Francisco se encontraba viajando en plena Capital Federal sobre los cómodos asientos de un taxi, que prefirió rentar antes que manejar su propio auto como cualquier otro ciudadano que teme por la seguridad de su vehículo.
Como todo joven que se interesa por la literatura, llevaba en el bolsillo de su traje una novela que le habían regalado. Sacó sus lentes y comenzó a leer.
El conductor decidió no molestarlo luego de un pesado día de trabajo recibiendo insultos, burlas de los niños y el vandalismo cotidiano. Para colmo, esa tarde un manifestante le había arrojado una bomba de pintura que impactó en su amarillo y negro. Una enorme mancha naranja sobre el costado derecho; pero eso no le impidió seguir con su trabajo. No pronunció ni una palabra.
Ahí estaba, intentando convencerse de que había llegado el gran día... el día en que dejaría la soltería para volverse el hombre de su querida mujer, Noelia. Se miraba al espejo, fantaseaba con su boda y el resto de su vida con ella. Realmente no lo podía creer, se le hacía difícil entender que ese día marcaría un antes y un después.
- Gire a la derecha - le indicó el joven al conductor.
Detuvo un poco su lectura, por un momento creía que el vehículo iba muy deprisa y que el rostro del chofer no revelaba gestos de tranquilidad, pero lo dejó de lado y echó un vistazo por la ventanilla. El caos del tránsito, los bocinazos y las pequeñas manifestaciones de jóvenes agresivos que protestaban en contra de la violencia pública hacían que el viaje fuera menos llevadero; pero aun así mantuvo una perspectiva optimista, después de todo estaba con lo que más le apasionaba, la literatura. Retomó su lectura...
Se dio una ducha, merendó algo rápido; oyó que golpeaban a la puerta e instintivamente la abrió. Era Doris, la muchacha que lleva los trajes recién lavados a domicilio. Volvió a su cuarto, se vistió y ahí fue cuando volvió a pensar en su prometida. Se preguntaba cómo estaría viviendo ella esas horas antes del momento que quizás sea el más importante de sus vidas. Lo único que quería era poder verla para eliminar esa ansiedad que llevaba adentro desde hacía días. De repente, el taxista se vio obligado a frenar de golpe, unos chicos se habían interpuesto entre el taxi y el auto que iba en frente. Era toda una odisea manejar a esas horas por la avenida llena de manifestantes.
Aparentando serenidad salió de la casa, se suponía que el chofer estaría ahí a las cinco en punto, pero no fue así. Pasaban los minutos y la desesperación comenzó a enloquecerlo. Tenía una personalidad un poco extraña, no habían muchos que quisieran ser como él. Nunca había sido muy paciente y menos si se trataba de su casamiento.
Necesitaba tomar algo... algo que lo tranquilice. No se le ocurrió mejor idea que buscar uno de esos whiskys que siempre traen sus amigos los fines de semana. Qué manera de previarla ¿no?. Siempre se lo había preguntado, pero se le había vuelto costumbre. Al principio fue solo un vaso, pero rápidamente se terminó la botella. No era muy normal que bebiera solo, pero sintió como si lo hubiese hecho decenas de veces. Torpemente caminaba con su botella en mano por la casa, fue hacia la puerta, salió y buscó su auto. Difícilmente pueda saberse en qué estaba pensando en ese momento cuando sacó las llaves y lo puso en marcha. A pesar de su estado, pudo conducir.
Apartó la vista de su novela. El sonido de relámpagos y de una tormenta acercándose lo habían detenido, hasta que en un abrir y cerrar de ojos comenzó a llover sobre Buenos Aires. La gente corría sin un rumbo fijo, desesperada, llevándose a la cabeza lo primero que encontraba para protegerse de la cortina de agua que se aproximaba desde la otra punta de la avenida. La situación se agravaba todavía más, no solo la violencia, ahora también la lluvia. Un diluvio contemplado desde la ventanilla y de pronto el choque.
No paraba de acelerar, era una máquina descontrolada bajo los efectos del alcohol. Se le tensó todo el cuerpo, los pies ya no le respondían, las manos se le habían pegado al volante. Gritaba como un loco atravesando las calles empapadas por ese diluvio. Llegó a ver a unos niños corriendo con su madre para escapar del torrente. Hasta que a lo lejos le pareció ver una figura extraña, no la distinguía bien, pero sabía que no podría evadirla. Estaba a punto de encontrarse con la otra cara de la moneda. No le daría el tiempo ni la fuerza para hacerlo, ya no le importaba nada, un simple retraso estaba a punto de acabar con su vida; hasta que la enorme mancha naranja se interpuso entre él y su futuro.
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