Siento que tengo un problema y miedo a que alguien me lo afirme. Me siento hundido en aguas misteriosas, temiendo por una cura imposible y una vida con él a mi lado. Veo un mundo inexistente en el que las fronteras son mis propios ojos. Lo claro lo veo oscuro, pero no un oscuro de falta de luz, sino una oscuridad del tipo de “distorsión”, una duda infinita de si lo que veo es real o no, y me inclino más a esto último. Siento que dentro de mi cabeza hay una especie de cortocircuito inventado por sí mismo y que habita por ahí como un parásito. No sé exactamente cuándo apareció, solo lo hizo, extendió sus raíces por todo mi ser y ahora somos uno, pero ojo, por lo menos aún tengo la certeza de que está y optó por incrustarse muy en el fondo de mí. ¿Será que “esto” es mi alma ahora? ¿Será que el “alma” aparece cuando nos damos cuenta de su existencia? ¿Será solo un invento, una palabra al azar y que se malinterpretó con el paso del tiempo? ¿Habrá algún momento en el que no tengamos “alma”? No sé. No sé y más no sé. Solo sé que no sé nada, como dijo Platón en su "Apología de Sócrates".
Me siento perdido en una rutina global que enaltece a la palabra “movimiento” para que la vida siga su curso y no encuentre el freno nunca. Nos hacen creer algo que parece estable, porque en realidad la vida es solo un juego de palabras camuflada con acciones sin sentido durante generaciones. No quiero que esto último se mal interprete. Todo está siendo muy repetitivo. La palabra “juego” ya perdió su significado. El mundo que veo tiene una serie de reglas escritas por ahí y un tablero simulando ser la realidad. Formamos parte de un juego que es controlado solo por algunos, y el resto de nosotros somos desplazados inconscientemente como peones al antojo de los “verdaderos” jugadores. Mi percepción se ve difuminada no solo en el pensamiento, sino también en lo físico. Ya no sé si creer en las cosas físicas, en las cosas sólidas me refiero. Me es difícil afirmar que todo existe en el día de hoy, porque mis ojos me dicen lo contrario.
Ya van casi cuatrocientas palabras y aun creo que no pude plasmar lo que ven mis ojos. Es mucho más que una idea o una opinión, es lo que realmente veo. Ya no me siento seguro de pronunciar la palabra “real”, porque entro en la infinidad de la duda, me pierdo en esa inmensidad que todos visitamos alguna vez. Creo que la palabra “real” y toda su familia debe dejar de existir en mi vocabulario, debe dejar de ser real. Me siento más seguro afirmando que todo esto que llamamos “realidad” es una ficción, un mundo inventado por un escritor que le faltó valor para pronunciarle la verdad a los hombres.
Desearía poder tener toda clase de adjetivos, sustantivos, adverbios, en fin, palabras para describir tal como ven mis ojos, pero claramente no se puede. Es algo inexpresable, una sensación que no se puede poner en palabras, ¿y todo esto por qué? Porque somos prisioneros de la palabra, esclavos del lenguaje. Aunque no lo creamos estamos atados desde el primer momento en el que el mundo nos inculca el habla. ¡Qué difícil es describir lo que veo! Sé que también debe ser difícil de leer y entender lo que escribo, pero no hay muchas maneras. Las mismas palabras son límites por sí solos. Quizás hasta las pueda relacionar con mis ojos. Son fronteras al igual que ellos.
Hay ciertos momentos del día en los que siento perder la vigilia en pleno caminar, en plena calle, en plena tarde. Son momentos en que el propósito por el cual quise escribir esto se hacen presentes. Son esos momentos en que los parásitos despiertan y se ponen a trabajar. Es sentir que todo es un sueño y por esta razón no puedo creer en “la realidad”, en lo “real”, porque todo se mezcla con ese estado de sueño, de imaginación. ¿Acaso no se lo podría pensar al sueño como otro estado de vigilia? Quizás hasta “los sueños” son en realidad la realidad y lo que nosotros llamamos realidad es el sueño, el mundo inexistente, las proyecciones.
A veces siento miedo por lo que veo. No conozco a nadie que tenga lo mismo que yo. Muchos me miran raro, no comprenden del todo cómo me siento o veo al mundo. Se lo podría considerar raro, pero tengo que decir que en cierto punto me hace sentir orgulloso de tenerlo. No sé si esto es producto del consumo cada vez más amplio que está haciendo en mí. Debe ser por estar casi habituándome a él y el hecho de que haya aparecido en mi vida me sirvió como excusa para poder preguntarme y exclamarle a los cielos “¿qué es esto? ¿por qué ahora? ¿por qué a mí?” ¿Habrá perdido sentido mi vida? ¿será que la respuesta que todos buscamos va más allá de un decir que no existe y nada más? Porque es casi como que lo siento. Siento que no existe. Es una sensación totalmente existente de inexistencia.
Creo que ya me estoy yendo por las ramas. Debo confesar que nunca creí acabar escribiendo mi vivencia rutinaria, porque ya la tenía acostumbrada, la tenía impregnada en la piel. Ya no se me hacía raro, porque como dije antes, me estoy habituando a él, me estoy habituando a vivir así. Tuvo que llegar el día en que el vaso rebalsara para mostrarle al mundo lo que ven mis ojos. Creo que no tiene final, porque nunca vamos a dejar de ver, nunca vamos a cristalizar la mirada. El día en que no podamos volver a levantar la pluma, dejaremos de ver y eso ya será otra historia.
En resumen, tengo dos ojos igual que vos, veo y percibo las mismas cosas igual que vos; lo que pasa es que las veo distorsionadas, esa es la única diferencia.
22.9.15
17.9.15
Interminable
Y así vuelve a desencadenarse una lucha entre el viento y los pelos sueltos. Entró a su casa y finalmente cesó. La guerra había terminado.
Grafito y madera
Un papel en blanco que busca ser escrito. Reflejos de sol que se proyectan sobre los vidrios de las ventanas. Velas apagadas sobre el escritorio. Un aroma a café recién hecho y un humito revoloteando por ahí. El ambiente es calmo, con pequeñas y suaves brisas que acompañan la partitura. Esa partitura que se lee sin preguntar y está bañada de luces. Autos que pasan de vez en cuando a un andar lento y tranquilo. Desde acá arriba se puede ver parte del barrio. Casitas parecidas y colores que no contrastan demasiado, pero en donde se puede vivir bien. El sabor de las medialunas están dando frutos. El hambre que se había hecho sentir, se está apagando. ¡Qué ricas medialunas! Con ese sabor tan característico y esa textura que te eriza la piel. Es lindo este lugar, siempre es bueno estar rodeado de tranquilidad y de unos cuantos destellos de pureza. La silla aguarda, el cielo acompaña. Un lápiz por ahí. Grafito y madera forman el arma de la revolución. Creo que es momento de que alguien la use.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)