12.6.16

Falso invierno

Una llovizna se empezó a sentir sobre la Ciudad de Buenos Aires. Las nubes negras, el aire fresco, las gotitas deslizándose en la ventana. Cuántas veces había sentido la oscuridad sobre sus calles, esquinas y pasillos nocturnos, brisas y cambios de una forma monótona; pero esta vez sería un poco diferente a las demás, porque sintió cómo la iba invadiendo por completo hasta dejarse caer, hasta percibir el desprendimiento continuo de su alma con su cuerpo, hasta entrecruzarse y volver a ser la que siempre fue.
         Susana estaba arriba de un colectivo algo distraída. Le gustaba ver los árboles por fuera hasta imaginarse a su silueta acariciándolos, llevando cada hoja de las copas a sus manos, sosteniéndolas delicadamente hasta que la despertaban los frenos del colectivo. El viaje era largo y pronto se terminaría cansando de fantasear.
          Se dirigía al centro de San Isidro, en donde dos amigas la estarían esperando para tomar algo en un café de la Avenida Centenario.
Cuánto hace que estuvo esperando este momento. Meses sin verse dan como resultado un inmenso extrañamiento. Han habido numerosas ocasiones en las que soñó el abrazo con el que las recibiría, la alegría y tristeza simultáneas que surgirían, la lágrima que pediría, las dos facturas con crema pastelera, el buenas noches que desearía al que las atendiera, todo, cada ínfimo detalle que luego volvería a recordar durante el resto de la semana.
Poco después la parada. Bajó. Cantaba hipnotizada por la aventura, por las aventuras fantásticas y ficcionales que tenía con sus dos amigas. Al dar unos pasos se encontró con Mariana. Lo peculiar fue que alguien faltaba, la otra señorita faltaba, Martina. Al principio no se preocuparon tanto, parecía un juego de quién llegaría más tarde a la cita, y claramente, ella sería la ganadora. Pero poco a poco se empezó a sentir una profunda pesadez en el ambiente. Las flores se marchitaban, el mundo al que se había acostumbrado se apagaba y Martina seguía sin llegar. ¿En dónde estaría metida? ¿Qué le habrá pasado? ¿Por qué no llegó todavía? Quizás se perdió, se equivocó de camino, se dispersó del plano. No fue hasta que Mariana sacó el teléfono y marcó su número. Sonaba y sonaba, pero nadie atendía. Pensamos por un momento que pudo haberse olvidado el celular en alguna parte, pero ambas sabíamos que el asunto era mucho más complejo de lo que nos hubiéramos imaginado hasta entonces.
Qué pasaba, dónde estaba. Un silencio horrible se sumergió entre las dos. Los minutos, las horas pasaban. Se encaminaron rumbo a casa de Martina. Subieron a un colectivo, bajaron de otro. A medida que se acercaban sentían cómo sus corazones se paralizaban o golpeaban ferozmente contra sus pechos. Paso a paso, centímetro a centímetro.
El viento chocaba contra los árboles haciéndolos temblar. Sus copas llenas de colores se movían de un lado a otro como largas cabelleras. El cielo seguía oscuro, pero la lluvia había cesado. Mariana caminaba con sus pies pegados al suelo, pateando las hojas secas que se interponían delante suyo. (Cada vez caminaban más rápido. Llegaron a trotar o dar saltitos de a ratos —dependía del latir de sus corazones— hasta llegar).
Una casa de un rojo intenso deslumbró la mirada de las amigas. Se abrieron paso a la puerta de entrada, atravesando el jardín del frente, esquivando charquitos, montañas de hojas y alguna que otra maceta perdida por ahí. Mariana fue la primera que llegó al pie de la puerta. Cuando tocó el timbre, Susana sintió una mezcla entre miedo y ansiedad. Nadie contestaba. Se miraron atontadas la una con la otra como entendiendo que aún faltaba lo peor.

Sin saber bien por qué —quizá por instinto o presentimiento—, giré la perilla de la puerta. Por cada milímetro que mi muñeca giraba y se deslizaba por aquella perilla, sentía que la eternidad se desprendía del tiempo. Tuve la sensación de que se ralentizaba, los sonidos se desenmascaraban y escuchaban más fuerte. A medida que la perilla giraba, ese sentimiento de miedo se mezclaba y remezclaba entre mi espíritu y mi cuerpo. (La temperatura aumentaba, gotitas de sudor caían de mi frente); hasta que el "click" de la perilla abriendo la puerta me despertó. La dejamos entreabierta para que lo que pasara no nos aparezca de golpe. Hasta que de un portazo Mariana la abrió.

Y ahí estaba, inmóvil, sentada sobre un sillón con un gato de apariencia siniestra en su regazo, perdida con la mirada hacia la nada y boca semiabierta. De fondo se escuchaba un piano con largas blancas y pocas negras, y más tarde un estruendoso trueno que sobresaltó a las amigas.

Nos acercamos con cautela hacia la figura de Martina, mientras el felino comenzaba a proclamar sonidos de sumo rechazo y unos suaves y lentos violines a emanar sus primeras notas.

—Martina... ¡Martina! —dijo Susana.

Nada. Estaba como en un estado de trance. Mariana le sujetó los hombros suavemente (a Susana se le vino la imagen de los árboles). La mujer no reaccionaba.

Nos empezamos a desesperar aún más. El piano, los violines y ahora unos trombones tocaban más fuerte. Me di cuenta que Mariana también estaba transpirando, se la notaba tensa al igual que yo.

Acordes sin sentido empezaron a inundar la habitación, cada vez el tiempo avanzaba más rápido.

Mis manos temblaban, mi corazón intentaba escaparse de mi pecho.

La puerta de entrada se abrió descontroladamente a la par de la lluvia que se volvía a escuchar. Relámpagos, viento, un espectáculo que bailaba al compás del estrepitoso piano, de los agudos violines, los penetrantes trombones y de un viejo oboe que surgía de lo más profundo del cuarto.

Comencé a gritar muy fuerte. La voz se me desprendía y mis pies no me dejaban avanzar por una fuerza extraña que me empujaba hacia atrás. Intenté alcanzar a las chicas que dejaban flamear sus enaltecidas cabelleras, tambaleando, danzando por el aire mientras luchaba contra todo. Cada vez con más fuerza y dificultad intentaba avanzar, hasta que a pocos centímetros de sujetar la manga derecha de la campera de Martina, un salvaje movimiento de batuta partió en dos la habitación, ennegreciéndola, coloreándola, transformando cada uno de sus rincones en algo diferente, en un lugar distinto; hasta que la alfombra se hizo vereda, las paredes colectivos viajando por la ruta, el sillón raíces y la doble M en dispersos faroles.
Me daba curiosidad ver lo que hacía aquella señorita a un costado, recogiendo las hojas que hace un momento temblaban bajo una partitura, acariciándolas durante aquella fría tarde que era más bien de invierno que de otoño. Distrayéndose de a ratos y fantaseando con los árboles de la Avenida Centenario. Viéndola juguetear con la gran copa que se alzaba sobre un viejo tronco plantado en la tierra húmeda. Disfrutando del viaje, disfrutando de un día lluvioso y una aventura que le acechaba. Hasta que en un abrir y cerrar de ojos, en la inmensidad de la ciudad Susana desapareció.

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