2.4.24

Cuerpo sin vida; mente sin cuerpo

«Every word has consequences. Every silence, too»
Jean-Paul Sartre.

            Su rostro se congeló. No podía mover ni un ínfimo músculo de la cara aunque hubiese querido. Su voz también fue víctima de aquella espantosa situación. A medida que el silencio se apoderaba de su cuerpo tuvo la sensación de que él lo había hecho, aunque el movimiento que pudiera hacer con sus manos de ahora en adelante fueran en vano.
            Salió de trabajar alrededor de las diez de la noche. Era temprano, aunque para muchos podría ser un horario óptimo para acostarse a descansar luego de un día lleno de temores e incertidumbres.
            Caminó hasta su casa semidormido y entrecerrando los ojos. La habilidad que había adquirido para distinguir la realidad de la ficción no había sido suficiente. Nunca creyó que esa sensación que muchas veces había parecido un entretenimiento cuando doblaba en una esquina o se juntaba a tomar un trago con un amigo podía terminar en aquella situación. Un pensamiento cruzó por su mente: «Si tan solo estuviera en casa...». Pero lo que él aún no sabía era que ya se encontraba en su casa, o al menos una parte de él...
            Finalmente llegó, sacó las llaves de sus bolsillos y entró. Al principio no reconoció el suelo y las paredes, pero pronto su visión empezó a hacerle creer lo que su mente le exigía. No siguió dudando, tan solo actuó. Bien sabía que las palabras tenían sus consecuencias, pero también el silencio, por lo que con toda seguridad atravesó el pasillo, dobló a la derecha y se acercó al cajón de la cocina. Sus manos tenían vida propia y bien que lo sabía; casi disfrutaba que abrieran el cajón con tanta seguridad y tomaran con firmeza su cuchillo favorito.
            Si hubiera creído que se trataba de una de sus alucinaciones o visiones alteradas que solían asaltarlo cada noche, nada hubiera ocurrido; pero muy en el fondo de su corazón estaba seguro que sus manos eran lo más real de su cuerpo y, al mismo tiempo, lo más escalofriante que su alma había querido jamás.
            Subió las escaleras con el cuchillo en mano. Nada ni nadie iba a poder detener lo que su mente deseaba con ansias. La sutileza con la que lo hizo fue admirable. Si tan solo hubiera sido un pensamiento, una imagen fugaz, como siempre...
            Tomó el cuchillo con sus manos y sin parar atravesó una y otra vez el cuerpo que yacía dormido entre las sábanas de su cama. Lo odiaba; deseaba con temible admiración lo que muchos creían imposible. Y ahora la sangre se derramaba sin parar por el acolchado y las paredes oscuras. Nunca lo hubiese hecho si no hubiera sido de esta manera. Jamás hubiera dejado que su mente hablara en medio de esa habitación, luego de aquella masacre y a tan pocos centímetros de su cuerpo sin vida.

Tiempos de caza

            Pasé a la sala de estar y lo vi —se me erizó la piel al instante; las velas habían dejado un aroma sutil pero poderoso en el aire—. Allí estaba, una vez más sentado frente al piano de cola que ya no escucho tocar, que poco a poco se apaga y diluye muy en el fondo de mi corazón. Y rompo en llanto, las lágrimas se deslizan por mi rostro casi danzando sobre mis mejillas hasta que caen al suelo, una a una cayendo mientras mi mano se pasea en zigzag por el piano de cola que el polvo ha ocultado.
            Se terminó mi copa de vino, un Chardonnay que guardaba para una noche como esta, para una luna como esta. Hoy me puse el vestido negro que me regaló hace un tiempo atrás —todavía siento su olor sobre él, entrelazado con los hilos que lo conforman, ese olor tan particular a hombre, pero no a cualquier hombre, un olor a él—.
            Ya en la cocina me decido a retomar mi bebida, por lo que fijo mi mirada en el Chardonnay que se encuentra en la mesada de más allá para poder servirlo en la copa que mis dedos sueltan en la mesita de más acá. Sonrío aunque el llanto es más fuerte; ya no sé si creerle a mis recuerdos, a su figura que me observa desde el piano de cola y el vino que se funde en mi boca, en mi lengua saboreando el recuerdo, su cuerpo y el mío rozándose y mi vestido negro que comienza a emanar un aroma a uva madura.
            Salir corriendo de la cocina, dirigirme hacia el piano de cola, abrazarlo, besarlo, volver a sentir sus labios, su ternura. Cómo no querer que regrese y que la mera imagen que mi mente simula sea real. Cómo no desear que con su dulce voz me susurre al oído «No te preocupes, querida. Es solo una mancha», mientras sus brazos rodean mi cintura y nos dejamos llevar por el éxtasis.
            Miro por la ventana que da a la calle y mi copa que comienza a vaciarse una vez más. Cómo extraño estas noches a su lado. Cómo extraño compartir un Chardonnay con él, con el hombre que hace casi seis meses conocí entre el alcohol y conversaciones sin sentido —la luz de la luna proyectándose en mi rostro, convirtiéndolo en otra cosa, deformando sus aristas—.
            El piano de cola comienza a sonar, aunque ya no sé si es producto de mi imaginación, si el Chardonnay está haciendo de las suyas o si realmente sus teclas son melódicamente tocadas por algún ente fantasmal. Salgo al patio, atravieso la línea; mi vestido se suelta, mi copa sin la más mínima gota cae sobre el pasto. Hace cuánto tiempo que no veía una luna como esta —sus hombros se ensanchan; sus ojos se llenan de ira—.
            El viento fuera de la casa se había levantado. La noche con semejante astro en el cielo hacía dudar del momento del día por su claridad —sus pies escapan de sus zapatos; sus labios se tornan diferentes—. A lo lejos una jauría de lobos y el piano de cola escuchándose desde el interior de la sala de estar. Cuántos recuerdos, cuánta vida compartida a su lado. Ya no sé si llorar o si salir corriendo en busca de otra cosa que me haga sentir de la misma forma, porque jamás, jamás podrá superarla —sus uñas crecen descontroladamente; su velocidad a través del patio trasero era formidable—.
            Cuánto hubiera deseado que no te vayas, que no me hubieras visto con esos ojos, que tu mirada hubiera sido otra al observarme descalza y con el vestido suelto, que no hubieras sentido terror al verme mirar con suma atención la luna que se alzaba sobre nuestras cabezas —el hocico y los colmillos apenas sobresaliendo de su boca ya no podían disimularse—.
            La vida que alguna vez tuvieron ahora eran solo imágenes que se repetían una y otra vez en su memoria llena de rincones oscuros y un altísimo deseo de carne humana. El calor y la compañía que siempre eran bienvenidos ahora eran solo manchas difuminadas sobre su vestido negro que en estos momentos yacía sobre el pasto recién cortado. Ya se había vuelto un hábito salir a pasear en noches como esta, en noches en las que la luna se hacía presente y el olor a sangre —a su sangre— era cada vez más intenso. Ya no le cabían dudas: eran tiempos de caza.

Mi cara de espanto

«Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio» Julio Cortázar, Rayuela (1963).
 

 
            Me detuve unos segundos a observar el movimiento de la puerta de entrada que sutilmente oscilaba de un lado a otro y emitía un suave pitido por el viento que se había levantado. La tormenta estaba cerca; ya sabía yo que el viento traería una nueva desgracia por estas tierras.
            Salí un rato a tomar aire, aunque este estuviera enrarecido y no permitiera respirar con la tranquilidad de tiempos pasados. Caminé unos pasos y me senté en lo que había sido una hamaca muchos años atrás. Me tomé un mate, miré al cielo y me limité a pensar... aunque no sabía muy bien en qué. La tormenta que se avecinaba me tenía preocupado, se venía lo peor y mi cuerpo lo sabía, el palpitar de mi corazón y la sangre fluyendo por mis venas a toda velocidad eran prueba suficiente para saber que algo no andaba bien, que pronto acabaría la paz que me tenía acostumbrado desde hace largo tiempo.
            Me cebé otro mate. Esta vez me detuve a mirar el arroyo que circunda mi casa. A cada pestañeo, a cada palpitar el arroyo fluía más y más rápido, de una forma infinitamente más estruendosa de lo que había estado este último tiempo. No me caben dudas de que no se trata de una alucinación; ya sabía yo que el viento traería una nueva desgracia por estas tierras. Detrás de mí apareció una nube como jamás había visto, una nube que ni el más valiente se atrevería a esperar. Hacía mucho tiempo que no se avecinaba una tormenta como la que está por venir (a lo lejos los relámpagos no tardaron en figurar). Se me eriza la piel con solo cerrar los ojos y volver el tiempo atrás, recordar lo que pasó hace casi veinte años en esta misma casa.
            Sin dejar pasar mucho más tiempo comencé a correr hacia la puerta de entrada que ahora oscilaba con más ímpetu que antes. El sombrero que llevaba puesto voló a lo lejos tras una ráfaga de viento que le daba la bienvenida a una nueva tormenta. La tierra del patio se hizo barro, lo que solía ser una hamaca comenzó a girar de una manera inquietante. No podía creer lo que estaban viendo mis ojos, lo que mis sentidos percibían a cada segundo que pasaba dentro de esa casa.
            El calor del fuego de la chimenea no era suficiente para que la sala se mantenga a una buena temperatura. El frío helaba mis manos; el miedo brotaba de mis dedos. Tomé unas varillas de madera que no usaba desde aquel día. Con solo sostenerlas en el aire las lágrimas comenzaron a derramarse de mi rostro, que pronto inundaron el suelo más de lo que ya estaba. Rápidamente fui a buscar un martillo y algunos clavos para cerrar con mayor eficacia las ventanas y protegerme... Otra vez las lágrimas, el dolor, el recuerdo, ¡el martillo! Empecé a clavar las varillas en las ventanas, una a una sin perder tiempo, porque sabía que si lo volvía a perder no tardaría en percibir las consecuencias.
            De pronto, me percaté que parte del martillo que mi mano sostenía seguía manteniendo los vestigios de lo que había sucedido en aquel entonces. Lo dejé caer al suelo; mi cara de espanto, de terror era un fiel reflejo de lo que había hecho hacía casi veinte años en este preciso lugar luego de haber clavado estas mismas varillas a la pared para protegernos de la tormenta. ¿Dije protegernos? Porque no siempre estuve solo, amigos míos, y bien sabe este martillo la atrocidad que mis manos hicieron cuando el agua había comenzado a entrar por debajo de la puerta de entrada.
            Lo recuerdo muy bien ahora, aunque me niegue con todas mis fuerzas a que las imágenes de aquel día regresen a mí con la velocidad que lo están haciendo en este preciso momento.
            Era un 12 de julio de 2003. El calor del fuego que provenía de la chimenea nos mantenía a gusto, nos hacía sentir bien los unos con los otros, mucho más de lo que sentimos ese último tiempo debido a un sinfín de violentas discusiones. Mi esposa estaba terminando de escribir su última obra a pluma, como siempre le gustó hacer; mientras tanto, mi hija y yo nos conformábamos con mirar el fuego, mirarlo bien de cerca para no perdernos ningún detalle y que su crepitar sea música para nuestros oídos.
            Tal como ahora sucede, en aquel entonces la puerta de entrada comenzó a oscilar, levemente a moverse de un lado a otro. Esto llamó mi atención de inmediato, no podía dejar que la puerta se moviera ni siquiera un minúsculo centímetro. Me levanté a cerrarla con el pasador para que no pudiera hacerlo, pero al acercarme a ella vi a lo lejos una nube prácticamente igual a la que en este instante deambula por encima de la casa. Aquella nube me hizo temblar como nunca antes nada lo había hecho. Sin pensarlo mucho, le grité a mi esposa que trajera unas varillas de madera, unos clavos y un martillo... Uno exactamente igual a este, porque precisamente se trataba del mismo martillo que sostendría mi mano derecha minutos después para acabar con la vida de ambas.
            Creo que no es necesario que les cuente lo que pasó después, o al menos eso quisiera creer, porque una nueva discusión al mismo tiempo que un rayo caía sobre el patio de la casa, extremadamente cerca de la hamaca que todos los días mi hija usaba para distraerse un rato, alteró mis sentidos. Mi paciencia se había acabado hacía rato, y lo poco que quedaba eran restos de lo que alguna vez fui, porque nunca fui la misma persona desde aquel día, desde ese día puntual en el que, tras tomar el martillo y comenzar a clavar las varillas de madera para protegernos de la tormenta que estaba al caer, fijé mi mirada en ellas, vi sus caras de espanto, sus ojos atemorizados por lo que el impacto del martillo generaba en sus cuerpos. Mi mirada y las de ellas, una sola mirada que llenaba de sangre el suelo, las alfombras y el crepitar del fuego que se escuchaba más fuerte que antes. El arroyo que circunda la casa podía ser la mejor manera de olvidarme de lo que pasó, de olvidarme de esas dos que ya me habían asesinado mucho antes, porque estoy más que seguro que yo no hice absolutamente nada, porque desde ese 12 de julio que no soy nadie.
            Otra vez una tormenta que traerá desgracias por estas tierras. Otra vez el martillo en mi mano derecha, el crepitar del fuego a mis espaldas y el oscilar de la puerta de entrada desafiándome a repetir la historia, aunque esta vez el martillo haya decidido fijar su mirada sobre mí, sobre mi cara de espanto.

A-r-t-e

            Hay algo que se llama arte. A, erre, te, e. Una simple palabra que guarda (y a veces esconde) magia y voces de auxilio, alegría y vida, mística y sabiduría. Pero lo que no muchos saben es que el arte tiene el poder de hablarnos al oído y susurrarnos cosas. Es intrépido, juguetón y veloz. Le gusta tironearnos de los pelos de vez en cuando y llamar la atención casi todo el tiempo; pero te voy a contar un secreto: yo puedo hablar con el a-r-t-e, o por lo menos así se hace llamar. A veces se levanta gritón y malhumorado, otras feliz y con ganas de emocionar y otras tantas de hacer lagrimear a unos cuantos.
             Hay una persona en particular que últimamente me movió el piso, me sacudió, me cantó claramente al oído multitud de cosas. Se pasaba horas cantándome con esa voz difícil de no reconocer. Me transportaba a otro mundo, diciéndolo un poco más poéticamente, pero no estoy muy seguro de a qué mundo me transporta. Es como que me lleva, me tira de los pelos porque es arte y el a-r-t-e a veces tiene la habilidad de sumergirse en algunas personas y expandir todo lo que tiene a su alrededor. Me gusta escucharlo y perder el tiempo a su lado, de no estar haciendo nada y de repente se aparezca para movilizarme un poco. El arte es alguien que me acompaña como la sombra durante las noches de melancolía y penumbra. Es mi amante y a veces me estremezco de lo lindo que es sentirlo cerca. Nos amamos. Sí, lo a-m-o y él me a-m-a. Me encanta dejarme envolver por él y entregarme por completo; pero basta por ahora, no vaya a ser que esto se convierta en un relato entre dos enamorados.

France

«Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino es también la luna y el espejo, busco esa línea que hace temblar a un hombre en una galería de museo. Además te quiero, y hace tiempo y frío»
                                                                        Julio Cortázar

Un jardín de margaritas se tambaleaba al compás de una suave brisa a las afueras de la ciudad. Miradas confundidas se estampaban sobre los muros de sus calles. Un cielo en blanco y negro y la lluvia que golpeaba contra la ventana; mirándola sentado en el suelo de su habitación con la espalda tocando la puerta, porque no hay cosa más linda que escucharla jugar en el patio y repiquetear por todos lados.
Un cigarro sobre la mesa a medio terminar, consumiéndose, dejando caer la ceniza y flotar el humo.
El débil gris de la tarde pegaba contra su cara casi acariciándola. Sus labios rojos y sonrisa encantadora motivaban mi corazón mientras danzaba con la cortina.
Allí tendido la miraba (casi volaba, no estaba del todo seguro que fuese real, más bien era una mezcla de sueño y realidad —una ficción tal vez—, o quizá un poco de los dos), viéndola acercarse dando vueltas y bailando delicadamente —era algo que le encantaba, una pasión que tiene desde pequeña—. Me tomó de la nuca y miró con ganas de todo. Se dejó llevar. Tuve sus labios correteando por mi rostro y mi cuello, sintiendo cada beso y escalofrío mientras mi cuerpo y alma se descontrolaban camino a la nada. Ese místico momento en el que sentís que volvés a nacer, renacés y todo da vueltas, crece y crece y te preguntás cuándo va a parar. Y ya es tarde y el tren arrancó. Mientras el piano suena y se trenzan los sueños, más de uno querrá volver a escuchar la canción. Uno más uno, dos más dos. Tirando del derecho y del revés.