Una llovizna se empezó a sentir sobre
la Ciudad de Buenos Aires. Las nubes negras, el aire fresco, las gotitas
deslizándose en la ventana. Cuántas veces había sentido la oscuridad sobre sus
calles, esquinas y pasillos nocturnos, brisas y cambios de una forma monótona;
pero esta vez sería un poco diferente a las demás, porque sintió cómo la iba
invadiendo por completo hasta dejarse caer, hasta percibir el desprendimiento
continuo de su alma con su cuerpo, hasta entrecruzarse y volver a ser la que
siempre fue.
Susana estaba arriba de un colectivo algo distraída. Le
gustaba ver los árboles por fuera hasta imaginarse a su silueta acariciándolos,
llevando cada hoja de las copas a sus manos, sosteniéndolas delicadamente hasta
que la despertaban los frenos del colectivo. El viaje era largo y pronto se
terminaría cansando de fantasear.
Se dirigía al centro de San Isidro, en
donde dos amigas la estarían esperando para tomar algo en un café de la Avenida
Centenario.
Cuánto hace que estuvo esperando este
momento. Meses sin verse dan como resultado un inmenso extrañamiento.
Han habido numerosas ocasiones en las que soñó el abrazo con el que las
recibiría, la alegría y tristeza simultáneas que surgirían, la lágrima que
pediría, las dos facturas con crema pastelera, el buenas noches que desearía al
que las atendiera, todo, cada ínfimo detalle que luego volvería a recordar
durante el resto de la semana.
Poco después la parada. Bajó. Cantaba
hipnotizada por la aventura, por las aventuras fantásticas y ficcionales que
tenía con sus dos amigas. Al dar unos pasos se encontró con Mariana. Lo
peculiar fue que alguien faltaba, la otra señorita faltaba, Martina. Al
principio no se preocuparon tanto, parecía un juego de quién llegaría más tarde
a la cita, y claramente, ella sería la ganadora. Pero poco a poco se empezó a
sentir una profunda pesadez en el ambiente. Las flores se marchitaban, el mundo
al que se había acostumbrado se apagaba y Martina seguía sin llegar. ¿En dónde
estaría metida? ¿Qué le habrá pasado? ¿Por qué no llegó todavía? Quizás se
perdió, se equivocó de camino, se dispersó del plano. No fue hasta que Mariana
sacó el teléfono y marcó su número. Sonaba y sonaba, pero nadie atendía.
Pensamos por un momento que pudo haberse olvidado el celular en alguna parte,
pero ambas sabíamos que el asunto era mucho más complejo de lo que nos
hubiéramos imaginado hasta entonces.
Qué pasaba, dónde estaba. Un silencio
horrible se sumergió entre las dos. Los minutos, las horas pasaban. Se
encaminaron rumbo a casa de Martina. Subieron a un colectivo, bajaron de otro.
A medida que se acercaban sentían cómo sus corazones se paralizaban o golpeaban
ferozmente contra sus pechos. Paso a paso, centímetro a centímetro.
El viento chocaba contra los árboles
haciéndolos temblar. Sus copas llenas de colores se movían de un lado a otro
como largas cabelleras. El cielo seguía oscuro, pero la lluvia había cesado.
Mariana caminaba con sus pies pegados al suelo, pateando las hojas secas que se
interponían delante suyo. (Cada vez caminaban más rápido. Llegaron a trotar o
dar saltitos de a ratos —dependía del latir de sus corazones— hasta llegar).
Una casa de un rojo intenso deslumbró
la mirada de las amigas. Se abrieron paso a la puerta de entrada, atravesando
el jardín del frente, esquivando charquitos, montañas de hojas y alguna que
otra maceta perdida por ahí. Mariana fue la primera que llegó al pie de la
puerta. Cuando tocó el timbre, Susana sintió una mezcla entre miedo y ansiedad.
Nadie contestaba. Se miraron atontadas la una con la otra como entendiendo que
aún faltaba lo peor.
Sin saber bien por qué —quizá por
instinto o presentimiento—, giré la perilla de la puerta. Por cada milímetro
que mi muñeca giraba y se deslizaba por aquella perilla, sentía que la
eternidad se desprendía del tiempo. Tuve la sensación de que se ralentizaba,
los sonidos se desenmascaraban y escuchaban más fuerte. A medida que la perilla
giraba, ese sentimiento de miedo se mezclaba y remezclaba entre mi espíritu y mi
cuerpo. (La temperatura aumentaba, gotitas de
sudor caían de mi frente); hasta que el
"click" de la perilla abriendo la puerta me despertó. La dejamos entreabierta para que lo que pasara no nos aparezca de
golpe. Hasta que de un portazo Mariana la abrió.
Y ahí estaba, inmóvil, sentada sobre un
sillón con un gato de apariencia siniestra en su regazo, perdida con la mirada
hacia la nada y boca semiabierta. De fondo se escuchaba un piano con largas
blancas y pocas negras, y más tarde un estruendoso trueno que sobresaltó a las
amigas.
Nos acercamos con cautela hacia la
figura de Martina, mientras el felino comenzaba a proclamar sonidos de sumo
rechazo y unos suaves y lentos violines a emanar sus primeras notas.
—Martina... ¡Martina! —dijo Susana.
Nada. Estaba como en un estado de
trance. Mariana le sujetó los hombros suavemente (a Susana se le vino la imagen
de los árboles). La mujer no reaccionaba.
Nos empezamos a desesperar aún más. El
piano, los violines y ahora unos trombones tocaban más fuerte. Me di cuenta que
Mariana también estaba transpirando, se la notaba tensa al igual que yo.
Acordes sin sentido empezaron a inundar
la habitación, cada vez el tiempo avanzaba más rápido.
Mis manos temblaban, mi corazón
intentaba escaparse de mi pecho.
La puerta de entrada se abrió
descontroladamente a la par de la lluvia que se volvía a escuchar. Relámpagos,
viento, un espectáculo que bailaba al compás del estrepitoso piano, de los
agudos violines, los penetrantes trombones y de un viejo oboe que surgía de lo
más profundo del cuarto.
Comencé a gritar muy fuerte. La voz se
me desprendía y mis pies no me dejaban avanzar por una fuerza extraña que me
empujaba hacia atrás. Intenté alcanzar a las chicas que dejaban flamear sus
enaltecidas cabelleras, tambaleando, danzando por el aire mientras luchaba
contra todo. Cada vez con más fuerza y dificultad intentaba avanzar, hasta que
a pocos centímetros de sujetar la manga derecha de la campera de Martina, un
salvaje movimiento de batuta partió en dos la habitación, ennegreciéndola,
coloreándola, transformando cada uno de sus rincones en algo diferente, en un
lugar distinto; hasta que la alfombra se hizo vereda, las paredes
colectivos viajando por la ruta, el sillón raíces y la doble M en dispersos faroles.
Me daba curiosidad ver lo que hacía
aquella señorita a un costado, recogiendo las hojas que hace un momento
temblaban bajo una partitura, acariciándolas durante aquella fría tarde que era
más bien de invierno que de otoño. Distrayéndose de a ratos y fantaseando con
los árboles de la Avenida Centenario. Viéndola juguetear con la gran copa que
se alzaba sobre un viejo tronco plantado en la tierra húmeda. Disfrutando del
viaje, disfrutando de un día lluvioso y una aventura que le acechaba. Hasta que
en un abrir y cerrar de ojos, en la inmensidad de la ciudad Susana desapareció.
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