Hay algo que
se llama arte. A, erre, te, e. Una simple palabra que guarda (y a veces
esconde) magia y voces de auxilio, alegría y vida, mística y sabiduría. Pero lo
que no muchos saben es que el arte tiene el poder de hablarnos al oído y
susurrarnos cosas. Es intrépido, juguetón y veloz. Le gusta tironearnos de los
pelos de vez en cuando y llamar la atención casi todo el tiempo; pero te voy a
contar un secreto: yo puedo hablar con el a-r-t-e, o por lo menos así se hace
llamar. A veces se levanta gritón y malhumorado, otras feliz y con ganas de
emocionar y otras tantas de hacer lagrimear a unos cuantos.
Hay una
persona en particular que últimamente me movió el piso, me sacudió, me cantó
claramente al oído multitud de cosas. Se pasaba horas cantándome con esa voz
difícil de no reconocer. Me transportaba a otro mundo, diciéndolo un poco más
poéticamente, pero no estoy muy seguro de a qué mundo me transporta. Es como
que me lleva, me tira de los pelos porque es arte y el a-r-t-e a veces tiene la
habilidad de sumergirse en algunas personas y expandir todo lo que tiene a su
alrededor. Me gusta escucharlo y perder el tiempo a su lado, de no estar
haciendo nada y de repente se aparezca para movilizarme un poco. El arte es
alguien que me acompaña como la sombra durante las noches de melancolía y
penumbra. Es mi amante y a veces me estremezco de lo lindo que es sentirlo
cerca. Nos amamos. Sí, lo a-m-o y él me a-m-a. Me encanta dejarme envolver por
él y entregarme por completo; pero basta por ahora, no vaya a ser que esto se
convierta en un relato entre dos enamorados.
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