Me desperté habiendo soñado tu nombre. Era de madrugada y claramente mis
movimientos eran lentos. Mis manos se movían como acariciando las sábanas que
me envolvían, despacito, sin apuro, soñoliento y entreabriendo mis ojos muy de
a poquito, sintiendo cómo me iba alejando de ese mundo de sueño y fantasía.
Escuchaba cómo tu nombre se iba arrastrando junto a ese sueño, cómo se lo iba
llevando, cómo se iba difuminando a cada segundo que pasaba allí acostado en mi
cama.
¡Cómo
te quiero! ¡Cómo me encantás! Qué locura escuchar esa voz tan tranquilizadora y
que me transporta a un mundo de esperanza y vida, a ese mundo acuático lleno de
peces extraños, criaturas de otro mundo, seres que dan miedo.
A
eso de las cuatro la selva se torna profunda, densa, espesa, pesada. Cada tanto
hacíamos paradas en algún que otro lado para tomar aire, pero apenas si nos
sentábamos y ya estábamos saliendo de nuevo. (Tenía una corazonada, algo me
resultaba familiar). Caminábamos en busca de algo, algo que en nuestra tierra
no existía, pero que sería muy valioso si lo lleváramos a escondidas.
Lentamente avanzábamos entre la maleza y los sonidos que emitían las aves, o de
lo que parecían serlo, porque más bien eran lagartijas gigantes con alas y picos
de tucán, animales de otro mundo.
Ya
eran las siete y pico y los soles pegaban de una manera diferente. Dolía,
quemaba, mi piel se enrojecía. Manuel daba espadazos entre lo que parecían ser
arbustos y plantas exóticas con aromas desagradables. Ambos estudiamos juntos
en una escuelita cerca de casa, siempre con el sueño de surcar los cielos,
pasar por al lado de estrellas enceguecedoras y hacer expediciones
interplanetarias; y acá estamos, algo ansiosos y con la incertidumbre de si nos
quedaremos por siempre en estas tierras, perdidos y con miedo de no poder
escapar.
Vuelvo a escuchar tu voz allá a lo lejos; me seduce,
me atrapa, me llama por mi nombre.
Seguimos
de largo por la inmensidad de la selva, de ese mundo primitivo y de fauna
salvaje. Nuestros corazones palpitaban a un ritmo agitado, era un signo de que
nos estábamos acercando al talismán sagrado. Rojo, violeta, amarillo, era del
color que te imagines. Lo había visto en sueños tantas veces que no me parecía espectacular
estar en su búsqueda. El talismán sagrado, un objeto de sumo valor y un
incalculable poder.
(Me
atravesaba, su luz se reflejaba en mis ojos de terciopelo azulado; dejándome
llevar por su voz, siempre por su voz).
Manuel
quiso ir más rápido, también sentía que el talismán estaba cerca. (Arañaba la
tierra, se enroscaba con sus piernas al suelo). Cómo olvidarme si siempre
estuviste ahí, perdido y desconsolado, obsesionado por ese objeto oscuro, de un
negro opaco, infinitamente bello y destructor de todo.
Mi
corazón se detuvo de repente y todo a su alrededor también lo hizo, menos mis
ojos que iban de acá para allá extrañados, confundidos por lo que pasaba. Allí
con la espada desgarrando la maleza y un talismán a pocos metros. Pero había
algo que Manuel no sabía, el talismán estaba vivo. No era un tesoro inanimado
como cualquiera, era algo de otro mundo, de otro sueño, porque cualquier mundo
distinto al nuestro puede ser una fantasía, algo totalmente diferente a la realidad
como la conocemos.
Y
la luz de los soles a medianoche despertó el brillo deslumbrante del talismán, ahí
entre la maleza, ahí acostado sobre su cama de tela y algodón; mientras oía
como decía mi nombre a lo lejos, gritándome o susurrándome por la distancia que
confundía. Me estaba yendo, y en sus últimos intentos por decir mi nombre me
transporté de nuevo a mi cama, con los ojos cansados y la vista borrosa, con el
corazón latente, los labios secos y una voz que se apagaba y debilitaba a cada
segundo que pasaba. Yo, escuchando mi nombre a lo lejos, yo como un tesoro
inalcanzable y de gran valor, yo sosteniendo sobre mis manos el talismán
sagrado, porque escapé casi sin sentirlo, porque sin querer tu voz lo hizo
posible, porque fue sin siquiera percibirlo un escape afortunado.