24.7.16

Un escape afortunado

            Me desperté habiendo soñado tu nombre. Era de madrugada y claramente mis movimientos eran lentos. Mis manos se movían como acariciando las sábanas que me envolvían, despacito, sin apuro, soñoliento y entreabriendo mis ojos muy de a poquito, sintiendo cómo me iba alejando de ese mundo de sueño y fantasía. Escuchaba cómo tu nombre se iba arrastrando junto a ese sueño, cómo se lo iba llevando, cómo se iba difuminando a cada segundo que pasaba allí acostado en mi cama.

¡Cómo te quiero! ¡Cómo me encantás! Qué locura escuchar esa voz tan tranquilizadora y que me transporta a un mundo de esperanza y vida, a ese mundo acuático lleno de peces extraños, criaturas de otro mundo, seres que dan miedo.
A eso de las cuatro la selva se torna profunda, densa, espesa, pesada. Cada tanto hacíamos paradas en algún que otro lado para tomar aire, pero apenas si nos sentábamos y ya estábamos saliendo de nuevo. (Tenía una corazonada, algo me resultaba familiar). Caminábamos en busca de algo, algo que en nuestra tierra no existía, pero que sería muy valioso si lo lleváramos a escondidas. Lentamente avanzábamos entre la maleza y los sonidos que emitían las aves, o de lo que parecían serlo, porque más bien eran lagartijas gigantes con alas y picos de tucán, animales de otro mundo.

Ya eran las siete y pico y los soles pegaban de una manera diferente. Dolía, quemaba, mi piel se enrojecía. Manuel daba espadazos entre lo que parecían ser arbustos y plantas exóticas con aromas desagradables. Ambos estudiamos juntos en una escuelita cerca de casa, siempre con el sueño de surcar los cielos, pasar por al lado de estrellas enceguecedoras y hacer expediciones interplanetarias; y acá estamos, algo ansiosos y con la incertidumbre de si nos quedaremos por siempre en estas tierras, perdidos y con miedo de no poder escapar.

Vuelvo a escuchar tu voz allá a lo lejos; me seduce, me atrapa, me llama por mi nombre.

Seguimos de largo por la inmensidad de la selva, de ese mundo primitivo y de fauna salvaje. Nuestros corazones palpitaban a un ritmo agitado, era un signo de que nos estábamos acercando al talismán sagrado. Rojo, violeta, amarillo, era del color que te imagines. Lo había visto en sueños tantas veces que no me parecía espectacular estar en su búsqueda. El talismán sagrado, un objeto de sumo valor y un incalculable poder.

(Me atravesaba, su luz se reflejaba en mis ojos de terciopelo azulado; dejándome llevar por su voz, siempre por su voz).

Manuel quiso ir más rápido, también sentía que el talismán estaba cerca. (Arañaba la tierra, se enroscaba con sus piernas al suelo). Cómo olvidarme si siempre estuviste ahí, perdido y desconsolado, obsesionado por ese objeto oscuro, de un negro opaco, infinitamente bello y destructor de todo. 
Mi corazón se detuvo de repente y todo a su alrededor también lo hizo, menos mis ojos que iban de acá para allá extrañados, confundidos por lo que pasaba. Allí con la espada desgarrando la maleza y un talismán a pocos metros. Pero había algo que Manuel no sabía, el talismán estaba vivo. No era un tesoro inanimado como cualquiera, era algo de otro mundo, de otro sueño, porque cualquier mundo distinto al nuestro puede ser una fantasía, algo totalmente diferente a la realidad como la conocemos. 

Y la luz de los soles a medianoche despertó el brillo deslumbrante del talismán, ahí entre la maleza, ahí acostado sobre su cama de tela y algodón; mientras oía como decía mi nombre a lo lejos, gritándome o susurrándome por la distancia que confundía. Me estaba yendo, y en sus últimos intentos por decir mi nombre me transporté de nuevo a mi cama, con los ojos cansados y la vista borrosa, con el corazón latente, los labios secos y una voz que se apagaba y debilitaba a cada segundo que pasaba. Yo, escuchando mi nombre a lo lejos, yo como un tesoro inalcanzable y de gran valor, yo sosteniendo sobre mis manos el talismán sagrado, porque escapé casi sin sentirlo, porque sin querer tu voz lo hizo posible, porque fue sin siquiera percibirlo un escape afortunado.