bajo unas escaleras. A lo lejos me pareció verla,
allá sobre el mostrador, esperando quién sabe qué, si un cuarto de libra y unas
papas chicas o un café y un par de medialunas sobre un plato descartable.
Acercándome lentamente y con miedo a equivocarme si realmente es ella, su
cabeza giró inesperadamente hacia un lado. No era ella. Mientras tanto las
miradas del resto disimuladamente se posaban sobre mí, cuestionando con el solo
juicio de sus ojos el porqué de mi extraña visita.
Luego
de casi quedar mal parado frente a la mujer del mostrador (qué parecida era,
con su largo pelo rubio y esa campera oscura y abrigada que siempre usa en esta
época del año), decidí sentarme solo por un rato, ordenarme en el tiempo,
tranquilizarme un poco. Me acomodé en una silla que más bien parecía un sillón,
sacando mi celular allí envuelto en ese aroma a comida frita y algo más. Me
acordé que seguramente faltaría poco para que los fueguitos de Snapchat se
fueran, así que decidí sacar alguna foto y no perderlos. Miré a mi alrededor
con curiosidad. No había demasiada gente, pero sí un constante movimiento en el
mostrador. La chica ya se había ido, o por lo menos no le volví a prestar
atención durante el tiempo que permanecí dentro del local. Poco después,
siempre con mi celular en mano y la cámara lista para disparar, un diario
posado sobre la mesa a mi derecha me encontró. Allí tendido me miraba y
susurraba algo al oído. Rápidamente comprendí que era una gran oportunidad para
apuntar un blanco y disparar. La fecha del mismo correspondía al día de hoy, al
parecer alguien más temprano lo hojeó y dejó olvidado sobre la mesa. Abrí una
de las últimas hojas en busca de algo interesante, una imagen, algo llamativo.
El sudoku y las diferentes sopas de letras estaban completas, no había nada que
estuviera en blanco y por terminar. Poniéndome a leer las respuestas
prolijamente escritas en los casilleros, tuve la idea de chusmear el encabezado
de humor, la última página del diario. Tiras de Yo Matías, Diógenes y el
Linyera y otros empezaron a mostrarme un lado diferente de la vida, sin ir más
lejos, el arte de escribir y dibujar para transmitir un mensaje. Normalmente no
soy de leer el diario y a mis seguidores les llamaría la atención ver algo así
en mi historia, así que le saqué un par de fotos a las viñetas y las envié.
Guardé el celular, los fueguitos estarían a salvo por el momento.
Ya
habían pasado quince minutos desde que traspasé la puerta del local. La idea de
que me habían dejado plantado dulcemente empezó a dar vueltas en mi cabeza. Al
ratito mi bolsillo vibró, me había llegado una notificación.
"Se
me hizo tarde, ya estoy llegando."
Recibí
el mensaje un poco enojado. No seré la persona más puntual del mundo pero me
molestó un poco que recién en ese momento me haya hablado (dado señales de
vida). Pero bueno, no hay que preocuparse, a decir verdad qué bueno que se haya
atrasado unos minutos, está copado tener un instante previo para uno mismo
antes de encontrarse con alguien, te obliga de alguna forma a entretenerte
antes de tiempo.
Vuelvo
a chusmear el diario. Sobre las tiras de historietas se halla un apartado con
el título "Sabiduría de la ignorancia", un texto que me llamó la
atención profundamente, un texto de tan solo un párrafo que agradecía
enfáticamente a la ignorancia y ese deseo de querer dejar de ser un ignorante y
poder darse el lujo de empezar de cero, porque empezando de cero se da lugar a
infinitas posibilidades, a una multiplicidad de opciones y futuras
conclusiones, porque la ignorancia puede ser hermosa si se la mira como un
punto de partida; y me quedo con una frase del eterno Carl Sagan que se nombra
en el texto: "Para hacer un pastel de manzana desde cero, hay que empezar
creando el Universo.".
Volvió
a vibrar mi celular. Un mensaje suyo me llegó otra vez.
"No
te encontré en donde quedamos, te espero en la esquina."
Extrañadamente
recorté el apartado del diario y me lo guardé con cuidado en la billetera.
Mientras dejaba el resto sobre la mesa, me levanté, subí las escaleras y crucé
la puerta del local. Afuera el cielo me recibió con pequeñas gotitas y la
sirena de un camión. El frío sobre la cara me estremeció de pies a cabeza, se
había chocado con mi rostro que inesperadamente salía a la calle. Con las manos
en los bolsillos de mi pantalón caminé hacia la esquina a la espera de
encontrarme con la misteriosa figura de la señorita. Cuando me quise dar cuenta
los fueguitos por suerte seguían allí, intensamente iluminando la calle y
quemando la vista, descontroladamente flameando por las ventanas y las puertas.
Cuando me quise dar cuenta, los fueguitos de aquella esquina durarían
veinticuatro horas más.
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