Pasé a la sala de estar y lo vi —se me erizó la piel al instante; las velas habían dejado un aroma sutil pero poderoso en el aire—. Allí estaba, una vez más sentado frente al piano de cola que ya no escucho tocar, que poco a poco se apaga y diluye muy en el fondo de mi corazón. Y rompo en llanto, las lágrimas se deslizan por mi rostro casi danzando sobre mis mejillas hasta que caen al suelo, una a una cayendo mientras mi mano se pasea en zigzag por el piano de cola que el polvo ha ocultado.
Se terminó mi copa de vino, un Chardonnay que guardaba para una noche como esta, para una luna como esta. Hoy me puse el vestido negro que me regaló hace un tiempo atrás —todavía siento su olor sobre él, entrelazado con los hilos que lo conforman, ese olor tan particular a hombre, pero no a cualquier hombre, un olor a él—.
Ya en la cocina me decido a retomar mi bebida, por lo que fijo mi mirada en el Chardonnay que se encuentra en la mesada de más allá para poder servirlo en la copa que mis dedos sueltan en la mesita de más acá. Sonrío aunque el llanto es más fuerte; ya no sé si creerle a mis recuerdos, a su figura que me observa desde el piano de cola y el vino que se funde en mi boca, en mi lengua saboreando el recuerdo, su cuerpo y el mío rozándose y mi vestido negro que comienza a emanar un aroma a uva madura.
Salir corriendo de la cocina, dirigirme hacia el piano de cola, abrazarlo, besarlo, volver a sentir sus labios, su ternura. Cómo no querer que regrese y que la mera imagen que mi mente simula sea real. Cómo no desear que con su dulce voz me susurre al oído «No te preocupes, querida. Es solo una mancha», mientras sus brazos rodean mi cintura y nos dejamos llevar por el éxtasis.
Miro por la ventana que da a la calle y mi copa que comienza a vaciarse una vez más. Cómo extraño estas noches a su lado. Cómo extraño compartir un Chardonnay con él, con el hombre que hace casi seis meses conocí entre el alcohol y conversaciones sin sentido —la luz de la luna proyectándose en mi rostro, convirtiéndolo en otra cosa, deformando sus aristas—.
El piano de cola comienza a sonar, aunque ya no sé si es producto de mi imaginación, si el Chardonnay está haciendo de las suyas o si realmente sus teclas son melódicamente tocadas por algún ente fantasmal. Salgo al patio, atravieso la línea; mi vestido se suelta, mi copa sin la más mínima gota cae sobre el pasto. Hace cuánto tiempo que no veía una luna como esta —sus hombros se ensanchan; sus ojos se llenan de ira—.
El viento fuera de la casa se había levantado. La noche con semejante astro en el cielo hacía dudar del momento del día por su claridad —sus pies escapan de sus zapatos; sus labios se tornan diferentes—. A lo lejos una jauría de lobos y el piano de cola escuchándose desde el interior de la sala de estar. Cuántos recuerdos, cuánta vida compartida a su lado. Ya no sé si llorar o si salir corriendo en busca de otra cosa que me haga sentir de la misma forma, porque jamás, jamás podrá superarla —sus uñas crecen descontroladamente; su velocidad a través del patio trasero era formidable—.
Cuánto hubiera deseado que no te vayas, que no me hubieras visto con esos ojos, que tu mirada hubiera sido otra al observarme descalza y con el vestido suelto, que no hubieras sentido terror al verme mirar con suma atención la luna que se alzaba sobre nuestras cabezas —el hocico y los colmillos apenas sobresaliendo de su boca ya no podían disimularse—.
La vida que alguna vez tuvieron ahora eran solo imágenes que se repetían una y otra vez en su memoria llena de rincones oscuros y un altísimo deseo de carne humana. El calor y la compañía que siempre eran bienvenidos ahora eran solo manchas difuminadas sobre su vestido negro que en estos momentos yacía sobre el pasto recién cortado. Ya se había vuelto un hábito salir a pasear en noches como esta, en noches en las que la luna se hacía presente y el olor a sangre —a su sangre— era cada vez más intenso. Ya no le cabían dudas: eran tiempos de caza.
Se terminó mi copa de vino, un Chardonnay que guardaba para una noche como esta, para una luna como esta. Hoy me puse el vestido negro que me regaló hace un tiempo atrás —todavía siento su olor sobre él, entrelazado con los hilos que lo conforman, ese olor tan particular a hombre, pero no a cualquier hombre, un olor a él—.
Ya en la cocina me decido a retomar mi bebida, por lo que fijo mi mirada en el Chardonnay que se encuentra en la mesada de más allá para poder servirlo en la copa que mis dedos sueltan en la mesita de más acá. Sonrío aunque el llanto es más fuerte; ya no sé si creerle a mis recuerdos, a su figura que me observa desde el piano de cola y el vino que se funde en mi boca, en mi lengua saboreando el recuerdo, su cuerpo y el mío rozándose y mi vestido negro que comienza a emanar un aroma a uva madura.
Salir corriendo de la cocina, dirigirme hacia el piano de cola, abrazarlo, besarlo, volver a sentir sus labios, su ternura. Cómo no querer que regrese y que la mera imagen que mi mente simula sea real. Cómo no desear que con su dulce voz me susurre al oído «No te preocupes, querida. Es solo una mancha», mientras sus brazos rodean mi cintura y nos dejamos llevar por el éxtasis.
Miro por la ventana que da a la calle y mi copa que comienza a vaciarse una vez más. Cómo extraño estas noches a su lado. Cómo extraño compartir un Chardonnay con él, con el hombre que hace casi seis meses conocí entre el alcohol y conversaciones sin sentido —la luz de la luna proyectándose en mi rostro, convirtiéndolo en otra cosa, deformando sus aristas—.
El piano de cola comienza a sonar, aunque ya no sé si es producto de mi imaginación, si el Chardonnay está haciendo de las suyas o si realmente sus teclas son melódicamente tocadas por algún ente fantasmal. Salgo al patio, atravieso la línea; mi vestido se suelta, mi copa sin la más mínima gota cae sobre el pasto. Hace cuánto tiempo que no veía una luna como esta —sus hombros se ensanchan; sus ojos se llenan de ira—.
El viento fuera de la casa se había levantado. La noche con semejante astro en el cielo hacía dudar del momento del día por su claridad —sus pies escapan de sus zapatos; sus labios se tornan diferentes—. A lo lejos una jauría de lobos y el piano de cola escuchándose desde el interior de la sala de estar. Cuántos recuerdos, cuánta vida compartida a su lado. Ya no sé si llorar o si salir corriendo en busca de otra cosa que me haga sentir de la misma forma, porque jamás, jamás podrá superarla —sus uñas crecen descontroladamente; su velocidad a través del patio trasero era formidable—.
Cuánto hubiera deseado que no te vayas, que no me hubieras visto con esos ojos, que tu mirada hubiera sido otra al observarme descalza y con el vestido suelto, que no hubieras sentido terror al verme mirar con suma atención la luna que se alzaba sobre nuestras cabezas —el hocico y los colmillos apenas sobresaliendo de su boca ya no podían disimularse—.
La vida que alguna vez tuvieron ahora eran solo imágenes que se repetían una y otra vez en su memoria llena de rincones oscuros y un altísimo deseo de carne humana. El calor y la compañía que siempre eran bienvenidos ahora eran solo manchas difuminadas sobre su vestido negro que en estos momentos yacía sobre el pasto recién cortado. Ya se había vuelto un hábito salir a pasear en noches como esta, en noches en las que la luna se hacía presente y el olor a sangre —a su sangre— era cada vez más intenso. Ya no le cabían dudas: eran tiempos de caza.
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