2.4.24

Mi cara de espanto

«Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio» Julio Cortázar, Rayuela (1963).
 

 
            Me detuve unos segundos a observar el movimiento de la puerta de entrada que sutilmente oscilaba de un lado a otro y emitía un suave pitido por el viento que se había levantado. La tormenta estaba cerca; ya sabía yo que el viento traería una nueva desgracia por estas tierras.
            Salí un rato a tomar aire, aunque este estuviera enrarecido y no permitiera respirar con la tranquilidad de tiempos pasados. Caminé unos pasos y me senté en lo que había sido una hamaca muchos años atrás. Me tomé un mate, miré al cielo y me limité a pensar... aunque no sabía muy bien en qué. La tormenta que se avecinaba me tenía preocupado, se venía lo peor y mi cuerpo lo sabía, el palpitar de mi corazón y la sangre fluyendo por mis venas a toda velocidad eran prueba suficiente para saber que algo no andaba bien, que pronto acabaría la paz que me tenía acostumbrado desde hace largo tiempo.
            Me cebé otro mate. Esta vez me detuve a mirar el arroyo que circunda mi casa. A cada pestañeo, a cada palpitar el arroyo fluía más y más rápido, de una forma infinitamente más estruendosa de lo que había estado este último tiempo. No me caben dudas de que no se trata de una alucinación; ya sabía yo que el viento traería una nueva desgracia por estas tierras. Detrás de mí apareció una nube como jamás había visto, una nube que ni el más valiente se atrevería a esperar. Hacía mucho tiempo que no se avecinaba una tormenta como la que está por venir (a lo lejos los relámpagos no tardaron en figurar). Se me eriza la piel con solo cerrar los ojos y volver el tiempo atrás, recordar lo que pasó hace casi veinte años en esta misma casa.
            Sin dejar pasar mucho más tiempo comencé a correr hacia la puerta de entrada que ahora oscilaba con más ímpetu que antes. El sombrero que llevaba puesto voló a lo lejos tras una ráfaga de viento que le daba la bienvenida a una nueva tormenta. La tierra del patio se hizo barro, lo que solía ser una hamaca comenzó a girar de una manera inquietante. No podía creer lo que estaban viendo mis ojos, lo que mis sentidos percibían a cada segundo que pasaba dentro de esa casa.
            El calor del fuego de la chimenea no era suficiente para que la sala se mantenga a una buena temperatura. El frío helaba mis manos; el miedo brotaba de mis dedos. Tomé unas varillas de madera que no usaba desde aquel día. Con solo sostenerlas en el aire las lágrimas comenzaron a derramarse de mi rostro, que pronto inundaron el suelo más de lo que ya estaba. Rápidamente fui a buscar un martillo y algunos clavos para cerrar con mayor eficacia las ventanas y protegerme... Otra vez las lágrimas, el dolor, el recuerdo, ¡el martillo! Empecé a clavar las varillas en las ventanas, una a una sin perder tiempo, porque sabía que si lo volvía a perder no tardaría en percibir las consecuencias.
            De pronto, me percaté que parte del martillo que mi mano sostenía seguía manteniendo los vestigios de lo que había sucedido en aquel entonces. Lo dejé caer al suelo; mi cara de espanto, de terror era un fiel reflejo de lo que había hecho hacía casi veinte años en este preciso lugar luego de haber clavado estas mismas varillas a la pared para protegernos de la tormenta. ¿Dije protegernos? Porque no siempre estuve solo, amigos míos, y bien sabe este martillo la atrocidad que mis manos hicieron cuando el agua había comenzado a entrar por debajo de la puerta de entrada.
            Lo recuerdo muy bien ahora, aunque me niegue con todas mis fuerzas a que las imágenes de aquel día regresen a mí con la velocidad que lo están haciendo en este preciso momento.
            Era un 12 de julio de 2003. El calor del fuego que provenía de la chimenea nos mantenía a gusto, nos hacía sentir bien los unos con los otros, mucho más de lo que sentimos ese último tiempo debido a un sinfín de violentas discusiones. Mi esposa estaba terminando de escribir su última obra a pluma, como siempre le gustó hacer; mientras tanto, mi hija y yo nos conformábamos con mirar el fuego, mirarlo bien de cerca para no perdernos ningún detalle y que su crepitar sea música para nuestros oídos.
            Tal como ahora sucede, en aquel entonces la puerta de entrada comenzó a oscilar, levemente a moverse de un lado a otro. Esto llamó mi atención de inmediato, no podía dejar que la puerta se moviera ni siquiera un minúsculo centímetro. Me levanté a cerrarla con el pasador para que no pudiera hacerlo, pero al acercarme a ella vi a lo lejos una nube prácticamente igual a la que en este instante deambula por encima de la casa. Aquella nube me hizo temblar como nunca antes nada lo había hecho. Sin pensarlo mucho, le grité a mi esposa que trajera unas varillas de madera, unos clavos y un martillo... Uno exactamente igual a este, porque precisamente se trataba del mismo martillo que sostendría mi mano derecha minutos después para acabar con la vida de ambas.
            Creo que no es necesario que les cuente lo que pasó después, o al menos eso quisiera creer, porque una nueva discusión al mismo tiempo que un rayo caía sobre el patio de la casa, extremadamente cerca de la hamaca que todos los días mi hija usaba para distraerse un rato, alteró mis sentidos. Mi paciencia se había acabado hacía rato, y lo poco que quedaba eran restos de lo que alguna vez fui, porque nunca fui la misma persona desde aquel día, desde ese día puntual en el que, tras tomar el martillo y comenzar a clavar las varillas de madera para protegernos de la tormenta que estaba al caer, fijé mi mirada en ellas, vi sus caras de espanto, sus ojos atemorizados por lo que el impacto del martillo generaba en sus cuerpos. Mi mirada y las de ellas, una sola mirada que llenaba de sangre el suelo, las alfombras y el crepitar del fuego que se escuchaba más fuerte que antes. El arroyo que circunda la casa podía ser la mejor manera de olvidarme de lo que pasó, de olvidarme de esas dos que ya me habían asesinado mucho antes, porque estoy más que seguro que yo no hice absolutamente nada, porque desde ese 12 de julio que no soy nadie.
            Otra vez una tormenta que traerá desgracias por estas tierras. Otra vez el martillo en mi mano derecha, el crepitar del fuego a mis espaldas y el oscilar de la puerta de entrada desafiándome a repetir la historia, aunque esta vez el martillo haya decidido fijar su mirada sobre mí, sobre mi cara de espanto.

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